Editoriales

AMLO, víctimas y cómplices


Por Salvador Camarena (El Financiero)

Dos eventos violentos ocurridos la semana pasada en lugares tan distantes como lo son Tijuana de la capital del país tienen, sin embargo, un común denominador. Y no, ese común denominador no es que en las dos situaciones fuese idéntica la indiferencia de personas que siguieron con su vida cotidiana a pesar de que a sus pies, literalmente, había personas ejecutadas. El denominador común está en otra parte.

Una foto circuló profusamente el viernes. En una fonda de Tijuana los comensales dan cuenta de sus platillos a pocos metros de un hombre fallecido.

Por otra parte, ese mismo día por la noche, en Garibaldi un comandó asesinó a tres personas. A pesar de ello, la algarabía no se vio interrumpida en la ruidosa y capitalina plaza de los mariachis.

En las redes –ese megáfono destemplado– acusaron por igual a los comensales de la fonda que a los pachangueros de Garibaldi: Por qué no te pasma la muerte, oh insensible mexicano, que sigues comiendo o festejando, mientras a tu lado alguien expira.

Pero, ¿es realmente esa la pregunta que debiéramos hacernos frente a esos hechos de violencia?

Tenemos el país donde en 2018 cada día se asesina a, al menos, 80 personas. ¿Qué son cuatro más en esa escalada? O dicho de otra manera, ¿si no me duelen 80, por qué me iban a doler uno o tres? Si la respuesta es que no es lo mismo esa realidad que una parte de la misma ocurriendo en tiempo real a escasos metros de ti, pues sigue siendo endeble la premisa. ¿Dónde creerán quienes así cuestionan que ocurren las otras muertes si no en eso que llamamos territorio nacional o, cediendo al espíritu del mes, en la patria?

Qué severos somos frente a los comensales y fiesteros cuando al mismo tiempo pasamos las páginas de la realidad sin detenernos en los asesinados de cada día, en las víctimas de tanta violencia.

Quizá ello ocurra porque la dimensión de la tragedia humanitaria que vivimos hace más de diez años nos resulta de tal forma insoportable que hemos decidido que alguien más la cargue por nosotros. De ahí tantas expresiones de “alivio” por el encuentro entre Andrés Manuel López Obrador y varias víctimas el viernes pasado.

Qué bueno que el presidente electo vio a los que buscan a sus hijas o esposos, a sus padres o hermanos. Qué alivio que él se encargará de ese problema. Qué respiro que semejante tarea sea del próximo mandatario y no de la sociedad. No, señora, no se le vaya a ocurrir hincarse frente a mí implorando ayuda o solidaridad, vaya con AMLO, llévele a él su dolor, a mí por qué; señor, no se me vaya a desmayar aquí enfrente con sus ruegos de humanidad por el dolor quemante que le atraviesa carne y espíritu, lleve sus palabras a quien gobernará, no a quienes no queremos dejar de comer y beber, a quienes no queremos ver a los decenas de miles de desaparecidos de nuestro entorno.

Esa fonda y Garibaldi tienen en común que nos representan. No son imágenes de algo distante, son espejos. Qué más da que se mueran a tus pies, a seis barrios de distancia o a tres horas y media de avión. Los matan, los desaparecen, los violentan ante la monumental pasividad de una sociedad cómplice que cree que con ir a las urnas de vez en vez se gradúa de ciudadanía.

Hagámonos preguntas sobre la fonda y sobre lo de Garibaldi. Pero hagámoslas en primera persona: cuándo fue que me convertí en cómplice de la barbarie que somos.

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