La presidenta de México comienza su gestión en medio de muchas dudas, como su falta de voluntad democrática.

Por Edel López Olán (Permanencias Voluntarias)

¿Recuerdan esta imagen?

Las palabras exactas de Claudia Sheinbaum a Alfonso Durazo esa tarde fue: «Yo no voy a tolerar este tipo de cosas…»

Desde ese momento, este circo llamado democracia al cual Morena se ciñe le siguió dando frutos a la ahora presidenta. El ejercicio de consulta interna para «escoger» al candidato que representaría al oficialismo en la justa presidencial comenzó con este desaguisado que todo el mundo vio y que hoy en día es la mejor representación del autoritarismo de una mujer que nunca ha representado la democracia.

Desde el año 2000, Claudia Sheinbaum fue la favorita de Andres Manuel López Obrador, al estar cerca de él en cada gestión donde pudo colocarla. Fue Secretaria del Medio Ambiente, fue responsable del proyecto de la construcción del segundo piso del periférico, la primera linea del metrobus y la gestión administrativa de todos los vereficentros de la CDMX. En 2006 se integró al equipo de AMLO como vocera de elecciones presidenciales, encargada de la payasada de la Secretaría de Defensa del Patrimonio Nacional del «Gobierno legítimo», coordinó el Movimiento en Defensa del petróleo creado por el mismo Andres Manuel. Fue la Coordinadora de Formación Política en el negocio personal del ex presidente «Morena» y fungió como Jefa Delegacional en Tlalpan propuesta por el mismo AMLO hasta que se convirtió en jefa de gobierno de la CDMX y ahora presidenta de México, todo esto de la mano del propio Andrés Manuel López Obrador.

Desde las filas del partido todos sabían perfectamente que ella era la candidata preferida del presidente. El 30 de septiembre del 2021, a las afueras de la primera sucursal del Bienestar en la CDMX, el entonces presidente de la república la jaló (literalmente) ante los medios de comunicación, levantó su mano y grito un triunfal: «Es ella» decantando su preferencia a su ahijada política a la cual obviamente no iba a dejar desamparada.

Y no, esta columna no está en contra de una agenda feminista ni el reconocimiento que merecen las mujeres a su trabajo. En México tenemos una deuda muy grande a las mujeres y la forma en como su trabajo es menospreciado en todos los ambitos de la vida cotidiana. Muchas de ellas han sudado sangre y lágrimas para llegar a puestos directivos que no son reconocidos por la dinámica machista que existe alrededor de ellas y sus logros, algo qué, obviamente, no es el caso de Claudia.

Ahora, me remonto a la primera imagen de este texto. Desde ese momento la «candidata del pueblo» (sí, ese pequeño pueblo llamado AMLO) no estaba dispuesta a enfrentar a los correlegionarios de un Marcelo Ebrard que en ese momento gritaban consignas en contra del manoseo en la elección interna y que derivó en enfrentamientos velados entre los candidatos ante la mirada esteril de un Ricardo Monreal que sabía perfectamente que los dos eran el relleno de una «candidata» cantada.

Así, el «ejercicio democrático» interno de Morena se decantó (para sorpresa de nadie) hacia Claudia Sheinbaum, la «candidata del pueblo», la candidata de AMLO.

El ex presidente de México, como el gran animal político que es y con las conciencias de todo el país compradas a base de programas sociales, condujo la campaña. La simulación sobre una candidata mujer y democrática que llevaba las riendas de un nuevo gobierno se difuminaron ante un presidente qué, al igual que lo hizo en su victoria en el 2018, tenía que subira a la ola del obradorismo sino querían proba el hiel de la derrota.

Y para una democracia tan lábil como la mexicana, el manoseo desde la presidencia fue esencial para una victoria, insisto, apadrinada por un hombre, donde, los logros de él eran de ella y el cacareo de él era secundada por una candidata que se borró para darle el protagonismo a un presidente con hambre de poder y que tenía la necesidad de continuar su legado con alguien que obviamente nunca haría nada para opacarlo en sus acciones y «logros».

Votos más. Votos menos. Claudia Sheinbaum llegó a la presidencia de México, la primera mujer en 200 años en un ejercicio democrático manoseado, liderado por un hombre y con un discurso inicial donde, su simulación, sigue siendo su esquema esencial en medio de muchas dudasy promesas de crecimiento, mientras, sin sorpresas, una parte del país se rinde ante un argumento extraño de feminismo que ni siquiera entienden.

Por que no se trata de ser feminista o no, de reconocer que México es machista o no, se trata de una política que uso la simulación de un partido para servirse de ello y llegar al poder asegurando que llegan todas, cuando ella misma siendo jefa de gobierno arremetió contra las madres buscadoras, contras las marchas del 8M, contra las madres de los niños con cáncer, contra las madres del «Colegio Rebsamen» (de la cual ella fue en parte culpable), entonces no, no llegaron todas, llegaron solo las que la apoyan.

La terrible idea de pensar que Claudia Sheinbaum es una democrata se difumina al conocer su historia. Hoy, como la presidenta de México, debe entender que (como AMLO) no es lo mismo dirigir la CDMX que un país tan diverso como machista como México que sabe perfectamente de la simulación política que han realizado todos los partidos, incluyendo Morena, pero decide callar por que hoy es lo políticamente correcto y conveniente, solo por ser «Tiempo de mujeres», simulado, pero al fin y al cabo de mujeres, y eso, eso es muy pinche lamentable.

Hasta la próxima.

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Hay aire y sol, hay nubes. Allá arriba un cielo azul (…) Hay esperanza, en suma. Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar.

Juan Rulfo 
Novelista y cuentista mexicano.