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¿Qué pasa en el Estado de México?


Texto original por Sin Embargo

Niñas que dibujan estrellitas en sus cuadernos, muchachitas que postean sus selfies en Facebook, con sus uniformes de secundaria. Chavitas que sufren con los exámenes extraordinarios y pasan horas al teléfono con las amigas, entre risitas y cotilleos; que aprenden de sus madres los quehaceres domésticos porque en su mundo a las mujeres eso es lo que les toca”, así empieza Blanche Petrich su prólogo. Lydiette Carrión ha hecho otra investigación tremenda y necesaria en La fosa de agua.

SinEmbargo publica un capítulo y el prólogo de este libro –en acuerdo con la editorial– a propósito de su lanzamiento, que coincide con los últimos acontecimientos en Ecatepec, en donde una pareja recientemente detenida confesó haber asesinado a al menos diez mujeres.

Este libro documenta las desapariciones de al menos diez adolescentes – todas estudiantes, con el futuro por delante- en la zona de Ecatepec y Los Reyes Tecámac, en el Estado de México. Lydiette Carrión narra con vértigo la odisea de los padres para encontrar a sus hijas; la precariedad de las investigaciones, realizadas por un sistema policiaco laberíntico, corrupto, criminal y altamente ineficaz, y la estigmatización que sufren las víctimas aún en la muerte.

Al final, las autoridades vincularon varias de las desapariciones a Erick Sanjuán Palafox, alias “el Mili”, y sus cómplices, capturados en 2014 y acusados de feminicidio y narcomenudeo tras un proceso lleno de irregularidades.

Aunque este caso confirmó, por la juventud de los victimarios y la brutalidad con que violentaron a la única joven de la que se ha podido esclarecer con certeza su destino, que estamos ante una crisis humanitaria de grandes proporciones, muchas dudas aún prevalecen: ¿cuántas de las desapariciones, de los feminicidios, pueden atribuirse a la banda del Mili?  ¿Será que este caso sacó a la luz la evidencia de un tipo de crimen organizado más sádico y voraz? ¿Quién está detrás de las desapariciones que todavía ocurren en la zona?

Las desapariciones en el río de Los Remedios. Foto: Especial

NOTA DE LA AUTORA: Cuando el poeta Juan Gelman se refirió a la desaparición de su hijo y nuera a manos de la dictadura argentina y a la posterior búsqueda de su nieta (dada en adopción ilegal por los ejecutores de sus padres), decía con insistencia que para los atenienses el antónimo del olvido no era la memoria, sino la verdad. Se refería a una verdad simple, no retórica. En este caso la verdad sería quiénes son las desaparecidas, quiénes se las llevaron, qué les hicieron y dónde están.

DESAPARECIDAS

 Cuando Bianca desapareció, el 8 de mayo de 2012, sus padres hicieron lo que suelen hacer todos los padres de jovencitas que se encuentran en la misma situación: buscar desesperadamente algún indicio en sus cuentas de correo y redes sociales, en particular en Facebook. Quizá llamó su atención una publicación de su hija poco más dos meses atrás, el 29 de febrero.

Bianca Edith Barrón Cedillo colgó en su muro la fotografía de una prueba de embarazo positiva y preguntó:

Que me dirias si te dijiera que estoy embarazadaa..??? Reecuueerdeen ees chooroo :)).

Un chico rapado por los costados de la cabeza, con la melena alborotada llena de gel y enormes gafas oscuras, respondió: MUXAZ FELICIDADEZ!!!!

Un joven de sonrisa dolorosa y collares de santería al cuello sostuvo: PUZ SI FUERA MIO LOS MANTENDRIA

en definithiva kon muxa trankilidad the diria esthas pen….. o k jujuy xoro amiwis solo the diria k kuentas kon yo para lo k kieras vale…

Otro chico agregó una recomendación: Asi q nnas quidnc…s mas facil q una mujer c quid q un hombre…

Y así, amigas y amigos de Facebook hicieron de la idea de un embarazo a los 14 años una fiesta de risas, sugerencias y coqueteos, hasta que la siguiente tardeada un chico captó la atención de Bianca —una adolescente de 14 años de Los Héroes Tecámac, Estado de México, que cursaba tercero de secundaria—. Los siguientes días continuó subiendo música, recados, pero, en particular, fotos, muchas selfies: en el espejo del baño, torciendo la boca como duckface, arrugando los labios. Aunque con ello, sin saberlo, Bianca arruinaba su rasgo más bonito, más característico: precisamente su boca, en especial su labio superior, delgado y sinuoso. Sólo algunas imágenes, tomadas en momentos familiares, la capturan en actitud relajada y muestran la cara de Bianca tal como era, con ese fino labio que la distinguía, el rostro lleno, redondo, la mirada altiva y penetrante, vivaz. Pero, por lo general, en casi todas las imágenes que más apreciaba Bianca, las selfies, las fotos grupales con amigas y amigos, a quienes llamaba hermanos —se llamaban hermanos entre todos—, ella uniformaba sus gestos con los de los demás, en posturas y actitudes que los adultos calificamos de absurdas. Esa insistencia que durante la juventud muchos tuvimos de mimetizar nuestras expresiones y nuestra belleza.

Los meses de marzo y abril de ese 2012 Bianca los pasó rompiendo y reconciliándose con su novio Eduardo, un chico de 17 años con quien llevaba un año de relación intermitente y que en los últimos tiempos oscilaba entre el drama y la euforia. Por aquellas fechas, Bianca escribió en su muro de Facebook:

Sii ME AMAS..??Porquee pttm mee laastiimas ttantoo..????

Desde febrero, Bianca le había asegurado a su mamá, Irish Elizabeth Cedillo, que habían terminado. Sí, Eduardo la había buscado de nuevo, pero ella ya no quería regresar con él. A sus mejores amigas, en cambio, les dijo que el chico la había engañado. Sin embargo, en una de las declaraciones ministeriales posteriores, Eduardo explicaría que en realidad rompieron el 6 de mayo por última vez. Incluso entonces él quiso restablecer la relación, pero ella le dijo que la ruptura era definitiva. Los motivos de Bianca no fueron los celos ni la infidelidad, sino otra explicación que emergería más adelante, en los procesos judiciales.

Dos días después, el martes 8 de mayo, a la hora de la comida, Bianca pidió permiso a su mamá para ir por la noche a la Macroplaza, a unos 15 minutos a pie desde su domicilio, para hablar con Eduardo.

—Que él venga aquí a la casa.

Bianca argumentó que prefería verlo en otro lugar y que, dado que Irish trabajaba ahí en la Macroplaza, y su turno terminaba a las 10 de la noche, podría esperarla y regresarían juntas.

—Pídele permiso a tu papá —atajó Irish antes de salir rumbo a su trabajo.

Como todas las tardes, Bianca pasó las horas después de la escuela en su casa, inmersa en Facebook y hablando por teléfono. Chateó con amigos y amigas. A una chica en particular, Neftalí, le aseguró que no regresaría con Lalo. Que estaba “solteriiiita”. Sin embargo, a Aylin sí le dijo que esa noche lo vería, y después a Cristian, un amigo suyo de segundo de secundaria. A las ocho de la noche, como el papá no llegaba, le llamó por teléfono. Pero no mencionó al exnovio.

—Papá, ¿me das permiso de ir a la Macroplaza con Aylin y Vane? Voy a comprarle un regalo a mi mamá para el 10 de mayo.

El señor Miguel Ángel accedió. Bianca se cambió de ropa, se peinó y se arregló, y le dijo adiós a su hermanito —un pequeño de nueve años, de cara redonda— antes de cerrar la puerta tras de sí.

 Se quedaron de ver frente a Coppel, una tienda de aparatos electrónicos, muebles y electrodomésticos localizada en la esquina de la Macroplaza, frente a la calle Bosques de Chapultepec, donde se halla el estacionamiento que a esas horas está vacío y sobre el cual altas luminarias desparraman una luz fría y fantasmal. Desde ahí se observan los baldíos que preceden la autopista México-Texcoco, el Circuito Exterior Mexiquense y el Río de los Remedios.

Eduardo llegó a las 8:30. Esperó alrededor de 15 o 20 minutos. En el lugar del encuentro no había nadie. Marcó al celular de Bianca, pero la llamada entró directamente al buzón. La esperó hasta las 9:30 de la noche, y cuando se convenció de que lo había plantado se fue.

A esa misma hora, desde una oficina administrativa en la Macroplaza, Irish le llamó a su hija —a quien creía ahí mismo en el centro comercial— para ponerse de acuerdo y regresar juntas. Pero, como le ocurrió a Eduardo, la llamada entró al buzón. Intentó cinco o seis veces más, hasta que terminó su turno de trabajo. Cerró la oficina y dio una vuelta por la Macroplaza, que a esa hora ya se hallaba casi vacía. Eran las 10:15 de la noche. Su hija no estaba. Pensó que tal vez había regresado por su cuenta. Probablemente se molestó con ella por no avisarle, por traer apagado el celular, por el último año en el que las calificaciones bajaron y porque se había vuelto respondona, rebelde.

Quizá, mientras la buscaba, Irish trató de encontrar el momento en el que las cosas se habían torcido. No fue tres años atrás, cuando la familia (ella, su esposo Miguel Ángel y sus dos hijos, Bianca y el pequeño) se mudó a Los Héroes Tecámac, para habitar un hogar propio por primera vez en la vida, lo cual coincidió con la entrada de Bianca a la secundaria. No, no fue eso: no fue el hecho de dejar las habitaciones que ocupaban en casa de la abuela paterna. Pero ciertamente vivir en Los Héroes Tecámac sí fue una inflexión de vida.

En aquel entonces Miguel pidió su crédito de Infonavit. Buscaron algo que pudieran comprar y se decidieron por una casita en la sección Bosques de Los Héroes Tecámac, un fraccionamiento de casas de interés social relativamente reciente (en aquellos años), cuya construcción estuvo a cargo de Grupo Sadasi. Las diferentes secciones de Los Héroes se fueron construyendo a lo largo de la primera década de los años 2000, durante la gestión de Arturo Montiel. Las secciones I, II, III y IV fueron las primeras en erigirse sobre lo que eran terrenos ejidales de los pobladores de Santo Tomás Chiconautla (dicen los antiguos ejidatarios que vendieron sus tierras por una bicoca), a un costado de la autopista que va a las pirámides. Luego, las secciones V y VI cubrieron los terrenos que se extendían al norte de la carretera Los Reyes-Texcoco.

Así, en muy pocos años, las tierras salitrosas de la región fueron transformadas en 2 millones 880 mil metros cuadrados de cemento. Allí se erigieron 18 mil viviendas de interés social, construidas con materiales veleidosos, muy reducidas, de unos 65 metros cuadrados cada una, y se trazaron múltiples avenidas análogas que se convierten en estrechas arterias de calles cerradas, idénticas también, que, pese a tener nombres como Bosques de México o Bosques de Polonia, lo que menos poseen son árboles y áreas verdes. Los viejos ejidos y campos de tierra salitrosa se transformaron en una ciudad dormitorio para mucha gente proveniente de los barrios bravos de la Ciudad de México (algunos hablan de muchos vecinos de la Guerrero, de Tepito, que huyeron buscando el sueño de los suburbios), de Ciudad Neza, de Chalco, del interior de la República. Muchos extraños juntos, vecinos forzados: 18 mil familias compartiendo poco menos de 3 mil metros cuadrados.

Mas, pese a la precariedad y el hacinamiento, como muchas otras familias, los Barrón Cedillo por primera vez eran dueños de su propia casa; por primera vez tenían un patrimonio que heredar a sus hijos.

Ese primer año de secundaria Bianca fue inscrita en el turno vespertino de una escuela cercana al hogar familiar, pero que tenía “mal ambiente”, según le habían comentado a Irish. A esto se sumó que en ese turno muchos jóvenes eran mayores que su hija.

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