Los invito hacer un ejercicio de imaginación. Los invito a que me acompañen en esta historia paso a paso; desde la profundidad de su consciencia, desde la tranquilidad de su corazón:

Imaginen una noche. Sí, una noche aparentemente tranquila, donde el retozar de los niños se ha callado al fin y todo el agobio de un día ha parado. La almohada, ese suave descanso que te espera sin recelo todos los días, se convierte en el silencioso confesor de los sueños. A la distancia observas a tu pequeño hijo. Ese pequeño que desde hace mucho tiempo sucumbe ante una respiración extenuante a cada paso que da, pero que no sede, propio de su edad, de su alegría. Él trata de dormir. Trata de llevar a la única droga permitida para fugarse, un poco de ese dolor que le provoca la pobreza, el hastío, el olvido.

La noche sigue inclemente su curso.

Una respiración profunda lo despierta de su sueño. Es él. Ese pequeño que no sabe cómo respirar profundamente para inundar sus pulmones. Desesperado, te toma de los brazos para que lo ayudes; así, de la misma forma que lo hizo cuando nació. Lo tomas de la espalda y comienza a palmear su pecho tratando de ayudarlo, tratando de hacer que ese oxígeno llegue hasta el fondo de su destino, hasta el alma misma si es necesario.

Abrazas su cuerpo. Cierras los ojos y pides clemencia a lo que creas, a lo que ustedes quieran, en este momento, la fe, es el último salvavidas que puedes tener a la mano.

La noche ha llegado a su punto más alto y su oscuridad es tan perpetua que equipara el miedo que siente el palpitar en tus brazos.

Es el momento de actuar.

Decides caminar en medio de la noche. El frío de diciembre golpea tu rostro y tu cuerpo. Una cobija a cuadros rojos y negros es lo único que acompaña a dos personas que caminan de una forma mecánica, gris, únicamente por supervivencia.

Son exactamente 132 kilómetros desde su lugar de origen hasta la CDMX. Son dos horas y media de agonizante lucha entre la vida y la muerte. Es un tiempo y una distancia que ni el mismo destino puede acortar.

La respiración que se escucha debajo de la cobija se mantiene errática, casi imperceptible, pero mientras ella siga latiendo, tus pies lentamente avanzan a un probable milagro, a una probable luz que puede ser, un rayo de esperanza.

La CDMX es abrumadora. Son tantos los hospitales y son tan grandes los gastos que consumen aún más una esperanza que lastima ya. Metes la mano a la bolsa, solo tienes 20 pesos para gastos y lo necesario para el regreso. Nada. La vida lentamente se difumina en un signo de pesos que no debería pesar para la salud, pero sucede, en México, sucede.

Has llegado. Por fin ese milagro se ve más cercano. Con una sonrisa tratas de observar el rostro de tu pequeño en medio de de la cobija que lo cubre. Pero nada. Ese silbido esperanzador se ha difuminado, se ha perdido entre el calor que da la envoltura, hasta ese momento, conciliadora. Tus manos comienzan a temblar. ¿En qué momento murió? ¿Fue cuando le di un beso? ¿Cuándo dormía? ¿En qué momento del camino?

Las preguntas se agolpan en tu mente tratando de encontrar un por qué, tratando de mantener en tu cabeza la idea de qué hiciste lo posible, pero no llegan las respuestas. Tu acompañante, también desconcertado, observa tu rostro tratando de encontrar las mismas respuestas, pero no las hay, no existe tal situación que los lleve a un lugar de tranquilidad.

Aún tienes 20 pesos.

Con ese dinero solamente puedes encontrar un par de bolsas para cubrir el cuerpo. Tu pecho no puede emitir mayor respuesta a tu dolor. Las lagrimas se han secado ante una impresión que llevarás contigo el resto de tus días, lejos de terapeutas, lejos de la toda ayuda, lejos, probablemente, del mismo Dios.

Así, envuelves el cuerpo de tu hijo entre plástico y ese cobertor color rojo y negro. Lo cargas como si tu propia vida dependiera de ello. Solo quieres regresar a casa, a darle la última morada. Solo quieres regresar para que descanse en paz, mientras tanto, tu sigues penando, con la muerte en los brazos.

Este es el México real. Este es el México que carcome con cada historia de dolor y sacrificio. ¿Imaginen el dolor? ¿Imaginen la sensación de tener que envolver a tu propio hijo en una bolsa porqué no alcanzó para las medicinas o el tratamiento para su enfermedad?, Silvia, como se llama la madre del pequeño Miguel Ángel de 3 años, refiere que el niño tenía muchos años con una enfermedad que le impedía, en ocasiones, realizar las acciones más sencillas y básicas de un niño, como correr o reír.

Hoy, toda la atención de los medios se centra en el cómo y el porqué se debe o no votar, cuando, el México de a peso, el México de nuestros connacionales que sobreviven día a día se encuentran en el olvido, como esta historia, con este grado de dolor, con este grado tan grande de terquedad del ser humano que derivó en una dantesca escena.

De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación Política y de Desarrollos Social de Puebla, las personas en pobreza extrema son aquellas que presentan carencias sociales y no tienen ingreso para alcanzar una canasta básica alimentaria. De acuerdo con el INEGI, estas mismas personas carecen de al menos tres indicadores de carencias sociales como: educación, servicios de salud y seguridad social, algo que sexenios pasan y pasan y nadie puede disminuir un poco las cifras.

En el 2016, 5 millones de personas se encontraban en situación de pobreza extrema, una cifra que lastima, que hiere en lo más profundo de la conciencia nacional, pero, en este año, hay cosas más importantes, que basarnos en estos datos duros donde probablemente Silvia y Miguel Ángel se encontraban, donde, Silvia y Miguel Ángel, tuvieran un final poco alentador.

Ella, una mujer de 25 años que sumida en su dolor representa el doble, es solamente una pequeña muestra del dolor que nuestro México siente. Un país que todos los días camina así, con el dolor a cada paso, con una historia en cada calle, en cada esquina, en cada lugar. Sí, un México que se debate sobre quien será el próximo gobernante, pero que aún no se da cuenta que sigue llevando la muerte en los brazos, mientras otros, los de arriba, carcajean y barajan todos los estúpidos argumentos, cuando, en esta historia, en este por qué, deben encontrar un poco de esa moral perdida y pensar: ¿Qué debo hacer por mi país? ¿Qué debo hacer por mi gente?

Nuestro peregrinar, nuestro caminar por la vida con esa indiferencia que nos caracteriza nos hace poco sensibles a una mujer sentada a nuestro lado con un cadáver en las manos. Nuestra forma de ver la cotidianidad carcome, pero sobre todo, nos pone a pensar en algo que siempre debe asaltarnos a conocer este tipo de casos.

¿Y mañana? ¿También seré ignorado?

Y eso, es algo que debe preocuparnos a todos.

Hasta la próxima.

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