mala sombra

La semana pasada mientras caminábamos a la puerta de la escuela, mi hija me preguntó algo que fulminó mi mente:

¿Oye papi?… ¿Qué hay de cierto que están robando niños de las escuelas?

La pregunta se convirtió de inmediato en un análisis de la información que directa o indirectamente le llega a nuestros hijos.   Por las noticias, la sociedad, los amigos, vaya, por cualquier frente nuestros pequeños se encuentran inmersos en los dimes y diretes de una sociedad que ve en el pánico una forma de vida.  Los pequeños y hermosos ojos cafés de mi hija, me dieron la señal de que debía hablarle con la verdad por cruda que fuera.  Sin embargo, esa inocencia perspicaz me motivaba también a guardar ciertos detalles del acontecer actual, donde al final, como si no fuera suficiente la información, le colocamos la cereza en el pastel con un: “ No confíes en nadie”

 Trágico, ¿no creen?, y es que en un país tan hermoso como contrastante como México, las nuevas generaciones deben coexistir con una violencia generalizada que aterroriza la mente de todos los adultos, contaminando lentamente el ambiente de los pequeños.

Hace unos meses, un amigo, me comento sobre la perdida de uno de los miembros de su familia.  Por respeto, omitiré el nombre y detalles de la platica. La pequeña de tan solo 8 años, jugaba tranquilamente en un Burger King de los muchos que existen en la Ciudad de México. De la nada, la niña desapareció de uno de los tubos que descienden de la estructura metálica, desapareciendo así, lentamente, casi de inmediato, la vida de sus padres. En las indagatorias iniciales, una de las presentes en el lugar, refirió que la pequeña se encontraba hablando con una persona que la saco del juego y la llevo de la mano hacia dentro del local.

Al estar escuchando lo que sucedió, no dejaba de pasar por mi mente el por qué vivimos en un planeta donde el sufrimiento y la desesperación son una forma de lucro, y sobre todo, una forma de vida para los que lo ejecutan. ¿Debemos desconfiar de nuestro prójimo?¿Debemos enseñarles a nuestros hijos que cualquier persona que se acerque a ellos no tiene buenas intenciones?

 La sociedad lentamente se ha vuelto más hermética y paranoica. El uso de las redes sociales nos abre un mundo de posibilidades encerrándonos también en un mundo de informalidad que puede ser muy peligroso. La información corre velozmente click a click, dejándonos en una ambigüedad con mal sabor de boca y a merced de las personas que se encuentran del otro lado de la pantalla. Depredadores, mordaces, asquerosamente temerarios, todos esos seres que viven del sufrimiento de los demás son más cercanos a un animal que a un humano, que dicho sea de paso, aún los animales, demuestran en muchos de sus actos un poco de sentimiento ante el sufrimiento, algo, que parece que al mexicano se le ha olvidado; la compasión.

 Mi hija entró a su escuela con la firme idea de que en sus acciones se encuentra su seguridad, pero como adultos sabemos que el crecimiento de la inseguridad lentamente avanza a nuestros pequeños que poco pueden hacer ante la mente de esos seres sin alma que solamente tienen un mayor interés: El provocarle daño.

 El enseñarle a nuestros pequeños el que no confiar es una “solución” que puede llevarnos a ser una sociedad aún más indiferente con el prójimo, donde vemos como un hombre puede tranquilamente despojar de sus pertenencias a alguien sin nosotros mover un solo dedo por ese miedo que nos impide actuar, y no por falta de coraje, sino por exceso de desconfianza en unas autoridades que se encuentran muy lejos de aquello que prometieron hacer:  Velar por los intereses de los desprotegidos.

Al subir a mi carro observó la escuela de mi hija, que como las muchas que hay aquí en Xalapa, resguardan al futuro de nuestra nación, una nación que vive y convive con la violencia en cada segundo de sus vidas.

Hace años, en una charla con amigos, una de esas personas positivas en exceso (sin demeritar y menospreciar el optimismo) me comentó que debemos ver lo que sucede en nuestro país de una forma positiva, pensando en que en algún momento pueda arreglarse el camino. Hoy, esa persona optimista, sigue pensando en el que hubiera pasado si ese optimismo desmedido no le hubiera impedido haber estado más cerca de su hija en ese Burger King cuando un hombre se la llevo de la mano frente a todos los comensales. Hoy, ese hombre, un gran amigo que me presto su historia para abrazar su sentimiento y compartir su dolor, me dice con lágrimas en los ojos, que él ya no tiene ninguna esperanza en volver a ver a su pequeña, y me alerta a que debemos cuidar a nuestros hijos más de la cuenta, más allá de nuestro conocimiento.

Destrozado, ese hombre toma mi mano,  la aprieta fuertemente observándome y explotando de forma tajante con una voz entrecortada: “No confíes en nadie en este país” me dice soltando a llorar. Él ahora vive en Perú, con su hijo menor y su esposa, huyendo de su país por la puerta de atrás como el delincuente que no es, perdiendo toda esperanza, perdiendo toda fe, huyendo de un país falto de mucho tacto, mucho sentido común, con poca cultura social.

 Vivimos en un México fallido que se encuentra muy lejano de aquel mundo paralelo en el que las autoridades nos quieren hacer vivir. Vivimos en un México donde solamente existe una cultura que nos hace más sabios cada día, la cultura de la desconfianza.

 Hasta la próxima.

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La frase de la semana

Hay aire y sol, hay nubes. Allá arriba un cielo azul (…) Hay esperanza, en suma. Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar.

Juan Rulfo 
Novelista y cuentista mexicano.