Imaginen que son un Jefe policiaco en una comunidad o municipio del país. Su sueldo, si bien lo tienen, ¿A cuanto puede ascender? ¿7000 pesos?, 8000 acaso con ciertas prestaciones y vales de despensa. Ahora imagine que una persona entra a su oficina con un ofrecimiento, que, a cualquier persona podría a pensar más de dos segundos: ¡600 mil pesos mensuales!
El tener mensualmente ese cantidad de dinero puede significar muchos conflictos para una persona con un puesto tan determinante; sin embargo, la moral concedida con el nombramiento conviven francamente con los demonios de la codicia, y en muchas ocasiones, los segundos ganan en un país donde el salario mínimo es más chico que un kilo de jamón.
¿7000 pesos contra 600,000?, no se ofenda, pero a cualquiera, hasta el más honesto, esa estúpida comparación nos movería los cimientos de manera brutal.
Sin embargo, la responsabilidad que se tiene al acceder a un cargo público (el que sea, de cualquier nivel) implica que nuestra moral y buenas costumbres deben salir a flote más allá de nuestra sensación de saciedad monetaria, “ La corrupción somos todos” reza el dicho en una forma estéril de desviar la atención a un acto común, en un país donde la impunidad toca todos los niveles y que es tan escaso de valores fundamentales.
Ayotzinapa es una población del estado mexicano de Guerrero, localizada prácticamente conurbada con la ciudad de Tixtla, cabecera del municipio del mismo nombre y sede de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos mejor conocida como Escuela Normal Rural de Ayotzinapa que es una institución educativa de nivel superior que forma parte del sistema de escuelas normales rurales concebidas como parte de un ambicioso plan de masificación educativa implementado por el estado mexicano a partir de la década de 1920, cuando Moisés Sáenz era secretario de Educación Pública. El proyecto de las normales rurales tuvo un fuerte componente de transformación social, por lo que han sido semillero de movimientos sociales. En ese sentido, la Normal de Ayotzinapa cobra importancia por hacer sido el sitio donde se formaron personajes como Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas, que encabezaron dos importantes movimientos guerrilleros en México durante el siglo XX.
Ahí, en la más sensible de las zonas mexicanas en este momento, ocurrió un evento terrorífico que ha paralizado al país y al mundo. El atentado, ataque y desaparición a normalistas se ha convertido en la plática de sobremesa de cada una de las casas de este país. La aparición de un cuerpo sin rostro se convirtió en la cereza del pastel, de una jornada de terror, de una ciudad que vivió su peor momento. Un estado sigue pudriéndose. Un país sigue en caída libre.
La imagen cadavérica de ese joven es cruenta. Aún, todos los mexicanos, seguimos sorprendiéndonos e indignándonos de los hechos (por citar un ejemplo) de Medio Oriente, cuando tenemos a pocos kilómetros de nosotros una realidad Kafkiana más agresiva aun.
¿El único delito?, ser estudiantes con ideas propias que amenazan a un gobierno.
Si bien, podemos decir que no todos los normalistas son blancas palomas, la mayoría de ellos son jóvenes idealistas que por lo menos, hacen algo por su futuro: sacrificarse y trabajar; pero el Estado (hablando directamente de los poderes de la ciudad de Iguala) reconoció ese delito como peligroso y “envío” a la fuerza pública a detenerlo.
¡Esperen!…¿Fuerza pública?; Si. Lo leyó usted bien…¡Fuerza pública!
Policías de la ciudad acribillaron un autobús; no solo el de estudiantes, sino de un equipo de futbol de cuarta división que pasaba por el lugar, muriendo dos jóvenes y dejando lesionados a muchos más en una barbarie de sangre y balas.
Aquí, en este punto, todos los mexicanos nos preguntamos asustados: ¿En donde tenemos puesta nuestra seguridad?. En el orden claro de las ideas éticas, los policías deben velar por nuestra seguridad; contra los “malos”; por la ley; sin embargo, el atentado ocurrido en Iguala nos mantiene expectantes a cualquier patrulla, por qué con este hecho, la policía paso a ser prácticamente una institución sin ningún tipo de reconocimiento social, pasaron a ser el “brazo armado” de un estado mexicano que ve en los suyos a un reducto de terror y barbarie.
En este momento me gustaría que imaginara conmigo lo siguiente:
Usted, un policía que gana simples 2000 pesos quincenales arriesgando su vida por una ciudadanía inconforme con su simple presencia, es reclutado por un grupo delincuencial (llámese gobierno o crimen organizado) con un simple argumento: “Ten este dinero. Trabaja para nosotros o te matamos a ti y a tu familia” o “Ten este dinero y no veas nada” o “Ten este dinero y mañana habrá más”. Al igual que el golpe moral de un dinero mal habido, la responsabilidad social puede verse nublada ante la seguridad de los nuestros, ante la seguridad de perder un sustento por no seguir ordenes, o por el simple hecho de querer hacerlo, por qué si usted no lo hace, los suyos pueden vivir un futuro, probablemente, peor que los estudiantes desaparecidos.
Es aquí donde también nuestra moral como ciudadanos nos marca de forma atípica en una tormenta de ideas, juicios y reclamos que lentamente nos carcomen nublando nuestro sentido común.
¡Aclaro!, no defiendo los actos de los policías, por qué si bien algunos pueden verse en una situación antes descrita, es más que reconocido,que la maldad de las personas es cada vez más evidente, y más sangrienta. Nada justifica ningún hecho, solamente enfatizar un punto de perspectiva que (probablemente) también dictó el futuro de esta situación.
Con los estudiantes desaparecidos, el país y el mundo se ha movido a pasos agigantados exigiendo una solución a estás desapariciones. Las fosas clandestinas abrieron (tétricamente hablando) la esperanza de que por lo menos, se supiera en donde terminaron los cuerpos; sin embargo, la duda aún sigue en el aire, el escozor del dolor se respira en el país, y la sangre de los mexicanos hierve a la par del palacio de gobierno del Estado de Guerrero.
Cuando un conflicto nos atenta a la moral, difícilmente podremos ver el marco completo de nuestra realidad. Nosotros, como pueblo, pedimos una justicia expedita a las muertes de estudiantes, y si el gobierno de Enrique Peña Nieto quiere rescatar un poco de su administración, debe, sin lugar a dudas dar con los culpables de esta masacre, caiga quien caiga; aunque, desafortunadamente, cuando esta investigación llegué a las faldas del priismo, se desvanecerá el fervor de la lucha y lentamente nuestra moral e indignación quedará en un carpetazo cualquiera, como en el 68.
Todo el país llora a sus estudiantes desaparecidos, aunque en ocasiones el cuadro global de ello sea más complejo de lo que los medios (oficiales, televisivos, redes sociales y demás) nos quieren plasmar de forma dramática; porqué, fuera de ambiciones estúpidas, debemos recordar que todos, absolutamente todos (Buenos, malos, buenos que ignoran, buenos que obligan, malos que compran, buenos que eran buenos y se convirtieron en malos, buenos locos, etc) estamos en una Guerra contra algo más que las balas y que en ocasiones se abate a base de golpes de billete, en un país donde estúpida y parojicamente no se tiene, si no se tiene en abundancia: Nuestra propia moral.
Roguemos por que nuestros estudiantes regresen sanos y salvos a casa, y si no es así, que su recuerdo haga merma en nuestra conciencia en las próximas elecciones.
Recordemos, que si los políticos tienen poder, es por que sencillamente nosotros lo colocamos en sus manos como una moneda de cambio; si algo queremos y debemos cambiar, es el vernos completamente cegados por promesas frías y baratas cada seis años, y, en comunión con está indignación, darle el poder al único organismo que puede cambiar esta realidad: El pueblo mismo.
¡Dios (o en lo que crean) nos proteja a todos!
Hasta la próxima.


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