Anarquía a la mexicana


Por Raymundo Riva Palacio (El Financiero)

El tigre ya se soltó. No es el “México bronco” del que habló Jesús Reyes Heroles como secretario de Gobernación en el 61 aniversario de la Revolución Mexicana, en 1978, cuando dijo que la única vía para ejercer la justicia en México era completar la democracia política con la democracia social, y que no habría que despertar. Parece ser el tigre que representa las tácticas políticas y electorales del presidente Andrés Manuel López Obrador, confrontación permanente y división, que ante la falta de acotamientos a la violencia retórica, se ha trasladado a las calles.

Por ahora, en Guadalajara y la Ciudad de México, donde la democracia social, pregonada por López Obrador, se quiere imponer a la democracia política. Las fronteras están claras. La radicalización es lo que viene.

López Obrador se enfrentó con el gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, quien lo acusó de estar atrás del vandalismo del jueves en Guadalajara, tras socializarse la muerte del joven Giovanni, por parte de la policía. Alfaro dijo tener evidencias de ello, pero no las reveló. A lo que se refería, según una cuenta en Twitter que lo apoya, @LeonEconomista, fueron Alejandro Puerto, @ea_puerto, fundador de Morena en Jalisco, y Sofía Lameiro, @sofianosabia, militante de Morena, quienes incitaron a la violencia, lo que el primero niega. @LeonEconomista también publicó pantallazos @MorenaJalB3, que había publicado dos mensajes previos al ataque al Palacio de Gobierno en Guadalajara:

* “Hoy se dio a conocer a través del portal de noticias LatinUS que un policía municipal de Ixtlahuacán de los Membrillos asesinó a alguien extrajudicialmente, por no usar cubrebocas. Eso lo tenemos que aprovechar para posicionar en Twitter los HT: #AlfaroAsesino.

* “En los tuits no mencionen que el responsable fue un policía municipal, hagan énfasis en que se trató de la policía estatal. También aprovechemos el tema del ‘cubrebocas’, recordemos que Alfaro lo hizo de uso obligatorio. Por lo que es importante que también mencionen… que fue una medida autoritaria y provocó la muerte de Giovanni”.

La batalla en redes entre los equipos de López Obrador y Alfaro ha sido intensa. @LeonEconomista mostró fotografías de los que llamó “porros”, con la imagen de uno de los que supuestamente participó en la movilización contra la cervecera Constellation Brands en Mexicali, frente al portón del vandalizado Palacio de Gobierno. El ataque nacional contra Alfaro cayó en @Navegaciones, la cuenta de Pedro Miguel, a quien el Presidente identificó como uno de los periodistas que apoyan su proyecto, y el videógrafo, Epigmenio Ibarra.

La confrontación digital se trasladó a las calles. En la Ciudad de México se prolongó el viernes, aparentemente con el pretexto de una manifestación contra el asesinato de George Floyd, frente a la Embajada de Estados Unidos, que se movió a la representación del gobierno de Jalisco en Polanco. Ahí se desveló la verdadera naturaleza de la acción. Comenzaron a pintar fachadas y romper vidrios en edificios y comercios en esa colonia, focalizando en las avenidas Rubén Darío y Campos Elíseos, donde también viven y tienen negocios inmobiliarios algunos colaboradores cercanos al Presidente.

Lo que se ha vivido en esas dos ciudades es una anarquía, pero en su perfil polisémico, que describe un caos político –como usualmente se emplea–, y como forma de gobierno. ¿Es lo que estamos viendo pasar frente a nuestros ojos? Ciertamente no fue un caos político, porque no fue una acción desbordada –como en las protestas en Estados Unidos–, sino una acción dirigida contra objetivos específicos: Alfaro, el gobernador más contestatario frente a López Obrador, y contra propiedades en zonas de alto ingreso, que el Presidente llama adversarios, enemigos, y corruptos que se oponen a él porque quieren mantener los privilegios del pasado.

Bajo esta categoría de anarquía, lo que sucedió la semana pasada cobra más sentido. Políticamente se aprovechó una muy tardía reacción de Alfaro para responder por la muerte de Giovanni, que permeó la idea de impunidad. El vacío de autoridad que dejó su mutismo inexplicable, creó las condiciones para la inestabilidad política. ¿Por qué también en la Ciudad de México, gobernada por Claudia Sheinbaum, en lo alto de la lista del Presidente para sucederlo en 2024? ¿Para justificar que no se trataba de algo político-electoral y era espontáneo? ¿O acaso, el tigre con el que amenazó López Obrador a los banqueros durante la campaña presidencial, se le empieza a ir de las manos? Si uno revisa la frase sabatina del Presidente, totalmente maniquea, quien no está por su transformación, está contra la transformación, todo lo tiene bajo control, en su estrategia de radicalización.

La violencia también sirvió para desviar la atención del descontrol que se tiene sobre el manejo del Covid-19 y el desastre de los datos y proyecciones, que han ido restando aceleradamente autoridad a quien debía de generar la confianza, el zar del coronavirus, Hugo López-Gatell.

Durante 72 horas se logró el propósito, deliberado o inopinado, pero la pandemia sigue avanzando y aplastará cualquier intento de cambiar el foco de interés público, porque los contagios y las muertes siempre serán más poderosos que la política electorera.

Sin embargo, la violencia político-electoral se mantendrá y se va a enrarecer. Una decena de gobernadores –la tercera parte del país- expresó su apoyo a Alfaro, en lo que se prevé una línea continua de enfrentamiento con el Presidente. Estos choques se incrementarán en la medida que se acerquen las elecciones intermedias del próximo año, y probablemente habrá más actos de violencia con el aval de López Obrador, quien con su silencio ante ese tipo de agresiones, irá dividiendo más al país y confrontándolo. No falta mucho para que los asuntos públicos se diriman violentamente en las calles, de no hacer algo todos los gobernantes por impedirlo, y evitan que esta nación quede dividida en dos partes irreconciliables.

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