Editoriales

El infierno en manos de Dios


Por Edel López Olán

No podemos imaginar el horror. Leer las 1356 páginas de los informes del fiscal de distrito sobre los abusos perpetrados por miembros de la iglesia en Pensilvania, pueden llevarte al borde de una locura si tu alma no se encuentra lo suficientemente fuerte o, y de forma paradójica, cerca de la fe. El gran jurado de Pensilvania redactó un informe sobre los abusos sexuales de clérigos a más de 1000 menores de edad. Las descripciones son desgarradoras, escalofriantes, crudas, y son el peor ejemplo de cómo la impunidad desde las altas esferas del catolicismo americano corrompen cualquier sistema. La investigación revela cómo, durante siete décadas, la cúpula eclesiástica tolero muchos de estos abusos perpetrados por más de 300 sacerdotes, fingió, en un acto completamente incomprensible, que nada pasaba debajo de las sotanas de sus propios representantes, en un increíble recelo por parte de la sociedad y un inevitable impunidad cantada.

Es morboso hablar de las vejaciones que vivieron estos pequeños en manos de los encargados de protegerlos en su fe, de proteger su alma, de protegerlos del mal. Es atemorizante leer como se olvidaban de su investidura y se entregaban al horror de la antítesis de la fe, donde, todo debía olvidarse y resolverse con un simple: No debe hablarse más de ello.

Pensilvania

La maquinaria era despiadada, la tolerancia lacerante y la impunidad arrasadora. En 54 de los 67 condados de Pensilvania se daba esta depredación por parte de los miembros de la iglesia. La muerte, como una forma de alcanzar justicia, fue el pago que muchas víctimas tuvieron antes de la justicia del hombre. Sin embargo, muchas de las revelaciones han salpicado a cargos actuales como Donald Wuerl, cardenal de Washington y que hoy, es imputado por decenas de víctimas que piden justicia desde el tribunal.

“Pese a algunas reformas institucionales, en general los líderes individuales de la Iglesia han evitado una rendición de cuentas pública. Los curas estaban violando a pequeños niños y niñas, y los hombres de Dios que eran responsables de ellos no solo no hicieron nada sino que lo ocultaron todo”, reza la conclusión de la investigación.

Abundan los ejemplos escabrosos. Un cura violó a una niña de siete años cuando fue a visitarla al hospital después de que la operaron de amigdalas. Un chico que solo recuerdo haber tomado una bebida que hizo que le hizo olvidar la noche anterior cuando un sacerdote lo violaba. Un sacerdote obligó a un chico de nueve años a practicarle sexo oral para luego decirle que le limpiaba la boca con agua bendita. Un religioso acabó dimitiendo tras años de acusaciones, pero eso no impidió que la iglesia le hiciera una carta de recomendación para su siguiente empleo: en el complejo Walt Disney World. Curas que coleccionaban fluidos de sus víctimas, redes de sacerdotes que se intercambiaban pequeños como mercancía sexual, como mercancía de dolor, como un simple dote a su condena.

El patrón de disentimiento por parte de la iglesia para librar estas prácticas era sencillo, un “Manual para ocultar la verdad” donde siete principios eran fundamentales para librar la ley, para salvar su conciencia, si es que existía. La iglesia avalaba eufemismos, investigaciones armadas, envío de curas para evaluar a varios depredadores sexuales en centros psiquiátricos para así evitar penas de mayor proporción en caso de ser investigados o formulando justificaciones ilusas, sí, los sacerdotes evitaban su culpa de una forma idiota; cambiaban de vida, cambiaban su destino, depredaban la verdad, tanto como la inocencia de sus víctimas.

Los investigadores se quejan de no haber recibido documentación reciente. Aún así, las pesquisas sugieren que, pese a las reformas prometidas por la cúpula eclesiástica estadounidense desde el escándalo de abusos descubierto en Boston en 2002, los patrones de encubrimiento no han desaparecido del todo. Según el fiscal general de Pensilvania Josh Shapiro, “Algunos casos se alargan hasta el Vaticano, hasta grandes esferas de la iglesia católica”. Por ejemplo, la diócesis de Allentown recibió en 2009 una queja de abusos sexuales cometidos en los años ochenta por parte de un sacerdote que había tocado los genitales de un chico de 13 años. La diócesis le pidió explicaciones al cura, que por entonces ya estaba retirado, y él alegó que fue accidental. Como resultado, en diciembre de 2014, el obispo de Allentown comunicó al Vaticano que no expulsaría al cura del sacerdocio. El religioso murió al año siguiente.

Es complicado hablar de fe y amor en un mundo que depreda a niños y jóvenes por “sentimientos confundidos”. Hoy, la iglesia católica es herida de una forma mortal, donde la fe no puede sanar absolutamente ningún tipo de alma y corazón.

Colosenses 3, 13 dice:Soportáos unos a otros y perdonáos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”, el buen libro habla de muchas formas del cómo y el por qué se debe perdonar, pero aún no explica que se debe hacer cuando todo el horror viene por parte de los hombres que debían interpretar sus letras, y no tergiversarlas en el nombre de Dios. Hoy, es más que evidente que  no es necesario morir para llegar al infierno. Un infierno que no solo destruyó vidas enteras de familias y personas, sino que ha trastocado los más profundos sentimientos fundamentales de la iglesia, hoy, es más que evidente que si existe un infierno sobre la tierra, un infierno de las manos de Dios.

Hasta la próxima.

 

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