El modelo Sodoma y Gomorra


por Antonio Navalon (El Financiero)

De ahora en adelante, todo se centrará en la economía. Actualmente, estamos siendo testigos del final de un modelo del cual no existe claridad, conceptos ni propuestas que aseguren su sustitución de manera solvente. Existen dos caminos, el primero supone un cambio sin grandes costos humanos ni materiales en los países. Y el segundo, es hacer la sustitución actuando bajo el principio de Sodoma y Gomorra. Para entender este segundo camino, es necesario recordar que Sodoma y Gomorra fueron dos ciudades destruidas con una lluvia de fuego desatada por Dios como castigo divino por la vida de pecado y vicio que llevaban. Dos ciudades en las que el orgullo, la vanidad y su falta de solidaridad frente a los más desfavorecidos, acabaron significando su fin. Dicho esto, este modelo supone que ante la crisis total del modelo actual es mejor destruirlo todo y que Dios –quien, según las creencias de muchas personas, al final es quien se encarga de ordenarlo todo– ya luego dirá qué es lo que nos deparará en el futuro.

Sin embargo, en medio de todo este reajuste hay millones de personas que se mueren de hambre y que ante la pérdida completa de referencia de lo que significa tener la capacidad de diseñar y pensar en el futuro de su vida con cierta lógica, se encuentran perdidos o desubicados. Desde 1945, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, los Estados han sido los elementos básicos para activar y dinamizar la economía. Pero cuando los Estados han abusado de su intervención y han buscado que todo dependiera de ellos, lo que normalmente han producido es la quiebra de sus países. Cuando el capitalismo se vuelve salvaje e ignora la responsabilidad social que conlleva, el éxito material, la vida y las sociedades mismas se vuelven indomables y por lo tanto se pierde la base de cómo seguir construyendo el futuro.

Antes de esta crisis se podía decir sin problema que –como expusieron los economistas Raghuram Rajan, extitular del Fondo Monetario Internacional, y el académico italiano Luigi Zingales en su libro Saving Capitalism from the Capitalists– para salvarlo, al capitalismo había que protegerlo, sobre todo, de sí mismo. Y es que ante lo que estamos viviendo y de acuerdo con las acciones tomadas, el capitalismo seguramente no se salvará. Al menos no como lo conocíamos hasta antes de esta crisis.

Lo fácil es subirse al debate y a la grilla política. Lo difícil es plantear de manera serena las preguntas claves que permitan establecer una ruta sobre cómo, adónde y qué es lo que haremos a partir de esta crisis. Estamos en una situación en la que todo el mundo –teniendo en consideración que hay una parte de éste que ha resultado más afectada– está en un punto muerto. La combinación de la crisis de salud con la consecuencia de la crisis económica, supone la pérdida de los referentes más importantes desde la Gran Depresión de 1929 y desde la gran crisis sanitaria que tuvo lugar entre 1918 y 1920 con la llamada gripe española. Ambos elementos, por igual, están presentes en esta crisis, pero también se encuentran todas aquellas cosas que han demostrado ser un fracaso absoluto y que han perdido vigencia.

En este momento todavía es fácil recordar la crisis financiera de 2008, así como el hecho de que nunca terminamos de salir bien de aquello. Aún en la actualidad, existe quien es enemigo del concepto del neoliberalismo y, sin embargo, apuesta todo al máximo principio liberal, es decir, dejar que el mercado se encargue de arreglar todo. Y a pesar de esta mentalidad el mercado sigue siendo el enemigo, sin saber bien de quién ni de qué. Por otra parte, lo que es evidente es que los excesos cometidos en el mercado fueron los culpables de los sucesos tan terribles de 2008 y que ahora –con diferentes excesos cometidos bajo una mala planificación y con la crisis generalizada de la gobernanza y de los Estados– se ha llegado a una situación similar o peor que hace doce años.

En la actualidad gobiernos como el de Estados Unidos, Inglaterra o Francia, que en teoría estaban caracterizados por ser los más dogmáticos, ortodoxos y aquellos que estaban en contra de usar el gasto público para la aplicación de políticas populistas, se han convertido en los países que más han buscado velar por el bienestar de su sociedad, aplicando las políticas más populistas. Sin embargo, existen países como México que están haciendo todo lo contrario, dejando al aire el futuro de su pueblo.

En este momento, entrar a un debate ideológico, filosófico o lingüístico sobre los conceptos económicos y sociales es un error. Un régimen de izquierda puede ser todo. Puede ser audaz en mayor o menor medida, así como también puede ser más o menos responsable. Otra cosa es la capacidad que su precursor tenga sobre el conocimiento de que la construcción de algo siempre ha resultado más difícil que la destrucción. Y no hay que olvidar que el sistema que está colapsando ha tenido la colaboración activa de sus protagonistas durante muchos años. Los regímenes de izquierda pueden ser todo, pero lo único a lo que no tienen derecho es a ser antisociales. No promover un mecanismo de solidaridad y ser indiferentes ante cada retortijón de hambre que sufren sus ciudadanos significa traicionar el principal mandato popular.

Estamos en una situación en la que en menos de dos años el Estado mexicano ha puesto en marcha una especie de política que supone prescindir de un alto número de intermediarios, asesores y funcionarios públicos. Con estas medidas implementadas, el Estado ha provocado un gran terremoto social dirigido hacia ciertas clases y grupos sociales que se han visto devastados ante esta decisión. También en este periodo el gasto del Estado se ha dirigido y concentrado en ayudar a los menos favorecidos, quitando el apoyo a la clase media del país. Y es que este sector que se ha quedado sin el respaldo por parte del Estado, además de ser el motor generador y dinamizador de la economía, es también la esperanza para poder recuperar y reactivar –en cierta medida– la economía de México. Sin embargo, la economía tiene dos partes: la primera son las cifras que se muestran y la segunda es lo que se hace con ellas para buscar revertir la situación.

Fotoarte Esmeralda Ordaz

La lucha contra la corrupción y la impunidad era, es y seguirá siendo clave. Pero esta lucha no puede ser usada para la destrucción sistémica del entramado económico y social del país. No se puede luchar contra la corrupción sencillamente al arruinarlo, destruirlo y encerrarlo todo. A la corrupción hay que combatirla por medio del establecimiento de una era de desarrollo y de una época que transmita la esperanza popular, no de oscuridad, desamparo y clientelismo.

El consumo, al final del día, es lo que ha permitido salvar las distintas crisis a las que nos hemos enfrentado. El consumo ha sido y debe de ser la base que permita asegurar y fomentar la reactivación económica. Ser contracíclico, en el sentido de apostarle a que nadie pueda consumir nada, es apostarle a la destrucción del país. El no contar con alternativas y políticas públicas que busquen fomentar y aumentar tanto el gasto público como el gasto por parte del consumidor –como ya sucedió en el pasado– puede llevarnos a una situación devastadora. Y es que –contrario a lo que se pueda argumentar– si hay un momento ideal para fomentar el gasto y el consumo, es este.

No estoy de acuerdo en que esta crisis será la peor de todas. La última crisis suponía lo mismo y siempre hay un espacio para empeorar en las crisis que están por venir. Además, la estructura de este mundo tan interconectado, partícipe de la era del internet y de las comunicaciones, es posible que haya llevado al precipicio –con razón y destrucción– a una época de gobernanza que no sirve y que ha sido superada. Pero, a pesar de ello, sigo teniendo grandes dudas sobre que esta crisis pueda aniquilar unas sociedades que si algo pueden demostrar en este momento es su fortaleza, independencia y sentido de autonomía.

El gran problema lo tenemos en aquellos sitios donde la sociedad no es suficiente para su regeneración, al menos de momento. Y donde hacerlo contra el Estado y sin la ayuda de éste, resulta prácticamente imposible. En consecuencia, se busque hacer lo que se busque hacer y sea cual sea el programa que se tenga en mente, no hay que olvidar que el modelo de Sodoma y Gomorra únicamente sirvió para destruir. No podemos olvidar que, tras su llevada a la práctica, este modelo no volvió a aparecer ni a ser mencionado en la historia. Sin embargo, visto lo visto, en la actualidad, la humanidad está volviendo a ser testigo de lo que fue la trágica destrucción de Sodoma y Gomorra

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