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La nota del día

#19s y el despertar de la nación

Por Edel López Olán.

México caminaba sin rumbo. A pesar de lo rico de nuestra historia, el pundonor de nuestros antepasados y de nuestro orgullo latente como mexicanos; nuestra consciencia se encontraba apagada por algún motivo desconocido, viviendo en un estado de coma que nos partía el corazón, pero que nos dejaba vivir lo suficiente para “irla pasando” como se dice de forma coloquial.

Pero los mexicanos somos multicolores, y vemos siempre en la desgracia, un remanso de esperanza estéril.  Desde hace mucho tiempo tenemos el pie gubernamental en el cuello. Nos entregamos cada seis años de una forma “poética” a “representantes” que nos dejan al final de cada administración, con un sentido de frustración que se nos olvida en el siguiente proceso electoral. Los mexicanos vamos viviendo de a peso y vemos cómo nuestra poca consciencia nacional se convierte en la burla hasta para nosotros mismos. Pero sonreímos. Tristes, pero “ahí la llevamos”. Vemos como los gobernantes y alchichincles se llenan las bolsas de una forma depredadora de un dinero que nosotros proporcionamos, un dinero que no debe gastarse en lujos y excentricidades, pero, “siempre ha sido así, eso nunca va a cambiar”. Siempre nos preguntarnos en ese piso inclemente en el cual nos tienen: ¿Por qué seguimos cayendo en manos de ellos? ¿Por qué siguen existiendo ese tipo de personas que nos “representan”? ¿Por qué votamos por ellos? ¿Nosotros mismos probablemente podemos hacer una mejor labor como sociedad? ¿Qué debo hacer? ¿Hacía dónde va nuestro país?

Sí. El mexicano se encuentra flotando en un limbo de acciones que lo destrozan y una inacción permisible que le da el tiro de gracia al raro, inestable y violento círculo vicioso que tenemos como país.

Pero entonces, ¿Qué hace falta para nuestro despertar?

El himno nacional mexicano dice en el coro:

“Y retiemble en tus centros la tierra, al sonoro rugir del cañón”

Invito a cualquier mexicano, hasta el más indiferente, a leer este fragmento y no romperse por dentro. Nuestros ancestros veneraban a la madre tierra. Según sus creencias,  ella es la única que puede despertarnos de una forma violenta de una sacudida mortal, ella es la única que nos cobija, y también, puede destruirnos.

Corría el 19 de septiembre. Cómo cada año, la administración en turno recuerda de forma luctuosa a los caídos en 1985. 10 mil muertes representaban hasta el momento, la razón del mucho respeto que le debemos a nuestro planeta. Horas más tarde, el simulacro; ese ejercicio que todos tienen (al menos en la CDMX) como un chip insertado desde pequeños para la supervivencia. Lo que todos sabíamos que podía pasar y no sucedía nos tenía alertas y “preparados” ante un capricho más de la naturaleza. Pero la tierra, tan hermosa como letal, nos tenía preparado un ejercicio de destino tan cruel, que nadie, ni hasta el más preparado, podía superar.

Pasado el mediodía, la tierra nos sacudió de una forma increíble. Todos remontamos nuestro pensamiento al sismo de 8.2 que minimizamos por no ser tan devastador (Al menos en una ciudad tan grande como la CDMX) y que bombardeamos todos los medios de comunicación con mofas y desacreditaciones, en ese interesante pero siempre folclórico sentido del humor mexicano. La tierra nos abatió con una fuerza de 7.1 grados a 120 kilómetros de la capital. Los edificios caían. El polvo comenzaba empapaba la respiración. La confusión reinaba en una ciudad que hace unos minutos había celebrado la supervivencia, y ahí, en ese momento, nos dimos cuenta de nuevo, que no somos nada ante el poder de la naturaleza.

De inmediato nos percatamos que nuestro territorio se encontraba herido. Una persona tomó una piedra gritando de forma desesperada para apagar los gritos de dolor de alguien que yace bajo los escombros. Nuestra consciencia hablo. Era el momento de ayudar.

Armados con cubetas, palas improvisadas, cascos maltrechos, manos sudorosas y ensangrentadas, confundidos, con un nudo en la garganta, comenzaron a cargar piedras y a pedir más auxilio, que en ese momento era crucial. Las redes sociales se incendiaron de repente, pero ya no de memes, sino de voces que suplicaban ayuda, localización, auxilio, víveres, comida, etcétera. Nuestro país despertó de un letargo con una sacudida tan mortal como nuestra, hasta ese momento,  indiferencia.

El gobierno se dio cuenta de algo muy importante: El pueblo mexicano UNIDO es más fuerte de lo que pensaban. Entre la organizada desorganización se erigió de una forma impresionante redes de acopio y distribución de todo tipo de insumos. Las manos pasaban y pasaban frente a los ojos de un gobierno que solamente veía silente como su pueblo había despertado y qué probablemente no se pondría a dormir muy pronto.

Es por eso el “un minuto, no, menos, como cinco” y todas esas “pendejadas” que nuestro flamante presidente emite cuando pasa algo importante. Es por eso Frida Sofía, una niña que en ese momento pudo controlar la mayor parte del sentimiento nacional. Es por eso esa “ruptura” entre los medios y las autoridades. Es por eso muchas cosas que nos distraen de lo importante, que nos fracturan en lo más elemental y que por naturaleza, los mexicanos  tenemos de una forma muy lábil y lamentablemente demasiado activa: Nuestra corta memoria.

“Un soldado en cada hijo te dio” reza orgulloso nuestro himno nacional. Un fragmento que todos tienen tatuado desde el 19S en el alma. Al ver como mano a mano, persona a persona, fuerza tras fuerza, los ciudadanos nos volvimos uno para proteger a nuestra nación. Era inspirador, y en ese momento, a pesar de todo nuestro dolor, el pueblo se daba a la tarea de increpar a un gobierno indiferente, amargo y completamente vacío ante las necesidades de un pueblo que brillaba de esperanza y pundonor.

La sociedad despertó. Desde lo alto los dioses de nuestros ancestros nos observaban orgullosos de la nación que habían forjado. El poder de la gente se centró en la importancia de ayudar a nuestro hermano, de ayudar a nuestra nación, una nación que estaba herida, pero no de muerte.

El 19 de septiembre nos recordó de una forma dolorosa que como nación somos más fuertes que cualquier situación externa que quiera controlarnos. Somo un país que ruge esperando que nuestra corta memoria no juegue contra nosotros. Un país que ahora protegerá al hermano, al amigo, al vecino, al desconocido en desgracia. Hoy, más que nunca, el significado de ser mexicano está más vivo que nunca.

Sí. Cómo si fuera una especie de retorcida profecía, la tierra tembló desde su centro, y nos hizo recordar que somos soldados de la nación, que protegeremos su suelo de ese extraño enemigo, sea interno o externo.

Ya lo dijo muy bien Chabela Vargas en alguna ocasión: “México es un gigante dormido. Un gigante que ha permitido desde su sueño mucha injusticia, pero ¡cuidado con hacerlo despertar!” y señores, ¡El gigante ha despertado!, nuestro patriotismo despertó, nuestra consciencia, despertó.

Ahora, que retiemble sus centros la tierra, pero de los pasos de toda su gente, que hoy más que nunca, luchará por esta nueva nación, una nación consciente, firme, sin distracciones.

Hoy, somos un nuevo México, no volvamos a soltarlo.

Hasta la próxima.

 

 

 

 

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