El miedo


Por Macario Schettino (El Financiero)

El día de ayer, el NYT publicó una nota firmada por Jim Tankersley que intenta explicar la popularidad de Donald Trump (menor, pero todavía elevada). Hacia la mitad del texto, aparece una frase que me parece muy importante: “Ocho de cada diez Republicanos que perdieron su empleo en la recesión (actual) y aún no han conseguido trabajo, aprueban el manejo de la pandemia por parte de Trump. Casi tres de cada 10 Republicanos que perdieron su empleo dicen que están mejor, económicamente, de como estaban hace un año, un sentimiento que es compartido apenas por uno de cada diez Demócratas que sí han mantenido su empleo durante la crisis”.

Aunque usted lo sabe, es necesario repetirlo: desde hace unos años, se ha generalizado el que las personas evalúen la realidad, no de acuerdo con lo que perciben, sino siguiendo sus creencias. En opinión de esta columna, este fenómeno es resultado del ascenso de una nueva tecnología comunicacional que ha hecho insostenible nuestro modelo previo de la realidad. Aunque esa transformación inicia casi con el siglo, fue la Gran Recesión de 2009 lo que ‘despertó’ a muchos. Fue en ese momento que se dieron cuenta de la discrepancia entre su modelo de la realidad y la realidad misma. Es lo que llamamos ‘disonancia cognitiva’, que resulta en una diferente forma de enfrentar la realidad.

Los seres humanos son incapaces de entender la realidad, de forma que construimos modelos para poderlo hacer. Esos modelos dependen del lenguaje, y éste de nuestra forma de comunicarnos. Por eso hay diferencias tan evidentes antes de que empezáramos a escribir, cuando logramos hacerlo, cuando esa capacidad se hizo extensiva, cuando inventamos la imprenta, con los medios masivos y ahora con las redes. En cada momento en que transitamos a una nueva etapa, lo que es claro para las mayorías es que lo que entendían ha dejado de existir (Benedetti: cambiaron las preguntas; Monsiváis: pasó lo que entendía). Al no entender, nos queda nuestra base animal: las emociones sin límite, el miedo, la angustia, la ira. Y seguir a un macho alfa, el más fanfarrón, el más agresivo, el más irresponsable.

Cuando eso ocurre, siguiendo la teoría de la disonancia de León Festinger, modificamos nuestro entendimiento de la realidad para que coincida con lo que creemos (Esopo: las uvas están verdes). Queremos creer que hay un macho alfa que nos va a sacar de la miseria en que nos encontramos, porque somos incapaces de hacerlo por nosotros mismos. Usted pensará que no es su caso, pero sí lo es para la mitad de la población, dividida en dos grupos: unos a favor del macho alfa vigente, otros en su contra, buscando otro macho que los saque del fango.

Perdón por insistir en lo del macho, pero así es. Observe cómo hay una diferencia muy clara en los países gobernados por mujeres hoy en día, que han tenido un mejor desempeño, y observe la diferencia entre aquellos gobernados por hombres razonables, y los que son guiados por machos, así como se oye.

En suma: frente a una realidad que no se entiende, la mitad de la población se llena de angustia, miedo, ira, y busca un guía que suele ser ese macho alfa, grotesco, agresivo, irresponsable. Para esa mitad, no hay evidencia alguna que pueda hacerles cambiar de opinión. Su miedo lo impide. Lo que puede ocurrir es que la fracción de esa mitad que defiende a su líder sea suficientemente pequeña para ser dominada por el resto, si ese resto actúa de manera conjunta.

Pero habrá que entender que lo que les mueve no es una forma distinta de pensar. Es un sentimiento primario, profundo, que exige un procesamiento distinto.

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