No había cómo denunciarlo. Yo andaba sola, y de igual manera no hubiera pasado nada. Ni vi su cara, no sabía su nombre. Y así pasa con millones de mujeres todos los días en el mundo. Desconocidos nos agarran en la calle para adueñarse de nuestros cuerpos, aunque sea por unos segundos en la oscuridad de la noche. En la calle los hombres creen que las mujeres somos suyas. Y muchas veces en los hogares también.

Ni siquiera este trato termina cuando somos poderosas profesionales. Hace poco, en una reunión con un colega, con quien me llevaba bien profesionalmente pero nada más, metió su mano por mi vestido y agarró uno de mis senos. Así de atrevido y abusador. Yo estaba hablando por teléfono y no podía gritarle, solo pude quitar su mano de mi cuerpo y darle una mirada de muerte. Luego se disculpó, diciendo que no podía resistirse. Como si eso fuera una excusa aceptable.

Yo sé que las experiencias de muchas mujeres son mil veces peores que las mías. Y la gran mayoría nunca denuncia a sus abusadores. Esas mujeres nunca cuentan a nadie lo que les ha sucedido. Guardan silencio, porque se sienten avergonzadas. Y sienten que nadie las va a creer. Y si las creen, igual no pasará nada.

Hace poco las Naciones Unidas publicó un informe devastador. La región de mayor violencia sexual en el mundo es América Latina y el Caribe. El feminicidio –el asesinato de las mujeres por su género– está en un nivel alarmante. La región tiene las cifras más altas de violación contra las mujeres y las niñas. No existen suficientes leyes con contundencia en los países latinoamericanos y caribeños para garantizar justicia para las mujeres víctimas de la violencia sexual, y no hay suficiente reconocimiento a nivel cultural de este problema.

Esto tiene que cambiar

No todos los hombres son abusadores o depredadores. Lo sé. He conocido unos cuantos buenos, hombres de puro corazón y gentileza. Hombres que tratan bien a las mujeres, hombres que son verdaderos amigos y compañeros, caballeros sin ganas de dominar, violar o acosarnos. Pero no son suficientes. Son la minoría. Como madre soltera de un niño, mi tarea principal es criar un hombre bueno. Un hombre que respete a los demás, que trate bien a todos, sin discriminar. En mi caso, el problema no es lo que enseño a mi hijo en casa, es lo que aprende en el mundo.

Protesta para pedir el fin de la violencia contra la mujer en Asunción (Paraguay), el pasado 8 de marzo. Jorge Adorno / Reuters

El problema del acoso sexual y la discriminación contra las mujeres es amplia y profunda. Ahora, en Estados Unidos el tema está de moda. Y menos mal que es así, por fin.  Casi todos los días están saliendo nuevas acusaciones y evidencias contra hombres de poder –celebridades, periodistas, políticos, figuras públicas, Donald Trump– que han abusado de las mujeres durante años, y con plena impunidad y protección de sus empleos y sus patrocinadores. Mientras, las mujeres han sido silenciadas, despedidas, aisladas y disminuidas. Por fin las denuncias se escuchan. Por fin nos están comenzando a creer. ¿Por fin tendremos justicia?

No es suficiente despedir a un hombre de su empleo, o hacerlo renunciar de su profesión por haber acosado a una(s) mujer(es). No es suficiente marcarlo como un depredador sexual. La cultura tiene que cambiar. La misoginia sistemática del modelo patriarcal tiene que ser erradicada. La educación contra la mentalidad patriarcal comienza en casa, pero la sociedad tiene la responsabilidad moral y ética de poner fin a esta plaga.

La verdadera igualdad y la justicia social no existirán hasta que yo pueda llevar pantalones y ganar igual que un hombre. Será cuando yo pueda caminar por la calle sin miedo de ser asaltada, violada o gritada por ser mujer.

Texto original: Eva Golinger (RT noticias)

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