Bajo las olas, ya sea junto al Puerto de Veracruz o frente al pueblo de pescadores Antón Lizardo, se extiende una cordillera submarina donde se acumulan años contados en millones y rocas coralinas que forman 17 arrecifes. Cada uno es un mundo vertical, que del fondo emerge en busca de luz. Y en esa nación de corales todas las formas y colores caben.
Lo asombroso:
Las ciudades donde la vida es posible y se mueve a manera de estrellas, galletas y caballitos de mar, de erizos y caracoles lengua de flamingo. Flotan alrededor pulpos y calamares, el gusano de fuego se esconde bajo una piedra, pasan morenas verdes intimidando con sus puntiagudos dientes, y los peces payaso, tan llenos de brillo, no abandonan por nada sus anémonas. Más lejos, condenados al óxido y el mutismo, se miran barcos hace tiempo hundidos. El agua que todo transforma se ha encargado que los buques no estorben. Al contrario, sirven de hábitat a la incansable danza marina.
Fuente: México Desconocido


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