Por Edel López Olán
En una de las gestiones más decadentes en los últimos años, Enrique Peña Nieto, sigue sorprendiendo a propios y extraños con situaciones fuera de lugar en esa debacle intencional de su mandato. En nuestro país, solamente un comediante solicita aplausos de forma jocosa y sin sentido a chistes en ocasiones tan malos como su vestimenta. Memo Ríos, considerado para muchos uno de últimos eslabones de la comedia de carpa, agasaja siempre al decir su famosa frase: “Aplausos”. Desafortunadamente para Peña Nieto, no a todos les funciona de igual forma. En una gestión de regular a mala, el Presidente de la República, reprochó en una de sus siempre desafortunadas puntadas, la falta de aplausos en una acto público. ¿Porqué se le debería de aplaudir? ¿Por un simple acto palero? o ¿Por un sentimiento de verdadero agradecimiento?
Más allá de solicitar aplausos, Peña Nieto debe exigirse resultados que se traduzcan en un ensordecedor concierto de palmas, donde el pueblo hablará por si solo más allá de jergas partidistas de antaño, donde, era una obligación estar a favor del funcionario en el templete. Enrique Peña Nieto, debe intentar establecer ya una estrategia para evitar seguir ridiculizándose, porqué al paso que va, no solo tendrá que limosnear aplausos, sino que tendrá qué, cual vil indigente, pedir, un poco de atención y credibilidad.
Pero si de animales se trata, debemos viajar cientos de kilómetros hacía tierras veracruzanas.
El 2 de febrero, a nivel mundial, se celebra el Día de la Candelaria, que en México es “oficialmente” el termino de las fiestas decembrinas. Cada año, los veracruzanos se preparan para una fiesta digna de la ocasión y llena de color, alcohol, imprudencias y sangre.
El principio fundamental de la fiesta, es, desde épocas prehispánicas, la bendición de la cosecha en el principio del año, coincidiendo con el undécimo día del primer mes del calendario azteca, donde los fieles ofrendaban sus cosechas a los Tlaloques (Semidioses de la mitología azteca, ayudantes de Tláloc, repartidores de agua en abundancia por las tierras) y así, comenzar con una época de prosperidad. Sin embargo, en ese incesante, y siempre extraño sentido de deformación que tenemos los mexicanos, la fiesta cambió.
El embalse de los toros ha sido, desde hace muchos años, el punto medular de críticas hacía autoridades y gente que se divierte con el hecho de golpear, manotear, asustar, y sobre todo, matar sin ningún tipo de clemencia a animales indefensos a orilla del río Papaloapan. Es increíble, que en pleno siglo XXI algunas costumbres, por arraigadas que sean, sean llevadas a cabo de forma impune. Los videos son terribles; las imágenes desgarradoras; la realidad innegable. Es momento que como seres humanos, tengamos un poco de conciencia que las actividades que tenemos en comunión con la naturaleza deben ser ya alejadas de la destrucción y el caos. Dios (en el que ustedes crean), la vida, la evolución, nos ha colocado en una posición privilegiada sobre aquellos que no pueden defenderse y por lo tanto, es nuestra obligación protegerlos.
México siempre será un país de contrastes, donde metro a metro, muchas de las creencias, dogmas, y demás situaciones que marcan nuestra vida cambian de forma radical. Pero eso no le quita lo hermoso a nuesrto país. Debemos exigir que este tipo de actividades cesen de forma inmediata, alzar la voz, gritar si es necesario, que ese tipo de masacres sin sentido se lleven a cabo en pro de una fiesta patronal es irracional por muy arraigado sea el concepto de religión. Debemos exigir resultados en todos los sentidos, para no regalar aplausos ramplones; para qué el día de mañana, animales estúpidos dejen de aplaudir a otros animales más estúpidos que limosnean aplausos en una dinámica cada día, más patética.
Hasta la próxima.


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