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Editoriales

La Desinformación


Por Jorge Berry (El Financiero)

La imagen que queda grabada en la mente después de una caótica semana en Washington, es la del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, vociferando esquizofrénico, “No quiero nada, no quiero nada, no hay quid pro quo.” Se refería, por supuesto, al proceso de destitución en su contra que el comité de inteligencia de la Cámara de Representantes tiene abierto.

Una vez más, Trump miente. Esto es claro con solo leer el contenido de la famosa llamada del 25 de julio entre el presidente de Ucrania, Vlodomyr Zelinskiy, y el propio Trump, en donde, con todas sus letras, Trump solicita a Zelinskiy investigar al ex-vicepresidente de EU Joe Biden y a su hijo Hunter. Además, le pide al ucraniano averiguar detalles sobre una supuesta intervención ucraniana en las elecciones presidenciales de 2016 en EU en apoyo a Hillary Clinton.

Esto último es una versión originada en el Kremlin en 2017, para tratar de desviar la atención sobre la evidente intervención de Rusia en ese proceso, pero, claro, a favor de Trump. Una clásica estrategia de desinformación, en la que el propio Vladimir Putin participó, expresándola públicamente, en una conferencia de prensa en febrero de ese año.

Esta extraña narrativa, a pesar de lo francamente fantástica, se ha vuelto uno de los ejes de la defensa de Trump en las audiencias, y es vigorosamente impulsada por los republicanos. En ese marco, el jueves pasado la Dra. Fiona Hill compareció ante el comité.

La Dra. Hill trabajaba en la Casa Blanca para el Consejo Nacional de Seguridad, y su jefe era John Bolton, recientemente despedido como asesor de seguridad nacional. Ella nació en Inglaterra, pero emigró a Estados Unidos, donde se graduó summa cum laude de Harvard, y lleva años siendo considerada la máxima autoridad sobre Rusia y los países que emergieron con el derrumbe de la Unión Soviética, entre los cuales, por supuesto, está Ucrania. Es, además, autora de la más completa y analítica biografía de Vladimir Putin publicada en occidente.

Abrió su declaración haciendo una aguda crítica a varios legisladores republicanos que impulsan la versión de la intervención ucraniana. Les dijo que, al esparcir esa narrativa falsa, le están haciendo el trabajo a Putin, quien pretende no solo culpar a Ucrania de la intervención que él mismo ordenó, sino también desestabilizar la relación entre Ucrania y EU, que le resulta estorbosa para sus planes expansionistas. En pocas palabras, la Dra. Hill les hizo ver que su desesperada defensa de Trump se contrapone diametralmente a los intereses estratégicos y de seguridad nacional de Estados Unidos.

¿Qué hicieron los republicanos? Empezando con Devin Nunes, el impresentable equivalente gabacho de Mario Delgado, continuaron exactamente con la misma narrativa, aunque tuvieron cuidado de no hacerlo en forma de pregunta, para evitar lo que hubiera sido una lacerante respuesta de Fiona Hill, una mujer que no se intimida ante el poder.

El señor Nunes, además, quedó exhibido, cuando el viernes CNN reportó un viaje de Nunes a Vienna, donde se reunió con ucranianos pro-Rusia a instancias de Rudy Giuliani. CNN obtuvo la información del abogado de Lev Parnas, el socio de Giuliani, quien enfrenta cargos federales por contribuciones ilegales al partido republicano, y quien parece estar dispuesto a soltar la sopa a cambio de inmunidad.

Total, un cochinero. Así como Trump tiene muchas similitudes con el presidente de México Andrés Manuel López Obrador, los republicanos se comportan de forma muy parecida a los legisladores de Morena. No importa la realidad, ni los intereses nacionales. Lo que importa, es seguir ciega e incondicionalmente al líder, y al diablo con las consecuencias.

Esta semana, aunque los legisladores no sesionan porque el jueves es el día de Acción de Gracias, la información seguirá fluyendo, y aparecerán las primeras encuestas levantadas después de las dramáticas audiencias de destitución. Dependiendo de esos datos, veremos si modifican posturas por lo menos, algunos republicanos. No hay, hasta el momento, nuevas comparecencias programadas.

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Editoriales

Naufragio a la vista


Por Jorge Berry (El Financiero)

Comentaba hace una semana en este espacio la desastrosa decisión de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, de dar luz verde al dictador turco Tayyip Erdogan para iniciar una intervención en Siria con objeto de, digámoslo claro, exterminar a la población kurda que representa, según el turco, una amenaza para su país. En solo una semana, la situación se ha deteriorado a tal grado, que ya resulta una amenaza para la estabilidad, no solo de la región, sino del orden geopolítico.

Trump, muy a su estilo, tomó una decisión intempestiva, sin considerar las consecuencias que podría acarrear, porque está acostumbrado a seguir sus instintos en lugar de seguir el proceso, enojoso para él, de informarse, de aceptar puntos de vista diversos, y llegar así a conclusiones ponderadas. Es otro sello de líderes populistas autócratas. Ahora, las cosas se le han puesto al rojo vivo.

Turquía lanzó su ofensiva sobre la frontera siria, no con sus tropas regulares, aunque tiene el ejército más numeroso de OTAN después del de Estados Unidos. Prefirió usar milicianos sirios, muchos de ellos provenientes del ejército islámico, y comenzó la carnicería. Los kurdos, ante la traición y el abandono de Estados Unidos, no tuvieron más remedio que pedir y aceptar una alianza con Bashar al-Assad el presidente sirio, a su vez aliado con Rusia. Con ello, se produjo una movilización inmediata de Siria y sus aliados hacia la frontera con Turquía, con el resultado de que, en menos de una semana, en las bases militares que ocupaban las fuerzas estadunidenses, ahora ondea la bandera rusa.

Las hostilidades no han cesado. Sirios y turcos tratan de controlar el mayor territorio posible. Assad lleva, literalmente, años tratando de establecer control de su gobierno sobre esa parte del territorio, y hasta ahora tiene la oportunidad. Erdogan, por su parte, trata de sostener el mayor número de posiciones posible, porque sabe que serán cartas que tendrá bajo el chaleco para la inevitable negociación que se acerca.

El problema para Estados Unidos, y para los aliados de la OTAN en general, es que ya no serán factor en esa negociación. El propio Erdogan ya anunció sus intenciones de regresar a Moscú para hablar con quien realmente tiene la sartén por el mango, y ese alguien se llama Vladimir Putin. Sí, el mismo Putin, que es el principal proveedor de armamento para el ejército turco, el mismo Putin que por fin, después de mucho batallar, vuelve a ser factor de poder en el medio oriente ante el inexplicable vacío que deja Estados Unidos.

Mientras, en Washington, ante la lluvia de críticas hasta de los propios republicanos, Trump anunció sanciones económicas sobre Turquía, el retiro de 50 armas nucleares que Estados Unidos mantiene en la base aérea de Incirlik, (no está claro que la maniobra sea permitida por Turquía) y la visita de una delegación encabezada por el vicepresidente Mike Pence y el secretario de estado Mike Pompeo para dialogar con Erdogan y convencerlo de detener su ofensiva. Pero Erdogan, seguramente con la grabación de su llamada con Trump bajo el brazo, dijo que no recibirá a ninguna delegación, y que si quieren hablar, que venga Trump. Sabemos que la palabra de Trump no vale mucho, pero es claro que la comprometió con Erdogan, y éste no lo dejará olvidarlo.

Este es el tipo de emergencia que todos temían que produjera un presidente errático, desinformado e ignorante como Trump. Le llega, además, en el peor momento. Las audiencias en el Congreso, el desfile de testigos y documentos que confirman la enorme y brutal corrupción de Donald Trump, lo dejan en una posición de extrema debilidad tanto en su país como ante el mundo. No es poca cosa. El orden político internacional lleva 70 años dependiendo de Estados Unidos, y hay apreciables grietas que pueden desembocar en una peligrosa inestabilidad mundial. Sobre todo, si Trump sobrevive la destitución y resulta reelecto. Y aunque no sea así, habrá que ver si su sucesor o sucesora tiene los tamaños para enderezar un barco que, hoy por hoy, parece encaminado al naufragio.

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Análisis político, Editoriales

Daños Colaterales


Por Jorge Berry (El Financiero)

El proceso de destitución del presidente de Estados Unidos avanzará a marchas forzadas a partir de mediados de octubre. Los demócratas pretenden presentar los artículos de destitución, es decir, los cargos contra Trump, antes de terminar noviembre. Esto es una guerra, y habrá daños colaterales.

Trump comenzó su administración rodeado de personajes más o menos respetables. Reince Pribus era su jefe de gabinete, el general Jim Mathis su secretario de defensa, Rex Tillerson su secretario de estado. Y un personaje clave, Don McGhan encabezaba la oficina legal de la Casa Blanca. Uno a uno, empezaron a tener conflictos con Trump. Al presidente no le gusta leer, no estudia los análisis que le entregan sobre los temas a tratar, y menos le gusta que lo contradigan. Sus colaboradores a menudo se desesperaban con el jefe, y Trump, al no percibir apoyo incondicional, empezó a despedirlos, al punto que ya es, por mucho, la administración que más cambios de personal ha hecho en la historia.

Trump empezó a privilegiar la lealtad a toda prueba sobre la eficiencia. Prefiere títeres que mueve a su antojo, que ejecutivos eficientes, un rasgo de personalidad que comparte con nuestro presidente. Pero esa costumbre conlleva sus peligros. A todo le dicen que sí, aunque sea ilegal. El mejor ejemplo es el procurador William Barr, quien se ha dedicado a promover argumentos jurídicos francamente bizarros para justificar las conductas de Trump.

El asunto que lo tiene al borde de la destitución es de una torpeza infinita. Con muchos, muchos trabajos, había sobrevivido la intervención rusa en su elección de 2016. El reporte Mueller dejó en claro que cometió delitos, que aceptó gustoso la ayuda del Kremlin y que rodeó su campaña de una bola de hampones que, o ya están en la cárcel, como Manafort y Michael Cohen, o están esperando condena como Flynn. Pero ahora, hace una llamada al presidente de Ucrania donde le exige intervenir en la elección de EU de 2020 proporcionando lodo sobre un rival político, menciona e involucra a su abogado Rudy Giuliani y al procurador Barr, y le hace ver al ucraniano que está suspendida la ayuda militar YA APROBADA por el Congreso, hasta que haya un compromiso.

Al darse cuenta del desastre que significó esa llamada, los abogados de la Casa Blanca tomaron medidas internas para ocultar el contenido. La escondieron en un servidor supersecreto, pero demasiada gente escuchó a Trump, y muchos se escandalizaron, y se organizaron. El famoso informante, quien no estuvo presente en la llamada, recogió la preocupación de sus colegas, y accedió a echarse a cuestas la responsabilidad de presentar la denuncia. Lo hizo primero, en uno de los servicios de inteligencia. Al darse cuenta que no prosperaba, recurrió a la Dirección Nacional de Inteligencia, con los resultados que todos conocemos.

¿Quiénes sufrirán los daños colaterales? En primer lugar, su abogado Rudy Giuliani. Muchos lo culpan a él de instigar todo el desastre, y en su desesperación, Giuliani ya embarró al Departamento de Estado, así que Mike Pompeo también tendrá que responder. Otra víctima, aunque se lo ha ganado a pulso, será el procurador Barr, cuya conducta política al frente del Departamento de Justicia, ha sido lamentable, y que lo puede convertir en el primer procurador en visitar la cárcel desde John Mitchell, el procurador de Nixon. Peligra seriamente el equipo legal de la Casa Blanca que participó en la conspiración para ocultar la llamada, y el demás personal involucrado. Muchos de ellos, si no todos, serán citados a testificar ante el Congreso.

El Congreso entra en receso de dos semanas a partir de hoy, y cuando regresen, comenzarán los juegos pirotécnicos.