Editoriales

La lógica del amigo/enemigo por Jacqueline Peschard


No cabe duda que son excesivas buena parte de las comisiones que cobran los bancos por los servicios que ofrecen a los usuarios en nuestro país. Resulta hasta ofensivo que los bancos extranjeros cobren bastante más aquí que en sus países de origen por tales servicios, y para muestra un botón: Citibanamex cobra 18 por ciento en EU y 33 en México, y BBVABancomer cobra 19 por ciento en España y 36 en nuestro país. Por supuesto que valdría la pena que las comisiones fueran revisadas con lupa por los reguladores para proteger a la población de los excesos de los grupos financieros, que en 2017, por dicho rubro, obtuvieron ganancias del orden de 108 mil millones de pesos. (El Financiero, 09-11-2018)

Si se hiciera una encuesta abierta sobre el tema, no me cabe la menor duda de que la mayoría de la población aplaudiría la iniciativa de reforma legal que el jueves pasado presentó el líder de Morena en el Senado para eliminar, sin más, dichas comisiones que se fijan por retrasarse en el pago de las deudas, por disponer en efectivo con tarjeta de crédito, o por reposición de tarjeta extraviada o robada, entre otros servicios. A pesar de la popularidad que suscitaría la medida propuesta, de inmediato las acciones bancarias se desplomaron, arrastrando una caída del 6.0 por ciento de la Bolsa Mexicana de Valores (BMV), por la incertidumbre que provocó. Por ello, Carlos Urzúa, el futuro secretario de Hacienda, tuvo que salir al rescate con un comunicado para convocar a analizar su impacto sobre la estabilidad financiera del país, enfatizando que se respetaría la autonomía del Banco de México (Banxico), que es el organismo regulador de dichas comisiones.

En mi opinión, la iniciativa de Ricardo Monreal tenía dos objetivos, por un lado atraerse el respaldo de las clases medias del país, que son quienes más padecen los elevados cobros de los servicios bancarios, y por otro, ganarse el lugar central de abanderado del discurso polarizador de AMLO, que insiste en la confrontación entre buenos y malos, pobres y ricos, los que están con él y los que están en contra de la cuarta transformación, y ahora entre banqueros y población. El énfasis en esta dualidad recuerda la lógica del amigo/enemigo desarrollada por Carl Schmitt en los años 30 del siglo XX para enfatizar que la esencia de la política es el antagonismo, donde no hay lugar ni para la tolerancia o el dialogo, ni para la interlocución con el adversario, al que no se le reconoce como tal, justamente porque es el enemigo a vencer.

Lanzar la iniciativa fue una ocurrencia, permitida por el discurso de polarización imperante, pues no se consultó a los responsables de las finanzas públicas ni a los expertos en la materia ni siquiera se sometió a la consideración del propio equipo de transición de López Obrador. Esto es una muestra de los riesgos de un liderazgo fuertemente personalizado y vertical, que al insistir en la confrontación, invita a que sus seguidores, deseosos de ganarse su aplauso, se afanen en replicar el discurso del “enemigo sustancial”, sin medir las consecuencias políticas y económicas del mismo. El propio López Obrador, consciente de la tensión financiera que había provocado la iniciativa de Monreal, se vio obligado a acotar al líder de su movimiento en el Senado.

El tema de las comisiones bancarias merece una revisión detallada, pues hay cobros que ciertamente deberían desaparecer como el de reposición de una tarjeta robada y denunciada, pero existen otros que quizás habría que mantener, como el de no pagar a tiempo, aunque analizando los montos asignados. Los involucrados tendrían que ser consultados.

Una parte importante de los 30 millones de votos que respaldaron a AMLO lo hicieron porque su liderazgo capitalizó con credibilidad el repudio a la élite gobernante, empero la lógica del amigo/enemigo no deja lugar para posiciones intermedias, capaces de tender puentes entre flancos colocados como opuestos irreductibles. A escasas dos semanas de su toma de posesión, sería conveniente que nuestro próximo presidente constitucional dejara atrás el discurso de la dualidad, para ampliar los espacios de diálogo y reconciliación.

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