Médicos: Acoso y suicidio


Por Ixtaro Arteta (Animal Político)

El Doctor N recuerda el infierno que fue su primer año como residente en Urología del Centro Médico Siglo XXI, Ciudad de México. Gritos, insultos, castigos, pastillas para no dormir y para no ir al baño porque le decían que no tenía derecho a hacerlo. Un trato que lo sumió en una depresión profunda, que él denunció pero fue ignorado por autoridades educativas, médicas e incluso la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México (CDHDF). Hasta que intentó suicidarse.

Su historia no es un caso extremo y único. Estudiantes de Medicina con cuadros de depresión y ataques de ansiedad son algo generalizado por el maltrato y hostigamiento del que son víctimas en los primeros años de la residencia, una situación tolerada y fomentada por residentes de mayor rango y por los médicos adscritos, denuncia la Asamblea Nacional de Médicos Residentes (ANMR).

Además, cuando alguien llega a presentar una queja formal, es desestimada o ignorada, y en algunos casos la solución que se ofrece a la víctima es cambiarla de sede, mientras que sus acosadores permanecen impunes en sus puestos.

La Asamblea tiene documentados al menos 10 casos de acoso, actuales, en distintos estados del país, dependientes de diferentes instituciones de salud, que han llevado a quejas ante el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), instituciones educativas como la UNAM, y Comisiones de Derechos Humanos Nacional o locales, sin que alguna haya tenido consecuencias.

Animal Político habló con tres víctimas que contaron lo que han vivido como médicos residentes.

 Castigos, derechos anulados y obligaciones extracurriculares

Ahora ya puede hablar de lo que le pasó. Hasta hace unos meses, el Doctor N lloraba reviviendo las situaciones que lo llevaron casi a la muerte.

Desde que entró como residente de segundo año (R2) a Centro Médico, no pudo salir en una semana, entre castigos y guardias que le impusieron, sin bañarse, comer o descansar. Les decían que por ser los nuevos no tenían derecho a usar el elevador, ni a sentarse.

Como no les daban tiempo para comer, las enfermeras se volvían su cómplice y le vendían sándwiches que dejaban escondido en un punto para que pudiera recogerlo. Se metía al baño a comérselo rápidamente sentado en la taza, porque si se tardaba vendría un regaño. Una vez que detectaron en su aliento y en sus manos que había comido, lo regañaron.

Para no dormirse después de guardias de toda la noche impuestas por castigo, tomaba metilfenidato, un medicamento con el que se tratan trastornos del sueño. También tomaba pastillas para no ir al baño.

Cuando se acercaba el fin de semana, evitaba decir que tenía algún plan de ver a su familia o a su novia, porque si lo hacía de inmediato le imponían alguna guardia o lo “guardaban”, como le dicen a dejarlos en el hospital castigados.

Los estudiantes de medicina viven como en jerarquías militares. Los R2 le reportan a los R3, y estos a los R4. Cada superior puede exigirle al inferior, y en esa lógica se cometen los abusos contra los de menor rango.

Al Doctor N le imponían obligaciones como llegar en la mañana a preguntarle a cada residente mayor qué quería desayunar e ir a comprárselo, con su dinero, pese a que un residente solo recibe 6 mil 500 pesos quincenales. Un compañero suyo incluso tuvo una vez que ir a un bar de madrugada porque un superior le exigió ir a pagarle la cuenta de lo que había bebido, si no sería castigado.

Si cometía un error en una nota médica, lo castigaban con escribir esa misma nota 10 veces en máquina de escribir, o apuntes que se hacen a mano sobre signos vitales de los pacientes,  pasarlos a máquina y de todos los pacientes del piso, aunque no le correspondieran. Incluso por una falta ortográfica se la rompían en la cara y tenía que volverla a hacer.

También le aventaban a la cara las carpetas metálicas donde se guardan los expedientes, le gritaban e insultaban.

Pensaba que tenía que aguantar, que era una residencia y era su futuro, y renunciar sería defraudar a su familia. Pero lloraba y se sentía mal todo el tiempo.

Hasta que después de unos meses y presionado porque su papá se enfermó, el Doctor N cayó en una depresión tan profunda que trató de suicidarse con pastillas.

Su casera lo encontró tirado en su departamento. Estuvo tres días inconsciente. Cuando despertó, lo dejaron tres semanas hospitalizado en un psiquiátrico y dos semanas de incapacidad en su casa. Empezó a tomar tratamiento médico y terapia psicológica.

Con el escándalo por el intento de suicidio, la UNAM intervino y castigó al servicio de Urología con no enviar a nuevos residentes hasta que mejoraran sus prácticas. Así, en todo 2018 no hubo R2s.

En ese tiempo, asegura que sí vio mejorar la situación y que han cambiado los abusos contra los nuevos residentes.

Pero él regresó a sus estudios lleno de vergüenza, señalado por haber difamado a un hospital tan reconocido. Acusa que los doctores jefes en Urología, han seguido con el acoso, ya que a veces le impiden presentar a los pacientes que atiende, entrar a quirófano, o le ponen malas calificaciones injustificadamente.

 Cómo acaba en el psiquiátrico una estudiante de psiquiatría

La doctora Xóchitl (nombre cambiado para preservar su identidad) obtuvo uno de los mejores resultados de su generación en el Examen Nacional de Aspirantes a Residencias Médicas (ENARM) y logró entrar a la Unidad de Psiquiatría del Centro Médico Siglo XXI. No se imaginaba que ese paso en su carrera la iba a llevar a ser hospitalizada en un psiquiátrico meses después.

En mayo de este año, una carta anónima denunciando irregularidades y trato diferenciado a los estudiantes despertó el enojo de la jefa de unidad. Xóchitl se vio afectada por un cambio en su programa académico, así que cuando cuestionó abiertamente a la jefa, empezó un acoso selectivo contra ella.

Al llegar el periodo de vacaciones, cuando ya había salido de la ciudad, se enteró por un compañero que la encargada había decidido cancelárselo, y días después recibió una llamada del servicio central de Centro Médico amenazando con darla de baja si no se presentaba. Pero ella insistió en que tenía derecho a tomar sus vacaciones.

Cuenta que entonces la doctora empezó a hablar con el resto de sus compañeros, a decir que ella tenía trastornos psiquiátricos e incluso buscó a su pareja para pedirle que la hiciera “entrar en razón”.

Xóchitl se quejó ante las autoridades y le dijeron que no se preocupara porque iban a investigar, pero al regresar de las vacaciones, la situación se volvió mucho peor. La doctora le gritaba, la corría de su consultorio, le ponía tareas específicas durante sus horas de clase y después la regañaba por no haberse presentado.

La residente empezó a tener ataques de pánico. Le angustiaba despertar y pensar en que tenía que ir al hospital, ver a su acosadora y a otros residentes mayores que también la maltrataban o miraban mal, y empezó a ausentarse. Lloraba a escondidas. Se sentía culpable por todo.

Sus compañeros le decían que aguantara, que no se quejara, porque la doctora siempre es así, y porque sabían que dos años antes hubo un residente que llevó su queja a las autoridades y a la Comisión de Derechos humanos, pero después le fue peor.

Empezó a pensar en renunciar a la residencia y, por lo tanto, a su carrera como psiquiatra. Eso, además de depresión, le despertó pensamientos suicidas.

Su familia y amigos la convencieron de seguir adelante, pero un día, la doctora de plano la empujó fuera de su consultorio. Xóchitl se encerró en un baño y no pudo dejar de llorar en hora y media.

Buscó apoyo en el sindicato para ir a denunciarla a la dirección de Enseñanza. La respuesta fue que ella tenía la culpa porque sus quejas ya estaban metiendo en problemas a la doctora.

El caso escaló hasta que la reunieron con el subdirector médico de Centro Médico. Llorando, en medio de un nuevo ataque de pánico, el directivo le dijo que no podía ponerse así si estudiaba psiquiatría.

“¿Entonces ningún médico puede enfermarse porque es médico?”, recuerda Xóchitl que le preguntó indignada.

El acoso de la doctora siguió e incluso un día, tratando el tema del suicidio, dijo frente a ella que algunas personas mejor sí deberían tomar ese camino.

Xóchitl se quebró. Fue a valoración psiquiátrica y el doctor le dijo que no podía dejarla ir porque estaba ya muy mal y había riesgo de que intentara suicidarse.

Así se quedó dos semanas internada en un hospital psiquiátrico en agosto pasado.

Su familia fue a hablar con los responsables médicos y académicos, con la UNAM (quien expide los títulos al final de las residencias en Centro Médico), y en todos lados les cerraron la puerta. Los pocos compañeros que se atrevieron a apoyar la denuncia de Xóchitl fueron amenazados con ser cambiados de sede por “problemáticos”.

Ni así paró el acoso. La doctora obtuvo ilegalmente expediente médico de Xóchitl y otros residentes de mayor grado lo divulgaron en redes sociales.

Hasta que intervino la Asamblea Nacional de Médicos Residentes, organización creada este año, y dio publicidad al caso, el Centro Médico respondió argumentando que sus autoridades no estaban enteradas.

Le ofrecieron una disculpa a Xóchitl e hicieron modificaciones en los programas, ajustándose a lo que indica la normativa. A ella le ofrecieron cambiarse de sede, pero no aceptó porque se ganó su lugar en este hospital y cree que no tendría por qué irse a otro.

Sigue en tratamiento y ya ha mejorado de la depresión, pero todavía tiene ataques de pánico. Ve cómo sus otros compañeros amenazados tienen síntomas de ansiedad y sabe que es vista como “apestada”.

Lo que más coraje le da es que con la jefa de unidad de Psiquiatría no pasó nada.

Problemas de salud mental que llevan al suicidio

Carmen García está actualmente de incapacidad en casa de sus papás, en el Estado de México, después de ser ingresada tres veces en psiquiatría en solo dos meses, la última por un intento de suicidio que ni siquiera recuerda bien.

No sabe si cuando sea dada de alta podrá continuar con su carrera como médica de urgencias, porque justo lo que la llevó a una crisis de depresión fue el acoso que sufre en el Hospital General de Querétaro, por el que incluso le quitaron un examen acusándola de copiar y le dijeron que reprobó el extraordinario, sin mostrarle el examen o la justificación para esa calificación, que provocaría su expulsión de la residencia.

A sus 33 años, Carmen nunca antes había tenido problemas de salud mental. La depresión empezó con el maltrato cuando era R1. Aunque cuando pasó a segundo año y la propia jefa del servicio de Urgencias dijo que ahora le tocaba sufrir a los de primero, el acoso contra ella siguió.

Al reconocer que estaba mal, empezó a ir al psiquiatra. También empezó a quejarse ante autoridades del hospital, en redes sociales, en Derechos Humanos. Entonces obligaron a sus compañeros a firmar un oficio respaldando a las doctoras del Servicio y desmintiendo a Carmen.

La mandaron a Medicina del Trabajo para hacer una investigación. Tenía una rotación programada a la Ciudad de México y una doctora le dijo que iba a haber un resultado favorable para ella. Pero a los días tuvo que regresarse porque el Hospital de Querétaro informó que había reprobado un examen y sería expulsada. Entonces Carmen volvió a ver a los de Medicina de Trabajo y le dijeron que la investigación había salido limpia y no había nada que castigar.

La acusaron de filtrar los datos del resultado de laboratorio de un compañero, aunque no se lo pudieron comprobar.

No pudo más. En agosto tuvo su primer ingreso al psiquiátrico. Apenas salió, tuvo una recaída, y después, a finales de septiembre, intentó suicidarse.

“Perdí el juicio, la razón. No era yo”, cuenta.

Le dieron terapia electroconvulsiva porque seguía con ideas suicidas, una técnica de choques eléctricos para tratar la depresión severa, y que provoca pérdida de memoria.

Apenas salió del psiquiátrico el 14 de octubre y está tratando de entender qué fue lo que le pasó. Revisó los chats en los que estaba con otros residentes y de los que ya la sacaron, en los que corrieron las acusaciones en su contra y los temores por amenazas si la apoyaban.

Lo único que Carmen quiere es ser cambiada de sede para no tener que volver a ver a las jefas que la han acosado, y seguir adelante con su terapia para recuperarse.

 Una exigencia generalizada

La Asamblea Nacional de Médicos Residentes quiere que el tema del acoso y la salud mental de los doctores en formación deje de ser un tabú para las autoridades y que realmente se le ponga atención, ya que por décadas se ha perpetuado el abuso.

“En el aspecto psiquiátrico los rangos de prevalencia para depresión y ansiedad son mayores a los de la población general. Los reportes en unidades médicas del IMSS en UMAE (Unidades Médicas de Alta Especialidad) van del 25 al 79.6% para depresión, y de 39 a 69.9% para ansiedad, con una mayor prevalencia en residentes de segundo año”, reporta la organización en una carta.

Citan un estudio que publicó el propio IMSS en su revista médica en 2017, hecho en un hospital de pediatría, donde de 137 residentes, 32% reportó abiertamente haber sufrido acoso, pero 82.4% lo reconoció en el cuestionario dirigido, lo que demuestra que muchos perciben ciertas conductas como normales dentro de su formación.

La Asamblea ha elaborado cuatro propuestas para el sistema de residencias: primero que se establezcan valoraciones periódicas y obligatorias del estado clínico de los médicos residentes, tanto físicas, ya que sufren sedentarismo y malos hábitos alimenticios, como psiquiátricas, ya la ansiedad y depresión son habituales en los estudiantes.

En segundo lugar, que se promuevan ambientes laborales sanos entre médicos residentes y adscritos (los que ya tienen plaza), se establezcan políticas de selección más rigurosas elegir a quienes van a desempeñar cargos de administración educativa y gestión de los médicos residentes, apegados estrictamente a la normativa expuesta por las universidades que avalan los cursos de especialidad.

Establecer canales confiables y comprometidos a atender las denuncias de los médicos residentes, mediante instancias descentralizadas del hospital sede, para que no haya conflictos de intereses. Además, que las resoluciones  sean rápidas, ya que en todos los casos que han documentado hasta ahora, no solo no ha habido soluciones, sino respuestas amenazantes para quien se atreve a denunciar.

Por último, esclarecer la condición jurídico-laboral del médico residente, ya que en el caso del IMSS, su contrato es un apéndice del contrato colectivo de trabajo que los pone como becarios y no les da garantías de trabajadores, por lo que incluso el sindicato se ha desentendido de casos de acoso laboral, igual que las universidades, que no los tienen de estudiantes dentro de sus instalaciones.

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