El análisis profundo desde los dos espacios de la justicia es esencial para determinar los problemas del Poder Judicial.

Por Juan Manuel Herrera Sosa (Doctor en derecho, profesor en de la Universidad Anáhuac Xalapa, Universidad Veracruzana y Colegio de Veracruz)

Esto que está pasando en la Ciudad de México es verdaderamente grave. Lo digo con conocimiento de causa, porque no solo soy abogado, también fui parte del sistema judicial, lo conozco por dentro, lo viví desde adentro. Sé perfectamente lo que significa la carga de trabajo brutal, las condiciones precarias, los salarios que no corresponden con la responsabilidad que cargan los juzgadores, la falta de personal, de insumos y, sobre todo, la presión constante por sacar miles de asuntos con recursos que no alcanzan ni para lo básico.

Pero ahora, desde este lado —el de abogado que está en los juzgados acompañando a la gente que deposita su esperanza en que la justicia funcione—, puedo decir con absoluta preocupación que la justicia en la Ciudad de México está detenida. Completamente detenida.

Llevo más de mes y medio con mis juicios congelados. Nada se mueve. Nada avanza. Y lo peor no es que estén parados… es que nadie sabe hasta cuándo. Lo que antes tardaba semanas o meses, ahora no tiene fecha. Simplemente está suspendido.

Y mientras tanto, allá afuera, la vida no se detiene. El que debe pagar una deuda, no la paga. El que debe entregar un inmueble, no lo entrega. El que está preso esperando una audiencia, ahí sigue, sin que nadie lo escuche. Las deudas crecen. Los pleitos familiares se agravan. La incertidumbre se vuelve parte del día a día.

No se trata de culpar solo a los jueces. Al contrario, los entiendo. Sé lo que es estar del otro lado del escritorio. Porque esto no es nuevo. Años y años acumulando cargas de trabajo inhumanas. Años de exigirles que sean héroes, que resuelvan todo, que saquen adelante cientos de asuntos a cambio de salarios que ni de lejos compensan la responsabilidad que tienen encima. Y claro, el sistema los reventó. Era cuestión de tiempo.

El problema es que cuando la justicia truena, no truena adentro del juzgado. Truena afuera. En la vida de la gente. En los ciudadanos que esperamos una respuesta, en quienes confiamos en que la ley es el camino para resolver los problemas, en quienes todavía creemos que hay reglas, que hay orden, que hay instituciones.

Y pregunto: ¿qué pasa cuando la justicia deja de funcionar? ¿Qué pasa cuando los tribunales cierran? Pues que todo se detiene… menos los problemas. Los problemas siguen. Crecen. Se pudren. Y quedamos atrapados en un limbo, sin saber qué hacer.

Porque la justicia no es un lujo, no es un favor, no es algo que, si se puede, qué bueno, y si no… pues ni modo. La justicia es lo que sostiene la vida en sociedad. Es lo que separa el abuso del derecho. Lo que marca la línea entre el orden y el caos.

Y hoy, la ciudad más grande del país está sin justicia. Así de fuerte. Así de claro. Así de preocupante.

Lo más triste es que, mientras tanto, hay quienes siguen creyendo que esto no les afecta. Que esto es un tema de abogados, de jueces, de gente que anda en pleitos ¡No! Cuando la justicia se detiene, tarde o temprano nos alcanza a todos. Porque lo que está roto es el contrato social. Lo que está roto es la garantía de que, si alguien te hace daño, hay un lugar al que puedes ir a pedir que las cosas se arreglen.

Y si eso ya no existe, si los tribunales no funcionan, entonces que alguien me explique qué nos diferencia de vivir bajo la ley del más fuerte.

Lo digo con total seriedad y con la preocupación que da no solo vivirlo, sino verlo en cada cliente que te pregunta: “¿Y qué va a pasar, licenciado?” Y la respuesta —la que nunca quieres dar— es: “No lo sé. Nadie lo sabe. Todo está detenido.”

No sé hasta dónde vamos a llegar. Pero sí sé que esto no puede ser normal. No podemos acostumbrarnos a que el sistema de justicia esté apagado. No podemos resignarnos a que obtener justicia sea un milagro. Porque el día que eso pase —y siento decir que ya estamos cerca—, no quedará mucho más que arreglar.

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La frase de la semana

«La ambición jamás se detiene, ni siquiera en la cima de la grandeza.»

Napoleón I (1769-1821)
Emperador francés.

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