Editoriales

De la esperanza a la decepción alarmante por Enrique Cárdenas


Texto original: El Financiero

Las elecciones del 1 de julio pasado materializaron el hartazgo que millones de mexicanos sentían sobre el desempeño de los recientes gobiernos del país: la muerte e inseguridad desatada por la ausencia de Estado y la ‘guerra contra el crimen organizado’, la corrupción que inunda a todas las esferas de gobierno y de grupos privados coludidos con esos funcionarios, la impunidad en la que apenas el 1.0 por ciento de las denuncias terminan en sentencias, la polarización social y la persistencia de la pobreza y la desigualdad, entre otros muchos agravios.

La figura de Andrés Manuel López Obrador se alzó entonces como una alternativa de “cambio verdadero”, de voltear a ver a los pobres, de mirar a los ciudadanos y abrirlo a una pluralidad, de promover la prosperidad dentro de la ley, de impulsar la democracia. Además de sus seguidores sempiternos, sumó a millones de mexicanos desencantados con los partidos políticos, con la incongruencia de la clase política y con la búsqueda de que alguien realmente luchara contra la corrupción. Esa esperanza se empañaba por mensajes de cierta inconsistencia y de “mandatos populares” para derogar las reformas educativa y energética, con las cuales esos grupos no coincidían con AMLO, pero que entraban en el paquete. Es decir, no se estaba de acuerdo en todo, pero había coincidencias con él respecto de agravios profundos, como la inseguridad, la corrupción y la persistencia de la pobreza y la desigualdad. Había esperanza en que AMLO representaba un cambio más positivo que negativo, y que las premoniciones de algunos sobre sus inclinaciones autoritarias y antidemocráticas y su “desconfianza de las instituciones”, terminarían finalmente siendo moderadas.

Sus decisiones como presidente electo han sido, a mi parecer, en balance, negativas. Es cierto que ha nombrado personas destacadas en puestos importantes en las secretarías de Hacienda, Educación, Relaciones Exteriores, Gobernación y en la Oficina de Presidencia. Pero también es cierto que son las personas que menos escucha, a juzgar por la sustancia de las decisiones que ha tomado. Por ejemplo, el equipo económico parece no haber sido escuchado en el tema de la cancelación del aeropuerto, o en su insistencia de construir una refinería, o en las presiones de que han sido objeto los presidentes de los órganos reguladores en el área energética.

Por el contrario, quienes están llevando la agenda política tienen el oído de AMLO: el Censo del Bienestar (que no debería ser de índole política pero lo han convertido en tal) para crear una clientela partidista de millones de personas, en la creación y designación de los superdelegados con un fin similar, en la naturaleza y fin de las ‘consultas’ que incumplen con los mínimos requisitos democráticos, entre otros temas.

¿De dónde viene mi decepción? En primer lugar, porque le ha dado preeminencia a su objetivo político de ganar ‘popularidad’ a costa del bienestar de millones de personas. Tal es el caso de la decisión de la cancelación del aeropuerto que he expresado en este espacio, que ya comenzó a tener consecuencias nefastas. En segundo lugar, porque una serie de principios básicos de la democracia se están trastocando, como pretender una democracia participativa a través de preguntarle a la población mediante ‘consultas’ absolutamente a modo para determinar lo ya decidido, o bien a través del asedio presupuestal y político a las instituciones que están diseñadas (como en cualquier parte del mundo) para acotar el poder del Ejecutivo y Legislativo. Sólo basta observar el acoso a los órganos constitucionales autónomos que estamos empezando a ver. También por el evidente pacto de impunidad que AMLO trabó con el gobierno saliente, a cambio de no sabemos qué, y por la lucha discrecional contra los corruptos, según quien sea (considere la inclusión de personajes en su grupo y hasta en el Congreso que se han caracterizado por su corrupción). Se percibe que las instituciones serán utilizadas para fines personales o políticos y no para lo que deben de funcionar. Y por supuesto por una serie de mentiras flagrantes que ha dicho en los últimos meses, incluidas sus promesas rotas a grupos empresariales, el llamar “democrática” a la consulta sobre el aeropuerto.

No es que muchos de estos problemas estuvieran ausentes en el pasado y que criticamos fuertemente. Precisamente por eso existía y existe el enorme hartazgo de la sociedad. Más bien la decepción ocurre porque se esperaba que mucho de esta problemática iba a solucionarse y no se ve que vaya a ocurrir. Ya nos adelantó que hará una ‘consulta’ igual a la anterior para muchos proyectos, y anunció ayer la cuasi militarización del país. Y de ahí viene lo alarmante. Probablemente los problemas empeoren todavía más. Es cierto, probablemente se gane en algunos terrenos, ojalá. Pero el costo de lograrlo se aprecia como demasiado elevado: autoritarismo, destrucción de instituciones, erosión de derechos ciudadanos, avasallamiento de una sola fuerza política diseñada para perpetuarse. Me encantaría equivocarme.

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