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El miedo a lo desconocido siempre ha azotado al ser humano en lo más profundo de su psiquis. Su innegable falta de adaptación,  su desafortunada mentalidad ante el cambio, y los miedos inherentes a la disociación de su realidad nos mantiene siempre lo más alejado de todo lo que puedo mermar nuestro mundo, en una sociedad cambiante y recriminante.

Dentro de las actividades de mi fin de semana pasado, me di a la tarea a visitar una conocida tienda de películas, y me encontré con una película que sonó por todos lados y paso sin pena ni gloria como la mayoría del cine mexicano. Fiel a mis principios cinéfilos trato de mantenerme al margen de nuestro cine nacional,  por que el rebautizado cine mexicanos sigue siendo un cúmulo de bodrios con uno o dos garbanzos de a libra que intentan reincorporar nuestro cine a un espacio serio, abandonando el concepto de comedias basura.

En este tenor del anaquel “La otra familia”, protagonizada por Jorge Salinas y Luis Roberto Guzmán salto a mi ojos como una forma de sacarme ese desastroso concepto.

Sin ser pretenciosa en su categoría “La otra Familia” se sitúa en la vida cuatro familias que luchan por subsistir a muchos de los conflictos que los atañen de forma normal. Sin embargo desde el inicio de la misma, aparece como el principal “villano” que en nuestros tiempos debería ser tomado como parte de la “normalidad” : El homosexualismo.

Salinas y Guzmán son una pareja de homosexuales que viven en un mundo de banalidad y fiesta, propios de una pareja joven, y sin pretensiones de crianza por obvias razones colocando de entrada el primero de los estigmas de este sector de la sociedad: Su derecho a matrimonio.

El matrimonio  “diseñado” para que lo haga una pareja normal salta a nuestros ojos como el primero punto de debate de una película que va poco a poco antagonizando con la moralidad de un país estrictamente machista y negligente en muchos sentidos. Los personajes le dan punto final a una relación de noviazgo con algo tan común como la unión ante la ley (del país y de Dios) sus destinos, donde sus amigos y familiares asisten de manera normal, como usted o como yo a una celebración con demasiado morbo y poco sentido común. Y es que el matrimonio entre homosexuales siempre será un punto de debate. Cada pareja como tal tiene el derecho de hacer su vida como quiera y donde quiera. Los derechos establecidos por la ley en ocasiones enganchan a las parejas a un aparato legislativo bastante ambiguo. Todos, absolutamente todos, debemos y tenemos que velar por nuestros seres queridos, sean del genero que sean, por lo tanto, el hablar en forma de debate del matrimonio vuelve a colocar sobre la mesa ese espíritu moralino y tendencioso de la sociedad mexicana, donde la perfección social va embestida de una mascara de felicidad demasiado labil.

Pero por si fuera poco, y como si no tuviéramos suficiente elemento de debate surge ante nuestros sentido el punto medular del film: la creación de una familia.

El abandono de menores en México se ha vuelto demasiado preocupante en muchos sentidos, 15 de cada  20 niños encuentran la muerte después de un abandono crónico o fugaz por parte de sus progenitores. Es en este punto aparece Hendrix, pequeño de apenas 7 años, hijo de una  joven adicta al Crack representada de forma sublime por parte de Naylea Norming. El pequeño es sustraído de su casa  por una de las amigas de Norming (Ana Serradilla) y llevada a casa de Salinas como parte del proceso de “desintoxicación” de la madre del pequeño.

La película tiene un tinte melodramático tedioso y bastante característico del cine mexicano, en el que pasan los minutos sin ningún tipo de argumento válido que te permita como espectador darle un vuelco a tus emociones sobre la historia; sin embargo, comienza a golpear la psiquis del espectador con otra pregunta sobre la mesa: ¿deben las personas homosexuales criar un hijo?.

La homosexualidad siempre será un tema con demasiadas aristas en algunas de las sobremesas del país. Condición mental, gusto, o simple necesidad, los homosexuales son ya una realidad en un mundo tan cambiante como agobiante. Los cambios evidentes en el estilo de vida y las enormes diferencias que existen entre los sectores “normales” y homosexuales anteponen siempre la premisa de que las personas homosexuales no pueden ser mayormente responsables, sino por su condición los vuelve en cierto grado víctimas de su propia condición.

La familia como tal, concebida desde el amplio e intangible sentido de la perfección se encuentra constituida por Papá, Mamá y los hijos provenientes, ya sin hablar de perros, gatos, pericos y demás seres que se vuelven parte de ese núcleo. Sin embargo, la sociedad de nuestro país ve en el tener dos papás o dos mamás una amenaza latente de la creación de nuevos seres amenazadores que sigan malformando al país. La premisa como tal es estúpida. La creación de una familia se fundamenta en un amor cordial y permanente entre los miembros de la misma, nada, absolutamente nada,  tiene que ver con las preferencias sexuales de las personas. Dominica Paleta, vive en un matrimonio “normal” donde el poder de su marido desea comprar a Hendrix en la presión constante de formar una familia a toda costa, a base de corruptelas e implicaciones  legales propias de un país donde el dinero lo resuelve todo.

Salinas y Guzmán se ven atacados por todos los frentes en una batalla constante en contra de una sociedad trapera que ve en lo desconocido la mortalidad de la inocencia. Desde su jardinero hasta el sacerdote “amigo” de ellos, los personajes principales se ven atrapados en una serie de juicios conjuntos que golpean la mente de un sobreactuado Hendrix que se debate entre el amor incondicional a una madre drogadicta, y el nuevo estilo de vida de compresión, paz, amor que tiene con la pareja homosexual que lo cobijó. Al final, la madre gana una batalla desde el inicio perdida, llevándose al pequeño y dejando detrás solamente destrucción tanto moral como psicológica que continua haciendo evidente la corrupción y doble moral de nuestro país.

Fiel mi costumbre no puedo seguir dando los detalles finales de una película muy interesante. “La otra familia” es una película donde el amor traducido en bondad se ve menospreciado por la preferencia sexual, y la  perfección de nuestro concepto de familia se ve trastocado por nuestra conciencia. Las actuaciones regulares al muy puro estilo del cine mexicano dan un golpe bajo a una película que en producción se encuentra complaciente más que pretensiosa. Pero lo más importante, y el núcleo fundamental del melodrama se basa en la poca aceptación que tenemos por los seres humanos diferentes a nosotros, así  como la poca conciencia de nuestros actos y el esa obsesión gigante de forzar la felicidad hasta su punto de resquebrajamiento.

“La otra familia” es una película recomendable si es que quieres colocar en tu conciencia en la pregunta: ¿Qué es lo correcto?

Hasta la próxima.

 

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Hay aire y sol, hay nubes. Allá arriba un cielo azul (…) Hay esperanza, en suma. Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar.

Juan Rulfo 
Novelista y cuentista mexicano.