
El hacer lo correcto, siempre será un motivo de polémica. La desesperación y la falta de oportunidades hacen, que en ocasiones, nos veamos en la penosa necesidad de rascar en nuestro cerebro por una respuesta que probablemente nunca llega, y nos sentimos adolecidos por el futuro (cercano o lejano) sobre todo cuando el diagnóstico de una enfermedad rompe nuestra imagen de un futuro feliz, y meditando siempre, segundo a segundo, el futuro de nuestro seres queridos cuando ya no estemos; lo que convierte en una obligación el luchar por la salud y la economía de la enfermedad.
Breaking Bad (AMC, 2008) nos adentra en la vida de Walter White (Bryan Cranston), un nervioso y acomplejado maestro de ciencias que ve en la noticia de un cáncer terminal de pulmón el pretexto perfecto para salir de todos sus problemas. Padre de un joven con discapacidad y esposo de una mujer obsesiva y fastidiante, tienen a Walter entre la silente noticia que carga sobre él, y soportar las decenas de acciones que seguramente su mujer tomaría ante tal situación. Sin embargo, el corazón ambivalente de Walter lo llevan a centrar más su preocupación en el futuro de su familia, más que en su tratamiento. La genial actuación de Bryan Cranston valió al actor para consagrarse en uno de los referentes de la serie, ya que paso de ser la última opción de los productores, a la mejor opción para la transformación de un personaje que paso las cinco temporadas tratando de solucionar paradojas siempre en el canto de la moralidad y las buenas acciones.

Y es que Walter nos centra desde al primera temporada en la pregunta por la cuál todos nosotros hemos pasado en nuestra vida: ¿Yo qué tan lejos llegaría yo por el bien de la familia?
En su desesperación financiera Walter conoce a Jesse Pinkman (Aaron Paul), un problemático y adicto a las drogas ex alumno de Walter. Jesse dealer por convicción y “cocinero” amateur de metanfetaminas lentamente nos adentra a la primera paradoja de la serie: ¿Se debe hundir a alguien más en su adicción para mi salvación?
La venta de metanfetaminas en Estados Unidos se ha convertido en el mayor negocio entre jóvenes de entre 19 y 27 años. Barato, adictivo, y sencillo de preparar, vuelven al Met el negocio perfecto para una persona que tenga los mínimos conocimiento de química y una gamma interesante de clientes. Pinkman, le muestra indirectamente a Walter que la opción para solucionar sus problemas económicos es el uso de sus conocimientos para sintetizar la droga perfecta, sin ofrecerle ningún trato de por medio. Aaron Paul, un naciente actor joven, comenzó su carrera con el pie derecho. Siempre perturbado, siempre paranoico, Paul nos lleva magistralmente al torcido y nebuloso mundo de las drogas en los Estados Unidos donde un hombre como Walter, se convierte de forma acelerada en la gallina de los huevos de oro.
Pinkman mantiene la esperanza en Walter y mientras él regresa a continuar lo iniciado para consolar su necesidad, sin darse cuenta de las fatales consecuencias que ello tendrían. Y es que el muchacho se convierte en el simbio perfecto; en el cómplice ad doc a dos causas perdidas. A dos causas paralelas. A dos vidas vacías que buscan consuelo.

El pasado tortuoso del joven y sus siempre cambios de humor vaticinantes de malas noticias hacen a Pinkman evolucionar paradójicamente al sentido contrario de Walter llegando a ese punto de quiebre que siempre tiene la relación maestro/alumno. Hacía el final de la serie, el joven se ve presionado por toda circunstancia a abandonar a Walter a su suerte, sin embargo, la manipuladora mente del protagonista siempre lo ponía por detrás de él como madre protegiendo a su cría. Pinkman siempre fue el balance en la vida de Walter, un balance extraño que convive en un sentido practico con la distribución de drogas. Pinkman hasta el final, se convierte en ese hijo malcriado, respondón, pero siempre noble, que encuentra por fin una redención total en el espacio moral que le dio siempre Walter y qué, colateralmente, le enseño más que a cocinar.
Los personajes principales ven una solución mientras nosotros como televidentes vemos como el director y creador de la serie Vince Gilligan nos invita a recorrer nuestros más oscuros pensamientos.
Y es que obviamente (todos lo sabemos) el vender drogas se encuentra fuera de la ley, por lo tanto, toda actividad ilegal implica situaciones legales que todos nos encontramos lejos de querer tener, aunque el fin sea el correcto. “El fin, justifica los medios”, sin embargo, cuando esos medios nos llevan a la muerte y la destrucción social, debemos detenernos un poco a valorar si todo el dinero del mundo y la tranquilidad que el billete verde proporciona, son suficientes para cargar moralmente las implicaciones que el cáncer de las drogas provoca.
El nombre de Breaking Bad se convierte en un hito donde capítulo con capítulo observas como el poder y los sentimientos reprimidos, pueden ser en ocasiones los peores aliados de los seres humanos. Walter comienza su camino hacía el lado oscuro de la mano de uno de los personajes icónicos de la serie y un personaje que ya esta convertido en una leyenda: Heinsenberg.

Walter comienza con una transformación gradual que lentamente va dejando al espectador pegado al asiento esperando cual sería la siguiente jugada que complementará la condena del personaje. Y es que la serie me recuerda mucho a un sonado juego de mesa por allá de los 80´s llamado “Escrúpulos” donde tus buenas o malas decisiones te pueden llevar a la victoria o a la condena absoluta.
La supervivencia, el trabajo, el anhelo, pero sobre todo la ambición, siguen golpeando los clavos en la tumba de los personajes de la serie.
Walter se encuentra navegando siempre entre el amor por su familia y los actos que por ella hace manteniéndolo directamente relacionado con todo su entorno de manera, un tanto, estresante. Pinkman se vuelve un hijo más, siendo al parecer el hijo que el siempre deseo y que le colocó esa inyección de adrenalina que siempre necesitó. Sin embargo, como en cada jugada que hacía, Walter se esgrimía lejos de la muerte con una brillante forma y excelentes argumentos.
La serie lentamente comienza complicarse para los personajes. Walter ve como la novia de Pinkman fallece víctima de una sobredosis, y la vida de todos en la serie comienza se pone de cabeza. Vince Gilligan colocó en la serie un condimento especial, que a lo largo de la misma, te enreda las ideas y te hace explotar ante las inquietantes preguntas: ¿Qué haría yo?¿A qué estoy dispuesto para sobrevivir?.
Y es que Gilligan comienza a jugar con nuestra mente, haciéndonos crear en mundos paralelos donde nos imaginamos la vida de los personajes si las decisiones específicas no se hubieran tomado.
Walter comienza en una lucha interna entre lo correcto y lo moralmente posible. La muerte de la joven, lleva a todos los personajes por caminos diferentes. Skyler (Anna Gunn), la controladora esposa de Walter comienza a cuestionar en un vórtice de doble moral e infidelidades las acciones de Walter, cambiando por completo el siempre abnegado papel de una madre de familia que ahora ve en el personaje principal, la forma de llegar indirectamente, y en base a chantajes, lo que siempre ha anhelado: el control total sobre su entorno.

Breaking Bad se convirtió de ser una serie de media tabla, a una de las más representativas de nuestro tiempo. La transgresión de convertir algo tan grave con la fabricación y distribución de una de las drogas más mortíferas de la tierra a una serie entretenida y por demás colorida y talentosa, nos mantiene pegados al asiento con chispazos de escrúpulo respondiéndonos y cuestionándonos constantemente: ¿Walter está haciendo mal en crear y distribuir droga?…Pero lo está haciendo por el bienestar de su familia, entonces ¿Es lo correcto?
Sin embargo, de nuevo, hacía la recta final de la serie, Gilligan revuelca nuestro mundo en las tres horas más reveladoras en la historia de las series de los Estados Unidos.
Walter comenzó su debacle. La muerte de sus seres queridos y el ver la espalda de los que antes eran sus incondicionales clavan los últimos clavos a un ataúd lleno de traición, odio, desesperación y muerte. Sin embargo, como espectador, extrañamente sigue uno enganchado con la causa del carismático Walter que a pesar de sus maléficos planes, sigue manteniendo esa aire bondadoso que te impide no sentirte fiel hasta el último segundo, aún a pesar de que se hace evidente que nunca lo hizo por su familia, sino por el mismo, para sentirse vivo, completo, sin cadenas.
Walter decide darle adrenalina a los últimos resquicios de una vida simplista, donde todo lo realizado hasta el final lo vuelven a la vida en el personaje paralelo, que en ocasiones todos quisiéramos tener, donde, en la premura de la muerte, el personaje principal se adentro a un mundo que es muy difícil abandonar.
La excelente dirección de Gilligan nos envuelve de principio a fin en un vendaval de sentimientos propios de una escrupulosa serie. Cranston se consagró como un actor de carácter después de ser la imagen de la estupidez de “Malcom in the Middle” y que al parecer lo tenían condenado a papeles segundones sin ningún tipo de trascendencia. Personajes tan entrañables como adorables como el mismo Saul Goodman (Bob Odenkirk) el frío y calculador Mike (Jonathan Banks) , el agudo y siempre efectivo Hank (Dean Norris), y él estoico Gus Fring (Giancarlo Sposito) se combinan en una formula química sublime en una historia que no te da espacio de maniobra y que te llena de principio a fin.
Breaking Bad es una serie que debe ser vista con una mentalidad abierta hacía los cuestionamientos probables y obligatorios de la misma, que se convierten, desde el primer metraje, en una montaña rusa de emociones que solamente el mismo Gilligan pudo detener con un (debemos aceptarlo) final poco convencional incompletamente adecuado y tristemente necesario.
Walter siempre vivirá en nuestras mentes y corazones como ese alter ego que en ocasiones todos necesitamos; ese personaje que no conoce de leyes y convencionalismos, y que se lanza al vacío con la simple premisa de sentirse vivo y hacer lo que siempre queremos hacer sin miedo a nada, ni siquiera a uno mismo.
Hasta la próxima.

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