Los Colectivos de Búsqueda se han convertido en los nuevos héroes de un México fuera de control y falto de empatía.

Por Edel López Olán (Permanencias Voluntarias)

En México existen 200 Colectivos de Búsqueda para más de 100 mil desaparecidos a lo largo y ancho del territorio nacional. Para que se den una idea de lo que estoy hablando, los muertos y desaparecidos en la Franja de Gaza desde el comienzo de la guerra, en octubre de 2023, alcanzaron este sábado los 48.181, después de que el Ministerio de Sanidad gazatí registrase 22 nuevos cadáveres recuperados entre los escombros y cuatro fallecidos por fuego israelí en las últimas 48 horas.

En medio de toda esta barbarie, la sociedad tomó la responsabilidad de encontrar a toda a costa a todos los desaparecidos de una guerra con tantas víctimas colaterales como fosas clandestinas en el desierto. Con lo sucedido en Teuchitlán, Jalisco, La narrativa de esta guerra cambió de nuevo al percatarnos que en México los que «están en malos pasos» no siempre son miembros innegables del crimen organizado, sino jóvenes amenazados con morir para cumplir con las fechorías de los cárteles de la droga.

El «Rancho Izaguirre» se ha convertido en la nueva definición del horror. El centro de entrenamiento y exterminió en Jalisco, se convirtió en el testigo silencioso de como muchos destinos cambiaron al momento de solicitar un empleo en un país que dispersa miles de millones de pesos para darles a los jóvenes una dádiva para «alejárlos» del crimen, en una de esas paradojas sin sentido. La Fiscalía de Jalisco y la Guardia Nacional sabían de ese lugar y no hicieron nada, solo llegaron a tomar los «datos suficientes» para crear una nueva excusa para no impartir justicia.

Y en medio de toda esta barbarie, héroes anónimos salen desde sus cenizas para convertirse en los héroes de una historia que jamás debió contarse.

Los colectivos de búsqueda en México son organizaciones creadas por decenas de familias que buscan desesperadamente entre la tierra los restos de sus desaparecidos. Familias enteras se organizan para caminar en el calor lacerante o la pertinaz lluvia y aprender a reconocer el terreno que fue usado para fosas clandestinas, identificar el olor de la descomposición, aprender lo básico y profundo de la anatomía humana para diferenciar de un hueso animal al de un humano, aprender a sobrevivir con el corazón destrozado mientras realizan trámites burocráticos embromosos para identificar los cuerpos apilados en fosas clandestinas; todo esto bajo el ojo amenazante de los grupos criminales que simplemente los convierten en una estadística más.

La desaparición de personas en México ya se ha convertido en un problema sistemático. La forma en como ha permeado el crimen en todos los niveles de gobierno, han colocado contra las cuerdas a una sociedad mexicana que observa cómo los cuerpos se apilan y las esperanzas caen.

La participación de los colectivos en el proceso de investigación de las procuradurías no sigue canales formales establecidos porque las leyes no prevén este tipo de involucramiento de las víctimas, por tanto, su búsqueda trata de innovaciones impulsadas por estos grupos. En algunos casos estas últimas han sido tan exitosas que han creado canales cuasiformales de relación con las autoridades.

La presión de los colectivos de búsqueda en crear leyes que les permitan integrarse de lleno a la búsqueda de los desaparecidos en México, ayudó a que se creara la Ley general en materia de desaparición forzada de personas, desaparición cometida por particulares y el sistema nacional de búsqueda de personas. Está ley, flamante como muchas más que aparecen en nuestra parchada constitución, afirma que se debe establecer la distribución de competencias y la forma de coordinación entre las autoridades de los distintos órdenes de gobierno, para buscar a las Personas Desaparecidas y No Localizadas, y esclarecer los hechos; así como para prevenir, investigar, sancionar y erradicar los delitos en materia de desaparición forzada de personas y desaparición cometida por particulares, así como los delitos vinculados, sin embargo, cómo las letras, se las lleva el viento.

Por ejemplo, en Guanajuato, el presupuesto para la búsqueda de personas desaparecidas apenas alcanza el 0.02% del presupuesto estatal. El Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación (PPEF) 2025, a la Comisión Nacional de Búsqueda se le asignó mil 102 millones de pesos, lo que se traduce en un recorte de 47 millones debido a que en este 2024 que tuvo una asignación de mil 149 millones de pesos. En contrasentido, por ejemplo, en el estado de Puebla, existió en el 2025 un aumento del prespuesto de 6.4%, pero, la autoridades estatales localizaron a menos personas en el territorio estatal a pesar de que existió un aumento en sus cifras en el último trimestre del 2024.

Y en medio de esta interminable e indefinida correlación de números y estadísticas siempre en contra de los ciudadanos, existen las historias cómo la de Karla Martinez, ella busca a Juan Valentín Martínez Jiménez, su hermano que desapareció el 18 de febrero del 2020:

Cuando denuncié la desaparición de mi hermano, las autoridades me preguntaron: “¿A qué se dedicaba tu hermano?” Me daba miedo contestar, porque no sabía si eso impediría que lo buscaran. Sentía que juzgarían mal mi situación si mi hermano tenía tatuajes, fumaba o bebía.

La Comisión Estatal de Búsqueda dejó de buscar a mi hermano al cabo de un año, así que decidí hacerlo yo misma. Junto con tres mujeres, salimos a buscar a nuestros seres queridos. No sabíamos mucho a dónde íbamos ni por qué, pero fuimos sin miedo y con ganas de encontrarlos. Fue entonces cuando empezamos a encontrar a nuestros familiares.

La primera vez que saqué un pie me estaba vomitando. El olor era muy fuerte. Pensé que tenía que quedarme ahí durante horas. Ahora encontrar y oler un cuerpo no me da asco. Me hace sentir que hemos hecho un buen trabajo y que estamos cumpliendo una meta.

Desde que empecé a buscar, he cambiado: no puedo sonreír, estoy de mal humor. No puedo vivir así… Si me quedo en casa, me siento triste. Soy más feliz en el campo buscando a los desaparecidos. Quiero encontrarlos y quiero hacerlo con dignidad.

La noticia de campos de exterminio como lo sucedido en Jalisco siguen retratando la realidad de un México indiferente y es un ejemplo más de que México nos necesita como sociedad organizada que como botin electorero para las campañas.

Si la gente ocupara más tiempo para organizar a su colonia para crear y mejorar, en lugar de enfilarlos a votar por un partido político solo por unos pesos en una tarjeta y 500 pesos por persona, todo sería diferente.

Pero, desafortunadamente, como en los comics, el peso de la lucha contra el mal recae en unos pocos héroes que cambian la historia, pero aquí, en la realidad lacerante, su único superpoder es una varilla de acero en forma de T y su esperanza… ¡Y nada más!

Y eso, eso es muy pinche lamentable.

Hasta la próxima.

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«La ambición jamás se detiene, ni siquiera en la cima de la grandeza.»

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