El feminicidio: ¿En el hogar?


Por Oscar Balderas (The Huffpost)

A ver si así se contiene la ola de asesinatos con el sello de la mafia que golpea a este pequeño pueblo de menos de 100 kilómetros cuadrados. A ver si así alguien resuelve una incógnita que se pasea por el municipio: ¿por qué contra ellas?

Dicen los cronistas del crimen organizado en México que, en el pasado, los cárteles y sus líderes tenían reglas de conducta. Eran una especie de códigos de honor. Un retorcido reglamento con el que operaban sus negocios ilícitos: el cártel no vende drogas a niños, apoya a las comunidades, no se mete contra el gobierno federal. Una regla, por encima de otras, parecía ser de oro y la más importante de todas: las mujeres –y la familia—de los rivales no se tocan.

Esa norma ya no existe. Si hubiera que ubicar el momento en que ese código se echó por la borda, se podría marcar el año 1989, cuando Miguel Ángel Félix Gallardo, jefe máximo del Cártel de Guadalajara, arremetió contra Héctor “El Güero” Palma, socio del Chapo Guzmán, por el robo de un cargamento. En aquel año, Félix Gallardo ordenó, como castigo, el asesinato de la esposa de su subalterno, Guadalupe Lejía, y que su cabeza le fuera enviada al Güero en una hielera hasta la puerta de su casa. Días más tarde, los hijos del Güero, de cuatro y cinco años de edad, fueron aventados al vacío desde un puente de más de 150 metros de alto.

El homicidio de esa familia abriría una puerta que 30 años más tarde no se puede cerrar. Desde entonces, ese estatuto mafioso se cayó y esposas, madres, hijas, nietas, amantes, se volvieron blanco del crimen organizado. El fenómeno se acrecentó en 2006, cuando comenzó la llamada “guerra contra el narco” y el reacomodo de los cárteles en el territorio nacional enlutó al país.

La Organización de las Naciones Unidas le llama “feminicidio por pertenencia del contrario o del enemigo”. Generalmente, el feminicidio ocurre por dos motivos: el victimario ve a la mujer como objeto sexual o la va como posesión. Pero en contextos de conflictos armados, como una guerra, suele aparecer un tercer motivo: el victimario ve a la mujer como una posesión del contrario que hay que atacar para dañarlo o vencerlo.

Este tercer tipo de feminicidio tiene características muy concretas: el empleo de una gran violencia para causar la muerte, cometer el asesinato en la casa familiar o abandonar los cuerpos cerca del hogar, dejar mensajes explícitos en el cuerpo o manipular los cadáveres para ridiculizar a la víctima o su familia.

En el caso de Rosa N. y Rosa C., hija y madre asesinadas en Puebla, se cumplen algunas condiciones para suponer que su homicidio, en un contexto de disputa por el municipio por parte de los cárteles de las drogas, se trataría de un “feminicidio por pertenencia del enemigo”.

El concepto creado por ONU Mujeres había sido poco usado en el país, pero revivió en el debate público a principios de este año, cuando la geofísica e investigadora de feminicidios María Salguero lo reusó para explicar la correlación entre el aumento de homicidios de mujeres y las zonas donde operan las bandas dedicadas al robo de combustible.

Según la investigación de María Salguero, los grupos huachicoleros provocaron en Guanajuato que, en un año, los homicidios de mujeres pasaran de 171 a 326. La disputa entre los dos cárteles que se disputan ese negocio ilícito –el Cártel Jalisco Nueva Generación y el Cártel Santa Rosa de Lima—convirtieron a las mujeres en un flanco abierto.

“La pugna por el huachicol es una guerra que afecta directamente la vida de las mujeres.Cuando se grafican estos asesinados en un mapa de ductos de Pemex, uno encuentra que donde hay más posibilidad de ser víctima de feminicidio a medida que una se ubica cerca de los ductos donde se roba el combustible”, contó la activista al HuffPost México.

Sin embargo, reconoció, no se trata de un crimen exclusivo de los huachicoleros. En los últimos años, este feminicidio ha crecido en distintas zonas del país, según el delito más común entre los grupos delictivos.

“Por ejemplo, en Zacatecas, aparecen ‘feminicidios por pertenencia del enemigo’ que parecen estar relacionados con el negocio del robo en carreteras, un delito muy importante en la zona porque esos caminos son los que conectan a las personas y mercancías con la frontera con Estados Unidos”.

Aparece también en Morelos, donde Selene Esmeralda N., de 29 años, fue asesinada en Zacatepec en septiembre de 2018 por ser la supuesta novia de un líder del Cártel Jalisco Nueva Generación en la entidad. Y sucede en Veracruz, donde Valeria N., de 22, hija de la diputada federal Carmen Medel, fue asesinada en Ciudad Mendoza en noviembre del año pasado por una supuesta confusión con una mujer vinculada a un miembro de Los Zetas.

Pasa en Guerrero por la disputa del negocio de la extorsión a comerciantes. En Chiapas por el control de los migrantes. En Baja California por la venta de droga. En Tamaulipas por la trata de personas.

“¿Cuántos de los feminicidios en México, exactamente, son feminicidios por pertenencia del enemigo? Hasta ahora es imposible saberlo, no hay una clasificación concreta para estos casos”, aseguró María Salguero. “Pero definitivamente es algo que está creciendo y que aparece en las gráficas del feminicidio: cuando el crimen organizado disputa una zona, las mujeres sufren con mayor intensidad“.

Las cifras del Sistema Nacional de Seguridad Pública concuerdan: la creciente violencia en el país durante los últimos tres años también acompaña a un crecimiento en los feminicidios. En 2016, hubo 584. En 2017, creció a 735. En 2018, se disparó a 834.

En 2019, estarán, al menos, dos casos más, en la columna de homicidios o de feminicidios, según el criterio de las autoridades locales: los de Rosa N. y Rosa C., hija y madre que murieron el mismo día.

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