
Intolerancia y Humanidad
Por Edel López Olán
Imaginen que se encuentran en un bar, un café, un cine, una plaza. Una tarde o noche alegre en compañía de las personas que nos agradan, entre sonrisas, charla y tranquilidad. Detonaciones. Su corazón se acelera de forma criminal al escuchar la intermitencia de varios disparos que zumban en todas direcciones. El terror. La desesperación. El saber que no existe algo que te de certidumbre de vida, de nada. Sangre, cuerpos por doquier en una vorágine de sentimientos y dolor. Una tarde de sonrisas termina con el centellar de armas y torretas, en un mundo donde el simple odio es una opción.
Mucho se ha hablado en estos días sobre el qué y el porqué de lo que sucedió en Orlando. El mundo despertó con 50 personas menos y un excesivo bombardeo sobre la razón principal de un ataque que solamente tiene un nombre: Barbarie.
El atacante escogió un bar gay para realizar dicho ataque, intento mermar un grupo que hoy por hoy lucha por encontrar un camino negado, en un mundo que aun no entiende que el respeto a lo que sientas y pienses es la clave para una sociedad madura y coherente.
Mucho se ha hablado de homosexuales y sí, en el estado estricto de una concepto y definición, debemos hablar de ellos como blanco de ataque, sin embargo, más allá de una preferencia sexual dejamos de lado que son humanos que sienten, piensan, aman, tienen sueños, proyectos, vida, esperanza. Vivimos en una sociedad que apunta más el factor que el hecho y la razón en sí y que es lo más importante de todo: Nuestra humanidad.
Mientras sigamos sumidos en una diferencia per se, no podremos integrar a todos como seres humanos, seguiremos siendo intolerantes a todo. El hecho de emitir alguna opinión (debemos recordar que todas son válidas) desata en nosotros una serie de sentimientos que nos convierten en intolerantes a todo, aun a las personas que emiten opiniones completamente neutrales en el asunto, somos y nos convertimos en lo que más odiamos: un mensajero de la intolerancia.
Tratemos un poco de pensar por sobre nuestros prejuicios. Si la persona de enfrente gusta de alguien del mismo sexo, ¡adelante!, eso no lo hace ni menos ni más persona. El juzgarlo y privarlo de la vida (ojo, con privar es en todos los sentidos; hasta denostar es privarlo de una vida) te hace a ti un ser despreciable que merece, por lo menos, una clases ética y civismo.
Si, todos somos Orlando. Todos somos Xalapa. Todos somos seres humanos.
¡Todos somos pensantes!…¡Actuemos como tal!
Hasta la próxima.

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