¿Al carajo, Presidente?


Por Raymundo Riva Palacio (El Financiero)

El Presidente está desquiciado. Y cada semana empeora más. Dentro de Palacio Nacional se reduce el número de asesores que quieren hablar con él de manera seria y prefieren darle la vuelta por la forma como su intolerancia ha crecido, no sólo hacia afuera, sino hacia adentro, donde sus acciones y declaraciones cada vez pierden más consenso. El presidente Andrés Manuel López Obrador ha perdido el equilibrio y su falta de templanza es evidente. A las críticas internas está respondiendo con reprimendas y represalias, y a las externas, como no sabe cómo atacarlas, insulta donde puede, y donde no, sus soluciones caen en lo absurdo.

El deterioro que está sufriendo el Presidente en su persona y su liderazgo tiene orígenes objetivos: las cosas le están saliendo mal, la seguridad, la economía, sus megaproyectos, la sucesión presidencial, la corrupción en su cuatroté. Su alegato de que tiene otros datos es cierto, porque de manera progresiva le están informando menos y de forma parcial, ante su intemperancia. Hace unos días sucedió uno de esos momentos incómodos para todos en Palacio Nacional.

Cuando vio la reacción pública a sus declaraciones de que su gobierno protegía al crimen organizado, sin empatía por las víctimas de esos delincuentes, pidió un análisis sobre sus palabras para tratar de entender la masiva respuesta negativa que provocó. La petición se hizo a varias áreas de la Presidencia, de donde salieron documentos que unánime y contundentemente señalaban que la posición de López Obrador había sido un error. Pero el Presidente, en lugar de tomar el ejercicio como una autocrítica, y no como al final parece que esperaba, el apoyo incondicional a su postura, se enojó tanto que ordenó el despido de las personas que habían sido responsables de los equipos que se dividieron el trabajo.

No se sabe si alguien en los más altos niveles en Palacio Nacional estuvo de acuerdo con la purga del Presidente contra quienes hicieron su trabajo de manera honesta, pero nadie levantó la voz. Quien quiso hacerlo días después fue la secretaria de Economía, Tatiana Clouthier, cuando, tras regañarla en una mañanera, la citó para reclamarle personalmente que publicara el decreto de la NOM para revisar mecánicamente todos los automóviles con más de cuatro años de antigüedad, expresando su indignación porque había tomado esa decisión en año electoral, un impuesto que afectaría a su gobierno.

No es sorpresa que el Presidente no gobierna y sólo piensa en elecciones y en mantener el poder, pero el problema López Obrador es un problema para todos.

Dentro de su equipo, primero, porque se estrechan los márgenes para operar, como le sucedió al secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, quien ante los obstáculos que está enfrentando la demanda contra las armerías en la corte de Boston, estaba buscando que se sumaran a ella las fiscalías de las entidades más afectadas por la violencia de los cárteles. El Presidente lo paró en seco y le ordenó que se convirtiera en sombra del embajador de Estados Unidos, Ken Salazar, para acotar su protagonismo, porque ya no le gustó que el diplomático se esté metiendo en asuntos domésticos, algunos de los cuales, como la libertad de expresión y la violencia contra periodistas, son contrarios a su posición.

Pero, sobre todo, el problema es hacia fuera. Dentro de su equipo, la genuflexión y el terror dominan la actitud de sus colaboradores, y si se quedan callados y sólo le dan por su lado, continuarán en su trabajo. Afuera no existe esa alternativa, porque la agresión retórica del Presidente es tan fuerte e incendiaria, que mantener silencio es como firmar una carta de suicidio. Es lo que ha sucedido de manera muy clara con el personal médico, al cual le declaró la guerra declarativa por su crítica a la contratación de 500 médicos cubanos.

Paradójicamente, es una controversia a la que él mismo prendió fuego por la forma torpe, hosca y hostil con la que enfrentó las primeras críticas, que enrarecieron más por su notoria falta de información sobre el tema y la incapacidad para enfrentarlo con inteligencia racional. Lo que sobra en el Presidente es inteligencia emocional, quien presa de su propio discurso binario, tildó a todos los que lo critican de “conservadores”, y en la cúspide del mejor argumento que encontró, gritó desde Sonora, “¡que se vayan al carajo!”. Su desafortunada frase no resolverá la disputa, pero ahondará la división y aumentará a sus detractores.

Esto, lamentablemente para él y para todos, no parará. López Obrador carece de un discurso que no sea el de ataque a quienes lo critican, vestido de diferentes maneras, de insistir en que es honesto, que ahora sí hace lo que antes no se hacía y que no buscará la reelección. Con diferente música, es la misma letra. Al paso del tiempo se ha vuelto hueco, exhibiendo sus deficiencias retóricas y su falta de habilidad para enfrentar los desafíos viejos y nuevos que se acumulan. Nadie duda que en la agudización de éstos radicalizará su discurso.

Las primeras consecuencias ya llegaron. La violencia con la que trata a los suyos le ha reducido la información porque saben que su reacción va a ser negativa. Se puede argumentar que da lo mismo que le informen o no, porque de cualquier forma López Obrador no acepta prácticamente nada que escape de su esquema mental. Esta Presidencia a la deriva –por la toma de decisiones equívoca– sólo puede mantenerse a flote con amenazas y ataques.

Malas decisiones a partir de diagnósticos a modo –para que no se moleste– conducen a malos resultados. Los malos resultados no los ve como consecuencia de fallas y deficiencias en su gobierno, sino porque sus adversarios, a quienes les otorga un peso público sobredimensionado, lo estorban. López Obrador está ciclado y nada lo sacará de ahí. Lo único que se desconoce, probablemente él mismo incluido, es hasta dónde lo llevará su desquiciamiento. Y esto es lo peligroso para todos.

Asesinatos de jóvenes, al alza


Por Raymundo Riva Palacio (El Financiero)

El discurso oficial sobre la estrategia de seguridad, repetido para que se impregne en la cabeza, es que no combatirá el gobierno la violencia con violencia, sino que atacará las raíces que la generan. La verdadera lucha contra al crimen organizado, dice el presidente Andrés Manuel López Obrador, es que al arrebatarles a los jóvenes con políticas sociales, logrará disminuir el fenómeno. El Presidente supone un destino a partir de actos de fe, no de evidencias. En lo que va del gobierno ya superó el número de homicidios dolosos de todo el sexenio de Felipe Calderón, y contrario a una baja en el delito gracias a programas de apoyo para jóvenes, como afirma, los datos apuntan hacia arriba.

Los homicidios de jóvenes de entre 15 y 29 años de edad, de acuerdo con el Inegi, alcanzaron cifras nunca vistas desde que se comenzó a llevar el registro del delito, en 1990. La tasa de homicidios en ese rango de edad fue de 56.5 por cada 100 mil habitantes, superior a la cifra máxima durante el gobierno de Calderón, en 2010, cuando la tasa fue de 46.8 por 100 mil habitantes, lo que da poco más de mil jóvenes asesinados en la administración de López Obrador. Su reciente declaración de que la estrategia de atender a los jóvenes está dando resultado, no se sostiene en los hechos.

Ninguno de sus programas sociales ha servido para la pacificación del país. De hecho, la inyección de recursos en ellos ha ido aparejada con un incremento en el delito. En los primeros años de su gobierno, de acuerdo con el Inegi, 32 mil 722 jóvenes en ese grupo de edad fueron asesinados, lo que dio un promedio anual de 10 mil 907. En el mismo periodo y rango de edades, se registraron 9 mil 453 homicidios anuales promedio durante el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto y 7 mil 175 en el de Calderón. Las afirmaciones de López Obrador de que “nunca como ahora” se está invirtiendo en los jóvenes para alejarlos de las “conductas antisociales”, suenan huecas en el análisis comparativo.

No hay información disponible para poder comprobar si, en efecto, quienes son beneficiarios de programas sociales se han alejado de ese tipo de conductas. Para poder llegar a la conclusión que ha propuesto como meta el Presidente, habría que cruzar los nombres de quienes reciben los programas que involucran a los jóvenes con actas de defunción. Nadie, que se sepa, está haciendo este tipo de correlación de datos, muy difícil lograrla desde afuera del gobierno, pero relativamente sencillo si se realiza desde adentro. Ante la falta de esa información sólo se puede hablar hipotéticamente de que la política social del gobierno fracasó en su objetivo principal.

Las declaraciones del Presidente parten de sus propias fijaciones y de un análisis equivocado. El central es que confunde la naturaleza del negocio del narcotráfico con la de los movimientos armados. El primero tiene como definición el dinero; los segundos, la toma del poder. Al primero no le interesa el poder porque lo compra; los segundos requieren de tomar el poder para hacer los cambios que quieren para el país. A esta confusión que lleva a errores de diagnóstico, se añade falta de información. Un botón de muestra lo dio Epigmenio Ibarra, videobiógrafo de López Obrador, cuando en una conversación el miércoles en la radio con Ciro Gómez Leyva, aseguró que en el pasado se había soslayado la capacidad de las organizaciones criminales para reclutar jóvenes.

La estrategia de Calderón, sin embargo, que incluía programas sociales que nunca acompañaron la estrategia policial-militar, partía de una lógica utilizada con éxito en Sicilia, Nueva York, Chicago y Miami: combatir a las organizaciones criminales e ir descabezando la estructura a una velocidad mayor a su propia capacidad para regenerarse y reclutar. Era una carrera, pero acompañada por el combate frontal a criminales, que también tenía una lógica: desincentivar que los jóvenes entraran a las bandas por dinero fácil, porque sabían que si se enfrentaban con un policía federal o un militar, podían morir.

Esta estrategia fue muy violenta y bañó muchas partes del país –porque entonces, como ahora dice el gobierno, estaba focalizada la violencia– con sangre, pero empezó a dar resultados. Adolecía de lo que hasta hoy tampoco existe, mejorar las capacidades de las policías locales. Aun así, el punto de inflexión en homicidios dolosos en el gobierno de Calderón fue en mayo de 2011.

La inercia duró los dos primeros años de Peña Nieto, que como López Obrador, cayendo en el mismo error analítico por sus fijaciones y odios, dejó de combatir a las organizaciones criminales. El resultado fue que se disparó la violencia y le entregó al nuevo gobierno un país con la seguridad colapsada.

Tiene razón López Obrador cuando habla del legado violento que recibió, pero al repetir la misma receta de Peña Nieto –quien en la segunda parte de su sexenio quiso enmendar la estrategia sin éxito–, cayó en la misma trampa de percepciones y emociones. No parece, sin embargo, a diferencia de su antecesor, que vaya a corregir el rumbo, por lo que el número de homicidios dolosos crecerá en lo general, y también el de los jóvenes entre 15 y 29 años de edad. Al ritmo que va la tasa de homicidios dolosos en este gobierno, superará los 200 mil en el sexenio, de acuerdo con la estimación de la consultora TResearch, convirtiéndose en el más sangriento, probablemente, en la historia de México.

El Presidente debería reconsiderar sus premisas y reevaluar lo que está haciendo. En febrero de 2019, cuando su entonces secretario de Seguridad, Alfonso Durazo, aseguraba que para mediados de año habrían llegado a un punto de inflexión en la violencia, López Obrador decía que sin seguridad no habría ‘cuarta transformación’. Peor aún, todo ese plan de inyección de recursos para que los jóvenes tuvieran opción a la vida criminal, habrá colapsado, en uno de los fracasos que más daño harán al país.

El fundamentalismo de López Obrador


Por Raymundo Riva Palacio (El Financiero)

En el marco del Día del Maestro, el presidente Andrés Manuel López Obrador definió lo que contendrán los nuevos libros de texto gratuitos. Fue de terror lo que dijo, y será peor si consuma su propósito. Sin decirlo claramente, su apuesta será enfocar la educación en la moralidad, relegando el conocimiento, anteponiendo el deber ser contra lo que sienta las bases para el desarrollo. Quiere un país de amor fraterno para el futuro mexicano, lo cual es tan loable como ingenuo. No se le puede criticar por soñador, pero como arquitecto incansable de una ensoñación, en él caerá la responsabilidad del retroceso nacional.

De no ser porque López Obrador ha sido muy congruente con el paso de los años y muy consistente en sus dichos y hechos, podría pensarse que buscar erigir un país donde la precariedad fuera parte de un proyecto político para tener una población mediatizada, enajenada por su palabra y alimentada por dinero fácil y sin control, en el esquema de programas sociales. Pero lo que tenemos en cambio es algo peor, porque lo primero significaría una inteligencia estratégica, pero lo que tenemos es un cambio a partir de sus creencias, moldeado por su cristianismo, hipócrita muchas veces, pero motor de sus acciones.

No es un mesías, como lo han llamado, sino un ayatola, como los iraníes, fundamentalista, inmerso absolutamente en la política, intentando crear un Estado republicano y teocrático. Su estructura mental es vieja. Desde que irrumpió en la escena pública nacional, su discurso binario ha sido siempre el de los buenos y los malos, los pobres y los ricos, lo blanco y lo negro, los fieles y los infieles. Criticado por su maniqueísmo, pocos atendieron que ese discurso entraba como la humedad en la cultura católica mexicana, cuya consistencia le dio la fuerza para impulsarlo a la presidencia.

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Pero un discurso fuera del poder no es lo mismo que desde el poder, sobre todo si su pensamiento es consistente con su actuar. Hay cosas que son tangibles, como sus megaobras, que incluso, como él lo hizo con las de sus antecesores, podrían ser canceladas y tiradas a la basura por quienes lo sucedan. Pero hay otras que permanecen y que construyen formación, cultura y futuro. La educación es su base, y el primer piso es la primaria, donde los libros de texto gratuitos sufrirán una transformación trascendental.

Así se refirió a ellos este domingo:

“No queremos ya estar en ese periodo llamado neoliberal o neoporfirista, ahora queremos una formación orientada al humanismo. Que nada humano nos sea extraño; que en todos los libros, aunque se trata de ciencias naturales, haya un tronco común dedicado al humanismo, a las ciencias sociales. Que primero nos formemos como buenos seres humanos, como buenos ciudadanos y luego ya buenos científicos, eminencias, pero que no abandonemos nuestro humanismo”.

“No queremos inventores de bombas atómicas, no. Queremos creadores de fraternidad, queremos maestros que enseñen a alumnos que van a ser buenos ciudadanos, que van a ser fraternos, que van a practicar el amor al prójimo, porque lo que buscamos en la cuarta transformación es una sociedad mejor, una sociedad más justa, más humana, más fraterna, por eso los cambios en los contenidos educativos”.

El ideal es inobjetable; su aplicación una quimera. Lo primero es lo más obvio de sus contradicciones, al romper diariamente la fraternidad al dividir a la nación desde Palacio Nacional, que pese a ser una estrategia político-electoral, no deja de contraponerse a su discurso. Pero esto no importa, porque a pocos interesa en el país lo que diga en las mañanas. Es un discurso para las élites, que son sus destinatarias. Lo relevante es lo que deja entrever, al anteponer el amor al prójimo al conocimiento. Congruente una vez más con sus políticas públicas, este fundamentalismo explica, por ejemplo, su desdén por la educación superior y su estrategia de reconvertir criminales en individuos buenos.

López Obrador piensa que con dinero de programas sociales los va a llevar al lado de la legalidad, pensando, como lo dice correctamente, que nadie es malo de nacimiento, sino son las condiciones las que lo pervierten. Pero no modifica las condiciones para que eso cambie, y ni siquiera lo intenta estructuralmente. Cuántos de los jóvenes receptores de sus programas sociales, por ejemplo, ¿siguen siendo halcones o sicarios? Sin estadísticas que lo midan, se puede alegar por los niveles de violencia que su apuesta ha fallado. Y sin embargo, en lugar de revisar lo hecho, apuntala sus creencias.

Plantea la formación de buenos ciudadanos a partir de un adoctrinamiento en las primarias, pero esas enseñanzas se evaporarán tan pronto regresen los niños a sus casas con familias disfuncionales y cuyo entorno favorece al más fuerte, al más violento y al criminal. La aspiración de inyectar humanismo sustentado en el deber ser sin construir las condiciones permanentes para ello –fundamentalmente a través de la seguridad– va encaminada al fracaso. Y esa derrota anticipada tiene consecuencias.

Para lograr lo que quiere el Presidente se modificará el énfasis en la educación, relegando a segundo término el conocimiento. Olvida o ignora que el motor del desarrollo en el sureste asiático fue la educación, donde se combinaba el humanismo con el conocimiento. El humanismo proporcionó los valores, pero el conocimiento los sacó de la pobreza, cambió las condiciones estructurales y los llevó a tener economías avanzadas. Junto con ello se fue construyendo un Estado de derecho reforzado con una cultura de respeto y aplicación de leyes. No excluyeron uno para priorizar el otro, como quiere reduccionistamente López Obrador.

La fraternidad no se alcanza en una sociedad cada vez más desigual, que es lo que el Presidente está proponiendo con el fundamentalismo religioso que impacta sus acciones y decisiones. Si logra su objetivo abrirá la brecha y lastimará a quien más quiere proteger, los que menos tienen. Afortunadamente, no tiene tiempo para cambiar una cultura, y quien lo releve, si actúa con sensatez, corregirá el rumbo del desastre anunciado.

Fiscales delincuentes


Por Raymundo Riva Palacio (El Financiero)

El caso paradigmático en la historia de la justicia moderna mexicana será el de los amparos de Laura Morán y de su hija Alejandra Cuevas, acusadas de homicidio por omisión por el fiscal Alejandro Gertz Manero, por una razón tan contundente como increíble. Gertz Manero usó recursos públicos para dirimir un litigio personal, y arrastró a la fiscal de la Ciudad de México y al presidente del Tribunal Superior de Justicia capitalino, a inventar delitos para encarcelarlas. Esto quedó de manifiesto en el proyecto de sentencia del ministro Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena sobre los amparos que se debatirán el próximo lunes en la Suprema Corte de Justicia, donde concluye que quienes debieron procurar la ley, la violaron.

Gutiérrez Ortiz Mena planteó que la denuncia de Gertz Manero contra su familia política está basada en una figura inexistente en el Código Penal, la de “garante accesoria”, por medio de la cual, sin embargo, la fiscal de la Ciudad de México, Ernestina Godoy, y Marcela Ángeles Arrieta, una jueza subordinada al presidente del tribunal capitalino, Rafael Guerra, encarcelaron a la señora Cuevas durante 553 días, y a su madre la tienen con una orden de aprehensión activa, sin haber ido a prisión porque es suegra del gobernador del Estado de México, Alfredo del Mazo.

Cinco ministras y ministros expusieron las ilegalidades del caso contra las señoras Morán y Cuevas durante la sesión de la Corte el 14 de marzo, pero por un voto no alcanzaron el amparo liso y llano que les daría la liberación inmediata de la cárcel y la cancelación de la orden de aprehensión. La sentencia de Gutiérrez Ortiz Mena suma el sexto voto para que eso suceda, aunque existe la posibilidad de que la votación del próximo lunes, cundo se discuta el nuevo proyecto de sentencia, sea de 11 a cero. Sería devastador para el trío de violadores de la ley, aunque el proyecto en sí es la anatomía de una aberración jurídica y política.

El fiscal general actuó en contubernio con Godoy y Guerra, con quienes el año pasado, después de haber perdido en todas las instancias legales donde acusaba a sus familiares políticas por la muerte de su hermano Federico, en 2015, reactivó el caso al asumir el cargo, y ordenó a su colaborador incondicional Juan Ramos, fiscal para Control Competencial, que se encargara de ello. Ramos manipuló a la Fiscalía capitalina a través de Facundo Santillán, que conoció cuando era asesor de Guerra en el tribunal, y al que Godoy nombró coordinador general de Investigación Estratégica. Cuando se fue Santillán a la Secretaría de Seguridad, lo remplazó con Israel Cevallos, quien fue el magistrado que confirmó la formal prisión a la señora Cuevas. Godoy, miedosa y pusilánime frente a Gertz Manero, lo ayudó para que las cosas salieran como quería, con el aval de la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum.

El proyecto de sentencia de Gutiérrez Ortiz Mena los demuele. Aunque no los menciona por nombre, deja en claro que los fiscales y sus colaboradores inventaron un delito, y que el Tribunal Superior de Justicia los respaldó. En el proyecto de sentencia el ministro afirma que, además de basarse en una figura inexistente en la legislación penal, en el caso de la señora Cuevas, raya en el límite de lo no razonable. “No hay delito sin ley”, señaló el ministro, lo que subraya la impunidad de los fiscales y el tribuno de la justicia para torcer las leyes y ser cómplices en una venganza, donde lo único que importaba era aniquilar civil y penalmente a la familia política de Gertz Manero.

Con alta probabilidad, las señoras sean exoneradas del homicidio por omisión, como había sucedido en todas las instancias judiciales que revisaron el caso hasta que Gertz Manero, con el apoyo del presidente de la Corte, Arturo Zaldívar, logró que atrajeran su caso y lo discutiera el máximo tribunal constitucional. El fiscal chantajeó a Zaldívar con investigaciones contra su principal operador, Carlos Alpízar, y contra el administrador del Consejo de la Judicatura, Alejandro Ríos Camarena, declarando el no ejercicio de la acción penal antes de la sesión en la Corte. El fiscal reabrió un caso de presunta corrupción del ministro Luis María Aguilar, y se avivó otra investigación contra el esposo de la ministra Margarita Ríos Farjat. Con más temple que Zaldívar, pidieron en la sesión del 14 el amparo liso y llano para las señoras.

Las amenazas, presiones y el garrote duro de Gertz Manero, al final, fue superado por las violaciones a la ley en las que incurrió. Godoy y Guerra, junto con Ramos, Santillán y Arrieta, están en el mismo barco de la ilegalidad. No bastará con un voto mayoritario de la Corte para que se haga justicia y reparar la conculcación de la libertad de las señoras, contra quienes hubo daño moral, mediante lo que Gutiérrez Ortiz Mena describió como falsedades, inventos, mentiras y abusos.

El amparo liso y llano no será suficiente para reparar los daños, ni a ellas ni al Estado de derecho. Las cosas no pueden concluir con su libertad, porque lo que hicieron quienes procuran y administran la justicia, rebasa el caso de la familia política del fiscal y es una advertencia para todos. ¿Qué garantía tenemos los ciudadanos cuando vemos una conspiración para violar la ley de parte de aquéllos que supuestamente velan por la aplicación de la justicia? Detuvieron a la señora Cuevas sin orden de aprehensión, la encarcelaron con un delito inexistente, y a la señora Morán su excuñado la quiso encarcelar con un delito falso cargado de misoginia.

El sentimiento de fragilidad y vulnerabilidad ante el poder atrabiliario es inmenso, porque, si bien es probable que la Corte les dé un revés y los desnude como violadores de la ley, permanecerán en el cargo. Los Ejecutivos federal y capitalino difícilmente tomarán acción consecuente con lo que adelanta el proyecto de sentencia porque el Estado de derecho lo usan a modo. Sin embargo, la violación a los derechos humanos que se cometió en contra de las señoras Morán y Cuevas no puede quedar impune. Los tribunales son el camino.

La oposición tiene que matar al PRI


Por Raymundo Riva Palacio (El Financiero)

La 23ª Asamblea Nacional del PRI, celebrada el sábado pasado, nos mostró lo alejados de la realidad que están sus líderes, Alejandro Moreno, presidente del partido, y Rubén Moreira, coordinador de la bancada tricolor en San Lázaro, que no se han dado cuenta de que el partido, si bien no ha muerto, se está pudriendo. Moreno jugó incluso con la posibilidad de ser candidato presidencial en 2024 y de regresar al poder al PRI, mientras Moreira declaró que ya habían “corrido a patadas el neoliberalismo que les impusieron”. Ellos sabrán sus razones para estos posicionamientos que dañan a la oposición, y le regalan tres años al presidente Andrés Manuel López Obrador para que termine de extinguirlo.

Están muy extraviados. Moreira, líder alterno del PRI, habla de “neoliberalismo”, la palabra que está intrínsecamente asociada con López Obrador, que la emplea diariamente para recordarle al electorado que, durante ese periodo que fija en tres décadas, todos los males mexicanos y la corrupción fueron resultado de su abuso y riquezas mal habidas. Si es cierto o no, es irrelevante, pero ese discurso le dio el 53% por ciento del voto y lo convirtió en el mandatario con mayor legitimidad y fuerza de la historia. Su error táctico al mencionar esa palabra, convierte su fallida autocrítica en un clavo más en el ataúd del PRI.

El PRI perdió autoridad moral y no ha hecho nada por reconstruirla. Ni siquiera tiene que ver con lo que ha hecho o no como oposición, sino porque no ha tenido un contradiscurso a López Obrador que neutralice sus acusaciones. Su liderazgo es blandengue, falto de inteligencia estratégica y creatividad para encontrar una voz y un tono persuasivos para el electorado. Moreno y Moreira tienen una fuerza que sólo se mide en términos nominales, por lo que lances retóricos como los que tuvieron el sábado, lejos de ser un llamado a la acción, son un aviso de autodestrucción.

En febrero de 2018, de acuerdo con las encuestas previas a la campaña presidencial, el 48% del electorado decía que no votaría por el PRI. La ola que ahogó al PRI en la elección confirmó la percepción negativa sobre ese partido, cuya estrategia contra el candidato del PAN, Ricardo Anaya, contribuyó también a su descalabro. Desde entonces, el PAN se recuperó, Movimiento Ciudadano emergió como una fuerza política con potencial, y el resto confirmó para qué sirven, como bisagras al servicio del mejor postor. El PRI siguió hundiéndose y sus negativos se han acrecentado.

En la última encuesta de Reforma rumbo al 24, el 66% dijo que no estaría dispuesto a votar por ningún candidato del PRI. En otro estudio, realizado por Buendía&Márquez, el PRI sólo superó al PRD en opiniones positivas, por debajo de 30%, pero en opiniones negativas, no hay nadie que esté por encima. Casi el 50% piensa mal del PRI, que es un dato correlacionado con el “nunca votaría” por ese partido. Lo que estos datos sugieren es que la ecuación para el 24 y, quizá, la alta popularidad de López Obrador, pasa por la sobrevivencia del PRI.

La alta aprobación del Presidente es por su popularidad, como se sabe. Para observadores cuidadosos, su alto rendimiento es notable frente a las cuatro crisis que enfrenta, la pandemia, la económica, la de seguridad y la social. Sin embargo, la tormenta perfecta no lo moja. ¿Qué tipo de animal político es? En este caso, es notable su olfato fino y el diagnóstico certero. Se puede argumentar que su popularidad está directamente asociada con el desprestigio del PRI, que permanece anidado en la mente de los mexicanos.

Lo más sobresaliente de los negativos del PRI es que la gente lo evalúe como si estuviera en el poder. Sin embargo, el PRI se encuentra en picada desde las elecciones intermedias en 2015, que confirmó con su debacle en 2018, y se ratificó en las intermedias pasadas –donde la oposición real la absorbieron el PAN y Movimiento Ciudadano– y en la pérdida imparable de gubernaturas. ¿Por qué ese partido, guiñapo de lo que fue y con rendimientos políticos decrecientes, se mantiene en lo alto del imaginario colectivo? Porque López Obrador visibilizó y amplificó los agravios, corruptelas e ineficiencias del gobierno podrido de Enrique Peña Nieto, que por tan reciente todos recuerdan.

López Obrador extiende ese descrédito a otros expresidentes “neoliberales”, con el discurso simple y reduccionista que le funciona, aprovechando la memoria histórica, no de tres décadas, sino apenas del sexenio anterior. Le ayudan torpezas y errores analíticos como las palabras de Moreira, que actúan como un tiro en su propio pie. Alimentar diariamente el desprestigio del PRI, acusándolo de ratero montado en los datos de percepción negativa del partido, le ha alcanzado a López Obrador para esconder sus fallas y mantener una popularidad alta. Al mismo tiempo, estar vinculado al PRI está perjudicando al PAN, que en la encuesta de Reforma tiene como rechazo para votar al 61%.

En ese mismo estudio, las oportunidades y lo putrefacto quedan claramente expuestos. El 49% piensa que el PRI es el partido que más daño le ha hecho al país, contra el 15% que considera lo mismo de Morena y el 10% que lo dice del PAN. En esta ecuación, el que apesta es el PRI. La conclusión es que, probablemente, para que haya una merma en la popularidad de López Obrador al ser golpeado por la realidad, tiene que desaparecer el escudo que lo protege, el PRI.PUBLICIDAD

Al mismo tiempo, para que el PAN pueda convertirse en una oposición real y competitiva, tiene que dejar de arrastrar al dinosaurio putrefacto que tiene atado. Es decir, la fórmula que ayuda a la oposición pasa por eliminar el lastre del PRI. Mientras no se liquide al tricolor, no habrá candidatos de oposición competitivos, y el presidente López Obrador seguirá navegando con viento a favor al mando del barco que transportará a quien elija, para el 24, a Palacio Nacional.

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