Hablar de nuestro país se ha convertido en un ejercicio paradójico. La luz brillante de la mañana contrarresta con la lúgubre, oscura, y fría realidad que lentamente nos convence de que estamos cada día más cerca de una película de terror, que de un utópico México del siglo XXI.
“The mexican moment” anunció un repunte de la percepción de México en el mundo. Enrique Peña Nieto trató a base de reformas, modificar el siempre nebuloso aire fiscal de México, olvidando poco a poco la mayor riqueza del país y la más olvidada de todas: Su gente.
Las reformas anunciadas con bombo y platillo fueron acalladas por el desánimo de un pueblo harto de promesas vacías y leyes inconcebibles. Las reformitas que de pronto ocuparon la agenda tanto del presidente como del congreso se convirtieron en el primer nudo de una soga alrededor del cuello de Enrique Peña Nieto que poco a poco se tejía de forma tétrica como una hiedra sin sentido. Pero sin ningún tipo de nubarrón que lo apretara más de la cuenta, la vida del presidente corría sin ningún tipo de problema y el “Salvador del país” según la revista Times, sonreía al horizonte.
Sin embargo, no todo es felicidad. No todo es vehemencia. No todo es tranquilidad.
De pie en un polvorín provocado por la ineficacia de los gobiernos anteriores (incluyendo los priistas) Peña Nieto, solo necesitaba un pequeño empujón para explotarlo. Desde la cuna Perredista, desde la misma aceptación de políticos de renombre como el presidente de MORENA, Andrés Manuel López Obrador; un individuo; un siempre nefasto político como los que han en exceso en el país; se convierte en el personaje principal de este “libertador” aire que se respira en nuestras calles. José Luis Abarca, presidente municipal de la ciudad de Iguala, Guerrero, ordena, sin ningún tipo de decoro y, con todo el enorme manto sombrío que provoca la impunidad, el asesinato y desaparición de estudiantes de la Escuela Normal Rural Arturo Isidro Burgos.
Un cuerpo sin rostro anunció la noticia. La huida del edil enmarco el triunfo de la impunidad. Y el vaso del odio hacía el mundo político nacional recibió su última gota.
Lo que parecía ser un acto más de olvido se salió de las manos de todos los niveles de gobierno: El municipal, con toda la “ley en mano” intentó amedrentar. El estatal, con toda su demagogia intento ignorar. Y el Federal, con todo su poder, no pudo controlar.
La desaparición de los jóvenes de Ayotzinapa, corrió como reguero de pólvora por todas partes. De forma internacional el movimiento cobró fuerza. Hasta el mismo Eduardo Videgaray aceptó que el problema en Ayotzinapa estaba afectando la imagen de México en el mundo, alejando inversiones y turistas a todas las zonas del país. Debemos recordar que países como Estados Unidos, Australia, Alemania, Inglaterra y el mismo Brasil han sugerido a sus connacionales a de ser posible evitar los viajes a México, o a ciertas zonas del mismo.
¡Así la cosa!
Un mes después, los jóvenes no aparecen y las noticias de policías como ajustadores de poder siguen apareciendo en el país. Bolonchen fue el lugar. Unos policías estatales golpearon a un joven hasta matarlo. En Guanajuato, en pleno festival Cervantino, unos policías detienen a un joven estudiante de la U de G lanzándolo aparentemente de la azotea de un edificio. Días después de los hechos en Iguala, unos policías balean a unos jóvenes del Tecnológico, hiriendo a un estudiante extranjero. Hace unas semanas en la frontera, unos policías le dieron muerte a tres jóvenes, dos de ellos americanos…
¿En qué momento el ser policía fue sinónimo de poder brutal?
¿En qué momento los jóvenes se convirtieron en el blanco primordial?
¿En qué momento perdimos la razón?
Toda transformación exige un cierto grado de dolor. En ocasiones un dolor soportable. En ocasiones un dolor brutal, y la muerte de estos jóvenes comienza a vislumbrarse como ese dolor brutal que comienza la transformación de nuestro país; el lento, pero necesario “Mexican Moment”.
Vivimos en un mundo globalizado, donde estamos todos a un solo clic de distancia, y, a diferencia de la masacre de Tlatelolco, Ayotzinapa no pudo mantenerse oculta. Al día siguiente sabíamos de la situación; y dos días después, el pueblo estaba en las calles.
¡Vivos se los llevaron!… ¡Vivos los queremos! gritan al unísono las marchas en un intento desesperado de encontrar en los decibeles a los 43 normalistas, que probablemente ya no estén vivos, pero que lentamente se han convertido en el catalizador de este México harto, subyugado, triste, que por fin está abriendo los ojos.
La quema del Palacio de Gobierno de Guerrero se ha convertido en la punta de lanza de la ruptura de las instituciones. México ha tocado fondo, y ahora se impulsa con los dos pies hacía una superficie que se ve aún muy por arriba de su cabeza. La criminalización de la policía ahora lentamente pone al estado de Enrique Peña Nieto en un vilo aterrorizante, donde la mirada ya no está más en lo que hacen los delincuentes, sino en lo que puede hacer nuestra policía disfrazada de criminal.
México está entrando en una etapa crucial en su historia. Por primera vez pueden con la fuerza de la sociedad y la presión internacional hacer dimitir a un presidente por incompetencia; una incompetencia que lo está orillando a un abismo muy oscuro y sombrío, labrado por años de impunidad y horror, donde estos pasos que golpean las venas del país retumban cada día más y lentamente cimbran los cimientos de esa caricatura llamada gobierno, que solo cambia de color como el camaleón, pero que tiene ese veneno inherente de las víboras en sus acciones.
Ayotzinapa fue la gota de derramo el vaso, pero…¡No son los únicos!… no intentemos hacer mártires a personas que solamente son un número más en la estadística. Miles de desaparecidos son hasta ahora, y a todos, vivos se los llevaron, y como los estudiantes de Iguala, vivos ya no están.
¡Sí!…se avecina el real “Mexican moment” para darle la bienvenida a un nuevo México. Un nuevo país, donde el poder deberá temblar por el retumbar de las calles. Un nuevo país, donde ya no existirá más impunidad, por qué ya se encuentran bajo nuestros ojos; esos ojos penetrantes que ya no se convencen tan fácil de la mentira. Un nuevo país, donde un gobierno que se atrevió a silenciar a la juventud, se enfrentara al puño tajante de los mismos que decidió callar. Un nuevo país, que cree más en tomar un arma y hacer justicia por su mano que creer en sus instituciones. Un nuevo país, que lentamente se acerca a un cambio reglamentado por años de opresión y dolor.
Un nuevo México, que lentamente abre los ojos y observa hacía adelante, sin miedo a nada, ni siquiera al terror que puede provocar su propio pueblo y que tampoco (si llegara a suceder) podrá controlar.
Hasta la próxima


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