Editoriales

Principal ganador de la caravana migrante: El crimen organizado


Por Oscar Balderas (The Huffpost)

En el centro de Tapachula, Chiapas, hay una pequeña embajada del infierno llamada Los Limones. Es una cantina sin personalidad que por las tardes y las noches está iluminada con luces neón, decorada con cartulinas fosforescentes que anuncian cerveza barata y ambientada con una rockola vieja y escandalosa. En las dos mesas que están al fondo del pequeño local, con manteles baratos agujerados por los cigarros, casi siempre se puede ver a una docena de mujeres bebiendo cerveza mientras esperan a los clientes que acuden a ese burdel disfrazado de botanera.

En Los Limones es difícil encontrar mexicanas; la mayoría son centroamericanas dispuestas a tener relaciones sexuales por 100 pesos que llegaron al país sin documentos migratorios entre 2016 y 2017. Hondureñas y salvadoreñas menores de 30 años, principalmente, quienes salieron de sus países con la determinación de llegar a Estados Unidos, pero que prefirieron no seguir el camino por miedo a los secuestros y feminicidios.

Ellas eligieron rendirse ante el crimen organizado y hacer trabajo sexual pagando una comisión a los delincuentes locales para que las dejan trabajar. La otra opción es atravesar México, donde más de 70 mil migrantes indocumentados han desaparecido, de acuerdo con la organización Movimiento Migrante Mesoamericano.

“Al menos aquí tengo trabajo y me protegen”, me contó Mitzy, en mayo de 2017, sobre sus razones para debutar, a los 25 años, como trabajadora sexual en Tapachula. “Del dinero que gano, me guardo un poco y otro lo mando a mi país. Otra parte hay que darla a los señores”.

La organización civil Pozo de Vida tiene clara la ecuación: si el crimen organizado suma un migrante desesperado por salir de su país más la parálisis que provoca México, el resultado es un cuerpo vulnerable al que se le pueden exprimir dividendos para encargar más droga, comprar más armas, corromper más autoridades. Un círculo vicioso que beneficia a los delincuentes.

“Todos saben que es un camino peligroso, pero nadie te ayuda. No cuentas con nadie. El mexicano sabe que eres migrante y te cierra las puertas, te deja dormir en las calles. Ni a un perro le haces eso… y así han secuestrado a muchas”, se lamentó Mitzy, quien hace tres años estuvo en el techo de La Bestia y que en 2016 fue deportada desde Estados Unidos a su natal Honduras.

No somos narcas, trabajamos para ellos, pero no somos malas. Yo nunca mataría a nadie ni pasaría droga, se lo juro. Lo hacemos porque no tenemos opciones: es eso o morirte de hambre, ¿cómo le hago, señor, si tengo dos hijos que alimentar en mi casa?”.

Cantinas como Los Limones son los únicos espacios donde los mexicanos las aceptan: trabajan desde las 2 de la tarde hasta la madrugada, casi siempre arriba de unos tacones prestados que les lastiman los tobillos. Duermen agotadas, despiertan con resaca, la vida se les agota consumiendo droga para aguantar las noches en desvelo y atendiendo a clientes envalentonados por la cerveza.

“Si yo supiera que puedo ir libre hacia Estados Unidos, lo haría, pero no hay apoyo, no hay seguridad, no hay nada…”, contó Mitzy, en uno de sus descansos en el jardín que está frente al palacio municipal de Tapachula. “Pero salí de mi país para sobrevivir, no para morir lejos de mi casa”.

Aquella tarde, después de despedirse y tomar una aspirina para aliviar la resaca, Mitzy regresó a trabajar. No tenía tiempo que perder: estaba ahorrando para sacar a su hermana menor del caserío donde nacieron y llevarla a Chiapas a trabajar. Tenía 16 años y ya la habían aceptado en Los Limones. Sólo faltaba incluirla en la siguiente caravana migrante.

Este lunes, miles han atravesado la frontera sur de México y se han establecido en Tapachula. Miles viajarán, otras se quedarán. Tal vez, en ese grupo de refugiadas, esté lahermana de Mitzy, lista para salvar su vida a cambio de empeñar su cuerpo al crimen organizado que maneja los burdeles.

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