Hasta que pasó…


Por Salvador Camarena (El Financiero)

En México no pasa nada, hasta que pasa. El viejo aforismo renueva por estos días la plenitud de su vigencia. Y lo que ha ocurrido, no dejará de pasar.

La verdad es que las cosas de las que hemos estado hablando, con las que nos hemos emocionado domingo y lunes, ésas han venido ocurriendo desde hace muchos meses. Así que esto no nació la semana pasada, ni en este año, ni mucho menos con esta administración (y menos, a pesar del nervio paranoico del tabasqueño, en contraposición a la misma).

El movimiento feminista tiene fuerza inédita, quizá, pero razón de ser –por desgracia– añeja: la desigualdad y la violencia que padecen las mujeres de México es secular.

Pero esto que ha pasado en las últimas semanas conjuga muchos elementos, complejidades y sutilezas que desbordan medios y redes. Mas serán ellas –como ocurre desde hace semanas en tiempo real o en textos que resistirán el paso del tiempo– las que croniquen mejor que nadie estas luchas.

Los reclamos de las mujeres llevan décadas, pero cristalizan de forma inédita, a partir de las redes sociales, de la creatividad de académicas y activistas, y de un despertar masivo que quizá –igual y me equivoco– rompió una barrera sin retorno cuando miles de voces, en abril de 2016, contaron y denunciaron con el hashtag #MiPrimerAcoso el salvajismo que han padecido.

Fue una de las primeras caras de esta ola feminista de gran proporción y cuyas aguas atestiguamos en un paro sin precedentes, como el de este lunes, o en las marchas, igualmente nones, del domingo.

El término histórico se inaugura demasiado a menudo en México, pero quizá en esta ocasión sea apenas una definición justa para las decenas de miles de voces que en múltiples lugares de la nación manifestaron su hartazgo y demostraron su fuerza. Que se saben con la razón y que degustan el empoderamiento que han ganado.

En un país que entregó todo el liderazgo a un movimiento que, paradójicamente, se ha achicado ante el reclamo feminista, estas mujeres son las únicas que detectan que no hay tiempo qué perder, ni legitimidad en aquellos que les piden que aguarden a que otros, y no ellas, sean quienes definan los pasos a seguir.

Se ha dado un peculiar contraste. Decenas de miles gritan en las calles en demanda, antes que nada, de establecer la verdad que no se ha querido poner en el centro del debate: que lo que han padecido por su sola condición de género debería ser aborrecido por toda la nación, y que esa agenda ya no será más un tema ni de cada año ni de algunas dependencias satelitales de presupuestos raquíticos. Adiós a las cuotas y a las simulaciones.

El contraste es peculiar porque el titular del Ejecutivo cree que le reclaman a su gobierno. El mandatario que estaba llamado para grandes cosas no atina a comprender que, si lo advirtiera, le están regalando legitimidad e impulso.

Si comprendiera que la fuerza de ese movimiento debe ser atendida y conducida –sin tutelar ni sobajar–, López Obrador sumaría para su causa la grandeza de haber comprendido los tiempos que no eligió.

Pero AMLO, como cualquiera que adopte esa posición de que atestiguamos una expresión pasajera y acaso interesada, quedará exhibido por su cortedad de miras y raíz conservadora.

Apenas hemos visto unos primeros episodios de esta nueva ola feminista, que se conjuga en primera persona del femenino, y que no sólo no ha pasado, sino que va a seguir pasando. Y por una vez el gerundio es el mejor de los tiempos.

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