¿Año de Hidalgo en la UV?


Por Miguel Angel Casillas Alvarado (La Jornada)

Durante años nos tuvieron en la inopia. Bajo el argumento de las deudas de los gobiernos anteriores con la Universidad, muchos edificios y obras se detuvieron y quedaron inconclusas; el mantenimiento cotidiano se contrajo y el gasto estuvo muy restringido. Como regalo de reyes magos, el arranque del 2020 se caracteriza por una fiebre desatada de inversión, gasto en infraestructura y mantenimiento de edificios universitarios. Están gastando millones de modo acelerado.

Sin responder a ninguna planeación, sin diagnóstico ni valoración de los problemas específicos de los campus, sin consideración ni consulta con la comunidad se están realizando decenas de obras, unas muy necesarias y otras completamente inútiles. La administración universitaria ha decidido de modo arbitrario cambiar pisos y ventanas, pintar edificios, arreglar algunos techos, construir bardas y rejas entre otras cuestiones. Eso estaría muy bien si respondiera a un programa de mantenimiento planificado y estructurado, o a un diagnóstico específico para determinar cuáles son las necesidades reales de cada edificio o en cada campus, pero no, ni se les ocurrió. Alguien decidió que había que cambiar las ventanas aunque fueran nuevas, que había que pintar todo un edificio que se había inaugurado hacía pocos años y estaba en buenas condiciones, o que habría que poner una reja enorme sobre un muro de piedra que ya mide más de dos metros de altura. Insólito. A nadie se le ocurrió preguntar cuáles eran las necesidades sentidas, dónde estaban las goteras o dónde fallaba la red de internet.

Como frecuentemente sucede con la administración universitaria, este gasto no consideró a los académicos ni a los estudiantes, ni las necesidades académicas. No se consultó con las comunidades, ni con las autoridades de las facultades el plan de obras; la información se da a cuenta gotas y las comunidades están a merced de contratistas e ingenieros de obras que desconocen completamente las prácticas cotidianas y el contenido de la vida universitaria. Van a cambiar pisos y ventanas pero desconocen que el problema más sentido de la comunidad es la insuficiencia de la red wifi; gastan millones en rejas y dejan en el abandono a las bibliotecas; se consumen cientos de litros de pintura, pero no advierten que son prioritarios los comedores estudiantiles.

Sin diagnóstico ni planeación se toman decisiones precipitadas, eso conduce a la ineficiencia en el gasto. Pero peor es que se tomen decisiones de modo arbitrario, sin conocimiento de los problemas reales de las comunidades y sin su consulta. Una vez más, el poder burocrático que gobierna la Universidad muestra su verdadera naturaleza, desconoce la vida académica, desprecia a quienes le dan sentido a su propia existencia, a los académicos y a los estudiantes que son el fundamento y el sentido de la Universidad.

La decisión fue precipitada y sin un sentido claro del calendario universitario: mientras que en diciembre las instalaciones estuvieron prácticamente vacías luego del fin del semestre y

durante el periodo vacacional, en enero, a un par de semanas de que comiencen los cursos y mientras cientos de profesores de tiempo completo se reincorporan al trabajo, la Universidad está tomada por albañiles, pintores y camiones, sus pasillos y salones llenos de costales, andamios, botes de pintura, el ambiente lleno de polvo y basura, pleno de martillazos, chiflidos y cumbias de los radios de los trabajadores. No tienen clemencia por nadie. Ni por los profesores que participan en un seminario de formación continua casi al aire libre, pues ocurre en un salón al que le han arrancado las ventanas, ni por los investigadores o los trabajadores administrativos que van diario a su trabajo. Es de tal grado la imposición, que muchos profesores comentan que podría tipificarse como violencia institucional.

En el viejo régimen, al sexto año de gobierno se le llamaba año de Hidalgo pues se gastaban millones de pesos en obras fantásticas que dejaban una enorme tajada para los funcionarios y las empresas contratadas. Ojalá y en la Universidad no se repliquen las viejas prácticas y se logre realizar un ejercicio del gasto sobre bases objetivas, licitaciones en orden y sobre todo con base en dos fundamentos: criterios académicos y decisiones colegiadas con amplia participación de la comunidad.

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