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Revolución, Ángeles y caballos


Por Salvador Camarena (El Financiero)

Tengo ganas enormes de que el desfile de hoy salga requetebién. No creo que haya espacio para esperar algo de la emotividad vista la noche del Grito de Independencia, pero qué bueno sería que nos lleváramos una grata sorpresa con lo que ocurra hoy en la capital, donde por la Revolución desfilarán 2,700 jinetes, unas locomotoras y carros alegóricos.

Este gobierno se las ingenia para hacer cosas igualmente sorprendentes que preocupantes. No sé aún en cuál de esas categorías poner al desfile de hoy. Sin embargo, se ha adelantado que serán dos los grandes protagonistas de la parada de este 20 de noviembre: los caballos y las locomotoras.

El porqué de lo anterior parece obvio: la revuelta fue a pie, a lomo de cuaco y sobre rieles. También fue a golpe de proclamas, alianzas y traiciones, pero un desfile no es necesariamente el espacio para entrar en los detalles del Plan de San Luis, o el de Ayala, o el de Guadalupe…; así que mejor apelar a lo vistoso y poner un chingo de caballos a transitar por la ciudad menos rural del país y desempolvar una locomotora que a ver si no rompe el (ya de por sí maltrecho) pavimento capitalino.

Pero a dónde quiere el gobierno que en la evocación nos lleven esos caballos, qué viajes revolucionarios rememorarán esas locomotoras. Sabe.

Lo único que me queda claro es que la idea de hacer a los equinos y a los trenes entes protagónicos suena a coreografía de cartita de papelería, de festival escolar elemental, maniqueo y repetitivo: lo más vistoso y menos polémico de una guerra civil donde todos los que la presidieron fueron buenos (menos Huerta), aunque luego todos se mataran –huyendo en trenes y caballos– entre ellos, pero de esas “minucias” no discutiremos.

Si Calderón usó el bicentenario de 1810 para pasear huesos de supuestos héroes independentistas de un lado a otro, López Obrador reivindicará puro folclor. Juro, reitero, que espero estar equivocado y mañana decir aquí mismo que qué bien salió, que qué innovador, que qué visión tan refrescante sobre la gesta iniciada por Madero, etc.

Mientras eso ocurre, y ya puestos a hablar de Revolución, caudillos y caballos, propongo que nos felicitemos porque Adolfo Gilly acaba de sacar El Estratega, un nuevo libro suyo sobre el general Felipe Ángeles (Editorial Era).

Gilly entrega un tacho de 784 páginas donde aborda de nueva cuenta la figura del hidalguense.

Ya habrá tiempo de darle el golpe a tan amplio volumen, por lo pronto, si quieren saber de caballos y la Revolución, más que escuchar corridos lean a Gilly, revisen por ejemplo Felipe Ángeles en la Revolución (Era, 2008), donde habla de los cuacos de mi general y el particular estilo de este soldado –el más romántico, el más preparado, el de más mala fortuna en la Revolución– para nombrar a sus cabalgaduras.

“El general Felipe Ángeles”, dice Gilly en ese volumen, “tenía un especial afecto por sus caballos a los cuales solía poner nombres de mariscales de Francia. Turena, como el mariscal general de los ejércitos franceses bajo Luis XIII y Luis XIV, se llamaba su caballo en la batalla de Zacatecas: ‘sobre mi Turena, que saltaba deliciosamente los muros y las anchas zanjas, fui a rogar a mi general Villa que me diera cuatro brigadas de caballería para ir a tomar Aguascalientes’”, recuerda en su relato de aquella batalla.

“Sobre Turena, dejado en herencia por Ángeles cuando partió hacia Estados Unidos, cabalgaba Pancho Villa por la sierra de Chihuahua en enero de 1916, después de disuelta por él mismo, la División del Norte el 19 de diciembre de 1915. Sobre Turena seguía cabalgando a mediados de marzo de ese año por la región de Galeana, después del ataque a Columbus, eludiendo la persecución de la Expedición Punitiva.

“De sus caballos habla Felipe Ángeles en sus relatos de guerra: Ney, mariscal de Napoleón, fusilado en diciembre de 1815, y Curély, general de la caballería ligera de Napoleón en Rusia, eran los nombres de sus otros caballos en Zacatecas”.

Ángeles tuvo un caballo más, al que nombró “John Brown”. Es 20 de noviembre, en la espera de saber si el desfile de hoy es un éxito (ojalá) o una cosa de pena, lean a Ángeles por Gilly para saber sobre la evocación de John Brown. Ya con eso habrá valido la pena que el presidente López Obrador nos haya provocado a hablar de caballos y la Revolución. Se los prometo.

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El Colapso


por Salvador Camarena (El Financiero)

Desde el día siguiente del fiasco de la detención de Ovidio Guzmán, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha querido vender como un éxito, como un acierto, un episodio que muestra mucho de las limitaciones del modo de gestión del Presidente.

Hay una suma de prepotencia e ineptitud. No sólo en este caso, pero Culiacán ha llegado a cristalizar algo que se percibe en distintos ámbitos de esta administración. No en todos, pero la excepción no salva la tendencia.

La rueda de prensa de ayer, que duró una hora, pues los primeros 90 minutos fueron para los payasos, mostró a un Presidente resentido con la falta de acompañamiento acrítico de lo que él, y sólo él y unos cuantos incondicionales, ven como una virtud: el manejo de la crisis tras la fallida detención del hijo de un narcotraficante.

El presidente López Obrador, que pudo haber tomado/respaldado la decisión correcta al no insistir en una operación con riesgo de baño de sangre, no tolera que dos semanas después la prensa siga demandando información y, menos aún, que se abran espacios a quienes discrepan de la triunfalista versión oficial.

En la sesión mañanera de este jueves, no fue sino hasta que la colega de Proceso tomó la palabra que comenzaron las preguntas que interesan a la sociedad y no a la Presidencia. El modelo de las comparecencias en Palacio Nacional mostró, como nunca, sus limitaciones de diseño: los patiños intentaron maniobras de distracción, pero la prensa profesional reclamó que el ejercicio fuera real, así que acabaron preguntando a gritos. Nada de qué espantarse, mejor eso que someterse. Siempre.

Pero el Presidente no opina igual. Ante las preguntas tuvo el mal tino de comparar a los medios con la prensa porfiriana que no supo aquilatar la llegada de la democracia maderista. Y, como su pecho no es bodega (así dice él), nos advirtió que se atrevería a decirnos lo que piensa de los cuestionamientos: “muerden la mano que les quitó el bozal”, dijo al citar a Gustavo Madero.

Para ese momento, el Presidente había perdido el control de su operación de propaganda. Quiso dominar en solitario a los reporteros recurriendo a sus letanías. Pero el truco se ha desgastado. Estamos frente a una crisis y la prensa verdadera estuvo a la altura de lo que se espera de ella: no se dejó enredar por los cuentos del pasado con los que todo-todo error actual se quiere jusitificar.

Porque el 17-O de Culiacán es un poliedro de aspectos a cual más grave uno que otro. El poderío armamentístico de los criminales, su capacidad de logística, la decisión del cártel  de arriesgar a la población de donde son nativos y su ruidoso triunfo representan una afrenta a la nación. Literal. Y encima el riesgo de que no sea la única organización criminal que recurra a ese modus operandi.

El gobierno, por el contrario, ha querido mostrar a la candidez como una virtud. Si fueran una orden religiosa, se entendería tal decisión. Pero son los encargados de garantizar la seguridad de la ciudadanía, de imponer la ley, de monopolizar la fuerza. Eso es lo que se les reclama. Y eso es en lo que fallaron: no pudieron hacer un operativo sin cuidar a la sociedad, y la criminalidad mostró que puede mandar. Necesitamos la señal contraria.

Al cuestionar sobre cómo pudo pasar eso, y cómo sabemos que se trabaja para que no ocurra de nuevo, el gobierno contesta en los únicos términos que son constantes de la administración lopezobradorista: nada de humildad y reconocimiento del error, menos pedirle a la sociedad que confíe en que se corregirá lo equivocado. Al contrario: desde el (todavía) secretario Alfonso Durazo al Presidente (quito de esa línea al general secretario Sandoval, más mesurado) las respuestas lindan en la altanería.

El comando del Ejército que otras veces ha sido exitoso, pudo haber tenido un fallo grave en el terreno en Culiacán. Mala tarde. Pero el concierto de incapacidades mostrada en el gobierno central, y sobre todo su incapacidad para entender que en una crisis no pueden darse el lujo de perder el apoyo popular es una señal aún más delicada.

En esta primera crisis hay espacio para rectificar estilo de mando, mecánica de toma de decisiones, perfil de colaboradores, modelo de comunicación, relación con los medios y mensaje a la sociedad. Nada de eso parece interesar.

Todo el esfuerzo del Presidente fue dispuesto, a partir de la ineptitud mostrada y desde la soberbia, en distraer de lo central y, como otras ocasiones, salir a buscar quién la pague (en este caso la prensa) y no quién la hizo: ellos mismos.

Lo peor es que, de persistir en esa actitud, la factura del colapso de este modo de gobernar que ayer se vislumbró la pagaremos todos.

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Esta columna no habla de AMLO


Por Salvador Camarena (El Financiero)

Hoy, este columnista no va a comentar nada de la terrible frustración que cualquier ciudadano de a pie, a lo largo y ancho del país, sintió por el terrible operativo de Culiacán.

Se alejará de todo catastrofismo por la caída en la industria de la construcción reportada por el Inegi, desplome cuyo factor central son las (no) políticas del nuevo gobierno.

Para nada se meterá en el lodazal de las polémicas estériles, pero que drenan harto ánimo, de todos los días, todos, en redes sociales a propósito de lo que dice o no dice el gobierno (es un decir) del Peje.

Mucho menos intentará superar, porque sería además de imposible redundante, la gran definición de René Delgado sobre la oposición en los tiempos de López Obrador: “busca ganancia en la ruina”.

Esta columna de viernes está convencida de que el país es eso que ocurre en otra parte mientras algunos desesperan y otros se ilusionan con lo que pasa en los noventa minutos de las mañaneras.

En este día no se hablará de ese gerundio que inunda las mesas de postín (le regalaríamos esta palabra al Presidente, pero hoy no hablaremos de él), ese continuum de lamentos en el que todas las conversaciones encuentran inexorable que México caiga en una atonía económica en el futuro cercano.

Menos comentaremos aquí la catatonia que se produce al ver al mandatario de la República Mexicana pidiéndole “bules para nadar”, dicen en mi tierra, a un presidente de Estados Unidos tan impresentable como Trump. Mira que poner en Palacio Nacional videos de Trump felicitándote es un punto bajo que se había visto poco en un país como el nuestro, que tanto ha visto.

Este texto viernesino desoirá a aquellos que crean que el aeropuerto de Santa Lucía es una pésima idea, que la refinería de Dos Bocas, una multimillonaria locura en manos de una inexperta, que el Tren Maya podría esperar a que concluyan los rieles del México-Toluca o de la tercera línea del ligero de Guadalajara. No, de eso tampoco versarán estas líneas.

Que migrantes de África son las nuevas víctimas mortales de los operativos de Ebrard, el acomedido favorito de Trump, no serán asunto en este comienzo de fin de semana. Que mujeres y niños están muriendo a niveles récord en la frontera norte al tratar de burlar el cerco de dos gobiernos inhumanos, nada, nada, hoy las chicas y los chicos sólo quieren divertirse, así que para qué amargarles este día, en que toca, y el cuerpo lo sabe.

¿Que usted siente que la chamba ha flaqueado en los últimos meses, que lo han traído con largas y largas a la hora de pagarle uno de los trabajos que tuvo la fortuna de que sí le encargaran sus clientes? ¿Que adiós a cambiar de auto esta Navidad? ¿Que sí habrá vacación, pero que ojalá la Providencia no se olvide ahí por los días de la Candelaria de traernos algo para pagar el tarjetazo decembrino? Bueno, si quiere hablar de eso este no es su espacio hoy. Porque seguro usted querrá culpar al gobierno y este viernes esta columna es Peje-free-zone.

Otro día hablaremos de que la gente siente, según las encuestas, que los criminales salieron empoderados del Durazogate, porque a ver, mugre gente quejica: dónde estaban cuando los operativos fallidos de Calderón y Peña, ¡¿dónde?! Seguro son emisarios del pasado que callaron como momias mientras el crimen se apoderaba de las cabecitas blanc… ok, ya. De eso ni una palabra este día en este espacio que es un sepulcro blanqueado.

Un amigo me dijo que acababa de encontrarle un nuevo atractivo a Washington, DC. Pensé que hablaba de los Nationals, que van ganando la Serie Mundial. Pero noooo; de beis tampoco vamos a hablar porque luego luego YSQ se mete hasta en eso. No, mi amigo se refería a que allá para nadie el tabasqueño es el monotema 24X7.

Porque aunque usted no lo crea, hay más país que ese que el Presidente de la República define. Voltee a ver a sus amigos, abrace a su familia, pasee todo lo que pueda, y aunque sea sólo por hoy, no hable de ya sabe quién. Como yo mero.

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Perdón, mamacita


Por Salvador Camarena (El Financiero)

Perdón, mamacita, usted sabe que sí pienso en usted al salir al jale cada día. Desde que era morrillo no me siento bien si al salir no me da su bendición.

Perdón, mamacita, acuérdese que yo no entré a esto por gusto, que yo quería ser piloto, que quería llevarla a conocer muchos lugares, que me viera con mi uniforme, traerle cosas de mis viajes.

Que ya estaba en la primaria, pero mi jefe un día nomás no volvió, el muy cabrón, y usted tuvo que ponerse a buscar trabajo y a mí me dejó a cargo de la Yenni y el Brayan, que todavía ni al kinder iban. Ni modo de dejarlos amarrados a la pata de la mesa mientras yo iba a la escuela y usted a trabajar.

Y a usted, que solo agarró chamba de chacha, no le daba la vida. Yo me daba cuenta. Se iba todo el pinche día y apenas si traía doscientos pesos para darnos de mal tragar.

Qué gusto me dio cuando el Betito, ¿se acuerda de él?, el hijo de la Lety, sí, al que luego mataron en la vinatería, cuando me dijo que me iba a dar cien pesos cada vez que le avisara si pasaba alguien desconocido por la calle.

Usted me puso una madriza la primera vez que le di los cien pesos. Que de dónde me los había robado. No me creyó lo del Betito. Luego me dijo que no le parecía, que sonaba raro. Pero al final, hasta me torcía la cara el día que yo no le entregaba dinero.

Como siempre fui bien trucha, luego el Betito me presentó con La Rana, y entonces me ponían a hacer otros mandados. Eran medio llevados, pero conmigo no se manchaban. Y hasta nos ayudaron cuando a usted la acusaron de robarse una lana, ¿se acuerda? Pinche abogado gandalla el de su patrona, que quería chingos de dinero dizque para que no la metieran al bote de por vida. La Rana se portó jefe, me cae.

Yo tenía apenas once años, pero ya para qué le buscábamos. Mejor que usted se quedara en la casa con mis carnales y yo ya me metí de lleno a andar con La Rana. Ya nunca nos faltó de comer y hasta me la llevé a Acapulco, ¿se acuerda, jefa?

Perdón, mamacita, por no haber sido piloto. Pero después de todo lo que pasamos, ¿cómo chingados iba a seguir yo en la escuela? Y ya olvídese de piloto, sin prepa ¿dónde iba a agarrar chamba? ¿En una fábrica para ganar 110 pesotes diarios? ¿De mozo en una taquería? O quería que me fuera al tianguis, como mis primos. ¿Qué diferencia hace vender garnachas, discos piratas o tachas?

No le voy a mentir. Un día sí sentí gacho: cuando nos quebramos a un bato de la colonia. Pero qué, ¿le decía a La Rana que ya no, que me rajaba? ¿Y luego? ¿Y la lana, de dónde la íbamos a sacar? Ni que fuera tan fácil.

Además, ni que los ojetes de la policía fueran mejores que nosotros. Ni que los jueces fueran justos cuando otros nos acusan con puras mentiras, como a usted. Ni que los rateros del gobierno pudieran darnos el ejemplo para que la gente se porte bien. Ni que los riquillos respetaran las putas leyes. No maaamm, no me haga reír, amá.

Perdón, mamacita, por dedicarme en México a lo que México me dio chance de dedicarme. Y ahora no me quite más el tiempo, que cada día hay más competencia en mi jale. Besos, mamacita.

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Por eso nunca nadie va a creer nada


Por Salvador Camarena

Por estos días de hace seis años, cuando se supone que México iba a moverse, se notaba una efervescencia. Luego de la detención de la maestra Elba Esther Gordillo en febrero de 2013, la administración Peña Nieto estaba a punto de provocar la caída de otra figura ligada al PRI. En junio de ese año el exgobernador de Tabasco Andrés Granier Melo sería detenido en la capital.

¿Se iniciaba una era de regeneración? ¿Era verdad que el nuevo PRI era nuevo y no se tolerarían más casos como el de Granier? ¿O estábamos ante meros quinazos de ocasión?

Seis años después, sin embargo, qué distinto es todo. La líder magisterial organiza con vigor un movimiento político nacional, y Granier es vitoreado en su pueblo. Por eso nadie en México nunca va a creer nada cuando se hable de que se hará justicia caiga quien caiga.

Andrés Granier pasó cinco años en una cárcel de la Ciudad de México, y unos meses más en arresto domiciliario, antes de ser absuelto el mes pasado del delito de peculado.

Tuvo buenos abogados el señor Granier. Y justo es decir que quizá, como siempre, nuestras autoridades fueron incapaces de formular acusaciones debidamente, o que incluso a este político, como a muchos otros, se le acusó de cosas que ni había cometido.

Al final, como con la maestra Gordillo, lo que siempre olió a preso sexenal terminó en eso, en un usted disculpe al acabar el gobierno que abrió los procesos en contra de esos políticos.

El problema es que estos ajustes de cuentas ocurren sólo en las alturas. Abajo, para quienes padecieron a un político desastroso como fue Granier, para quienes se quedaron sin adecuada atención médica por faltantes en el sistema de salud de Tabasco, para quienes vieron desde la necesidad el actuar displicente y frívolo de ese gobernador y colaboradores como el exsecretario de Salud Luis Felipe Graham, para todas las víctimas del mal gobierno no hay un usted disculpe por no haber podido hacer pagar a quienes sumieron a aquella entidad en una crisis económica y social.

Cabe recordar que con Granier se habló entonces de cómo provocó el mayor endeudamiento en la historia al pasar de 500 millones a 20 mil millones de pesos en seis años (2006-2012).

Y en 2012 se desató la crisis hospitalaria en Tabasco: 5 hospitales agotaron sus recursos y se tuvieron que anular operaciones, además de que se necesitaban de urgencia 125 millones de pesos para pagar sueldos y aguinaldos del sector salud tabasqueño. La ASF detectaría más tarde que el sector Salud de Tabasco dejó de aplicar 175 millones de pesos del Seguro Popular.

Granier no tuvo ya ni los arrestos de presentarse a entregar el poder, mismo que habría de perder frente a Arturo Núñez, que fallidamente ofreció hacer justicia a los tabasqueños y castigar el desfalco al estado. No cumplió.

Hoy Granier y Núñez podrían brindar e intercambiar anécdotas sobre cuál de los dos ha sido peor gobernador.

Me corrijo. Líneas arriba decía que seis años después de la aprehensión de Granier qué diferente era todo. En realidad, qué igual es todo.

Hoy como antes, los políticos presos constituyen la excepción, efímeros chivos expiatorios de todo un sistema que confirman la regla de este país, donde a algunos compadres les toca pasar unos años de encierro para que el resto de la clase política siga el expolio tranquilamente.

Por eso nunca nadie va a creer nada de lo que prometen nuestros gobernantes. Ni a los de antes, ni a los de ahora.

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El Presidente que odiaba al gobierno por Salvador Camarena


Texto original: El Financiero

Acompañado de su consentidor secretario de Educación Pública, el martes el presidente Andrés Manuel López Obrador anunció que dará dinero a las familias para que éstas se encarguen del mantenimiento de las escuelas de sus hijos.

Sin entrar en demasiados detalles, el mandatario dijo que en cada plantel se habrán de organizar comités familiares (calcula que en total serán 300 mil), y estos recibirán los recursos económicos para construir aulas, dotar de mobiliario o reparar lo que haga falta en las escuelas.

Con esa disposición, López Obrador demuestra que es consistente en su objetivo de eliminar al gobierno. No quiere intermediaros, recalcó. Por lo que de manera trimestral o semestral, desde la Tesorería de la Federación fluirá dinero al pueblo para escuelas.

Y como nadie mejor que una madre o un padre a la hora de saber las necesidades de los hijos en materia de infraestructura “esto va a ayudar mucho, porque es mejorar la educación desde abajo y con la gente”, según dijo el Presidente. Así, el país comenzará una larga marcha de construcción y/o reparación de la infraestructura escolar de México. Ya estoy escuchando el canto nacional: ai-jó, ai-jó, ai-jó a trabajar…

Sólo que México no es una caricatura donde un dibujante con buenas intenciones decide sin límites que las historias tengan un final feliz.

La infraestructura escolar del país es un desastre. Décadas de malas políticas y corrupción han dado por resultado que, para sorpresa de nadie, demasiados niños y jóvenes mexicanos intenten aprender en las peores condiciones posibles.

Para ilustrar esta situación, retomo el recomendable artículo de Marco Fernández, experto en temas educativos que en 2015 publicaba, a partir de datos de México Evalúa, que una cuarta parte de los planteles de preescolar a secundaria no tiene baños, 31 por ciento carece de agua corriente, 46 por ciento –sí, casi la mitad– no tiene drenaje y en una de cada diez escuelas no hay luz. “Las cifras pueden ser aún más dramáticas”, apunta Fernández, si se considera que en 2013 faltó levantar el censo en un importante número de escuelas de Oaxaca, además de planteles que no fueron censados en Chiapas y Michoacán, todas estas entidades con problemas importantes de marginación”. (Aquí el artículo: https://www.animalpolitico.com/lo-que-mexico-evalua/los-bonos-de-infraestructura-educativa-y-la-necesidad-de-esta-vez-si-gastar-bien-en-educacion/).

Marco Fernández publicó ese artículo luego de que el gobierno (es un decir) de Peña Nieto anunciara que lanzaría unos bonos educativos para dar más presupuesto a la reparación, mantenimiento o reconstrucción de escuelas.

Cuatro años después, el Presidente no quiere que haya un órgano rector (la SEP), que defina políticas para dejar de ser un país de la OCDE que, al mismo tiempo, condena a buena parte de sus escolapios a estudiar en lugares sin baños, agua corriente o drenaje. Junto a la porquería, pues.

López Obrador sabe que muchos le dan la razón cuando fustiga a los gobiernos del pasado, ya sea por corruptos, ya sea por inútiles, ya sea por ambas cosas.

El tiradero heredado en materia escolar está a la vista. Pero la receta de AMLO no garantiza, de ninguna manera, que los padres de familia lo harán mejor (o menos pior, como dicen en mi pueblo) que el gobierno.

Hay múltiples factores, todos ellos ajenos a la sabiduría del pueblo, que atentan en contra del éxito de la medida que pretende el tabasqueño.

Al eliminar a ese intermediario que odia, al gobierno, el Presidente condena a los padres de familia a una maraña de problemáticas de pronóstico reservado.

Dejemos fuera de esos retos al asambleísmo que en un parpadeo puede acabar en una torre de Babel. Demos por bueno, entonces, que padres y madres se pondrán fácilmente de acuerdo en cómo disponer de los recursos que les enviarán desde el Centro Histórico de la capital. Llegado el recurso, los comités familiares se enfrentarán a problemas logísticos (por ejemplo: en unas comunidades abundan los proveedores, en otras o hay pocos o no hay cerca), administrativos (quién ejecuta qué para que las obras no se vayan por caminos inesperados, o cómo se resuelven imprevistos), legales (quién se hace responsable de que todo se gaste y compruebe adecuadamente, quién responde si la obra no queda bien o si resulta en daños a terceros, incluidos niños, si sale más cara, si queda inacabada), etcétera.

Para eso, entre otras cosas, es que se inventó el gobierno: para no condenar a la población a berenjenales. Los ciudadanos tienen obligaciones –cumplir la ley, pagar impuestos– y tienen derechos, entre ellos a la educación, y el ente obligado a hacer posible el ejercicio de esos derechos es el gobierno, que debería planear y ejecutar lo necesario para que los niños puedan aprender en condiciones óptimas.

Madres y padres, por supuesto, pueden y deben participar. Ellos mandan y para empezar, a ellos toca la vigilancia del mantenimiento escolar. Y el gobierno debe obedecer, hacer y rendir cuentas.

Pero AMLO no quiere eso. No quiere trabajar para los ciudadanos. Quiere que cada quién se las apañe según sus entendederas. Quiere quitarse de encima la tarea burocrática de gobernar: deshacerse del “elefante reumático” que, con todos sus defectos, hoy nos hace todavía un país medio presentable en el mundo.

No más gobierno. De ahí los recortes, los despidos, los tijeretazos de Raquel a los programas gubernamentales que se inventaron antes del 1 de diciembre, la austeridad tonta.

Ni en eso López Obrador es de izquierda. Nada de hacer un gobierno potente para que construya la infraestructura que el pueblo necesite. Nada. Al pueblo, dinero. ¿Y al gobierno? Al diablo con el gobierno.

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Experiodista volador, vocero falsario por Salvador Camarena


Texto original: El Financiero

El 28 de febrero pasado Jesús Ramírez dio una charla en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Esa intervención llevó por título ‘La nueva narrativa en la Cuarta Transformación’. Y fue ahí donde comenzó un capítulo más de la historia de embates de una Presidencia de la República en contra de la prensa.

En esa ocasión, el vocero presidencial dijo lo siguiente: “De los 60 mil millones de pesos (de publicidad oficial gastados en el sexenio de Peña Nieto), los columnistas, comentaristas conspicuos, que no llegan a más de 15, recibían casi una cuarta parte. Nada más hagan cuentas ustedes, las listas están en Internet, no voy a señalar a nadie, pero… porque también son públicas, quienes recibían financiamiento de entidades públicas, de Pemex, de CFE, de la Lotería Nacional, de Salud, del IMSS, de Presidencia, de Gobernación, de todas las instituciones, y son 15 personas, como máximo, que se llevaban una cuarta parte. Y luego veremos quienes son los más críticos en estos momentos de las cosas que se hacen, creo que hay un sesgo en su análisis que tiene que ver con los ingresos que ya no van a tener, porque una decisión que se tomó fue reducir a la mitad el gasto gubernamental en publicidad para cerrarle el espacio a la corrupción”.

Una semana después, un periodista de Contralínea entrevistó a Ramírez para que abundara en sus dichos sobre esa lista y ese monto. En esa fecha, el colaborador del presidente López Obrador declaró que sus aseveraciones surgían de dos fuentes: un texto de Javier Tejado Dondé y que “hay muchos registros” (de hecho agregó que él tenía “listas de esos periodistas”).

Cuando el reportero le pregunta si hay un periodista de ese listado que haya recibido mil millones de pesos (cantidad inverosímil aun en un México de abusos), Ramírez contesta que “no, no. Es un conjunto de periodistas o comentaristas y hasta directivos de periódicos que han recibido de manera directa, a su nombre, están los contratos a su nombre, como asesores de imagen, como asesores de información, incluso en campañas [publicitarias] –y que en conjunto recibieron el 25 por ciento de un presupuesto de 60 mil millones en seis años”. O sea, sí, en promedio habrían recibido 1 mil millones de pesos (¡?).

Tres meses después, estos dichos del vocero presidencial de un gobierno que se quiere presentar como honesto no se han podido probar. Esas declaraciones hoy resultan o muy exageradas o de plano falsas.

La semana pasada el periódico Reforma obtuvo vía transparencia un listado de periodistas que recibieron presupuesto durante el sexenio anterior. Lo que Reforma solicitó a la Presidencia fue, precisamente, la información relativa a los “15 periodistas” que se habrían llevado “15 mil millones de pesos”. Es decir, solicitaron las pruebas de lo que declaró, dos veces, el vocero.

La lista de Reforma está compuesta por mucho más de 15 periodistas que, sin embargo, obtuvieron mucho menos de 15 mil millones de pesos. Y, más importante, esa respuesta gubernamental no prueba que tales recursos hayan sido eminentemente para sufragar “asesorías de imagen, de información o campañas”, como declaró Ramírez a Contralínea.

El listado está compuesto por 36 periodistas y en total hay involucrados mil 81 millones de pesos.

La publicación de esa lista provocó, empero, el efecto deseado en la Presidencia de la República: se tendió un velo de sospecha en torno a la prensa en general, y en particular sobre periodistas que encabezan medios de comunicación, entre ellos algunos de talante claramente crítico y plural como es Animal Político.

Se jugó, de manera perversa, con la idea de que si un medio recibe dinero público está manchado, pues tal recurso provino de un gobierno desacreditado como lo fue el de Peña Nieto.

Un director de comunicación social debería ser un factor de entendimiento entre la sociedad y el gobierno. Por su contacto con los medios, por su obligación de diseminar de la mejor manera el mensaje gubernamental, se requiere en ese puesto a un gestionador capaz de atender, por un lado, las necesidades de los funcionarios por hacer saber sus políticas y, por otro, las demandas de los periodistas para divulgar información de relevancia pública.

En los sexenios anteriores, y cabe decir que el actual no está exento de esa posibilidad, hubo quien desde el poder corrompió a periodistas y hubo periodistas que vivieron de embutes gubernamentales.

Un gobierno que se autoproclama de cambio debería denunciar en las instancias correspondientes cualquier hallazgo en cuanto a conductas indebidas o ilegales en contratos de gobierno con periodistas o medios. Es una obligación normativa y un deber democrático hacer rendir cuentas a exfuncionarios y a los beneficiarios de tales prebendas.

Declarar desde Palacio Nacional barbaridades contra los medios que no se pueden probar, y que vulneran el ejercicio periodístico en su conjunto, socava no solo a la prensa, sino las capacidades de los periodistas para ejercer la libertad de expresión a favor de los mexicanos.

Como experiodista, el vocero presidencial es un volador de notas. Como funcionario público, es alguien que declaró en falso.

Lo peor es que no hay garantía de que el actual gobierno use sin favoritismos, o sin ceder a la tentación de castigar la crítica, los 4 mil millones de pesos disponibles para publicidad oficial. Y todo ese dinero pasará por la oficina de Ramírez.