Trabajar más y ganar menos: La otra realidad del Covid


Por Zedryk Raziel (Animal Político)

Tan precaria es su economía personal que Jeannette (nombre ficticio), una fotoperiodista de un diario de la Ciudad de México, ha encontrado un respiro en un bazar al que acudirá la primera semana de septiembre a vender postres para sacar algo de dinero extra. Hace cuatro meses que su empresa decidió recortar en 30% el sueldo de todos los trabajadores, parejo, desde los jefes hasta los empleados que menos ganan, como ella, que tenía un ingreso mensual de 9 mil 500 pesos.

Con un tercio menos de su salario, Jeannette aún debe descontar forzosamente otros 4 mil pesos mensuales para pagar la renta del departamento que comparte con un roomate en la colonia Doctores de la Ciudad de México. ¿Y cómo hace una profesionista de 27 años, con una carrera universitaria, para vivir con 2 mil pesos mensuales libres?

“Mi familia me ha echado la mano con la comida, también mi pareja, porque, si no, estaría viviendo con 600 pesos a la semana. Tuve que buscar opciones, como recetas para hacer comida que rinda toda la semana, o buscar aplicaciones para el súper, que la primera vez que te suscribes te dan el 50% de descuento, ya llegué a crear hasta tres cuentas para tener tres despensas con el 50% de descuento; la verdad, nunca se me habría ocurrido hacer esto en ningún otro momento”, cuenta, riéndose con pena.

Jeannette ha pedido que se le cambie el nombre y que no se especifique para qué empresa periodística trabaja, porque no quiere poner en riesgo su empleo. Por esa misma razón, cuenta, comenzó a dedicarle más horas de empeño al trabajo que le paga 600 pesos semanales: ahora no sólo toma fotos –cargo para el que fue contratada–, sino que también cumple las funciones de reportera y redactora de textos. No le pagan más, aclara, pero al menos no se vuelve prescindible para sus jefes, pues hace el trabajo de dos personas por el sueldo de una.

Al momento de la entrevista, a las 9 de la noche, esta fotoperiodista aún se encuentra redactando un texto tras haber pasado toda la jornada en coberturas sobre la pandemia de COVID-19. Uno de estos días deberá, además, cocinar los postres que venderá en el bazar.

“Con una compañera fotógrafa vamos a estar compartiendo una mesa, ella venderá galletas, en mi caso serán postres, y otros compañeros que se nos han sumado venderán fotografías con imanes o libros de fotos. Yo creo que puede salir algo sustancial (de dinero por las ventas), pero sí estamos en un momento de ‘lo que sea es bueno’”, refiere.

Jeannette es una de las miles de personas que han tenido que trabajar más horas de las habituales durante la pandemia. Si bien en junio se frenó el desplome de los puestos de trabajo y comenzó una leve recuperación, cifras de la Encuesta Telefónica de Ocupación y Empleo (ETOE) del Inegi indican que más trabajadores deben laborar más horas por un menor ingreso.

El estudio indica que, en abril y mayo, del total de la población ocupada tanto en el sector formal como informal (48.3 millones de trabajadores), el 17.7% labora más de 48 horas a la semana o más de 10 horas diarias, porcentaje que equivale a 8.5 millones de personas. En junio, la cifra aumentó a 21.6% (10.4 millones de trabajadores), lo que significa que, en un mes, 1.8 millones se sumaron a las filas de personas que cumplen jornadas superiores a las 8 horas diarias máximas que establece la Ley Federal del Trabajo.

Por sexo, el porcentaje de hombres con jornadas superiores a las 48 horas semanales pasó de 21.5% en mayo a 26.2% en junio (un aumento de 4.7 puntos), mientras que entre las mujeres pasó de 12 a 14.5% (un aumento de 2.5 puntos).

Francisco sabe qué significa trabajar, no 10, sino 13 horas diarias, seis días a la semana. Programador en una empresa editorial en la CDMX, a Francisco, de 26 años, también le recortaron su sueldo un 30% desde mayo. Para compensar la caída de sus ingresos, consiguió un segundo empleo de tiempo completo en una agencia extranjera. El problema, reconoce, es cumplir ahora con dos trabajos que, pese que pagan menos, son igual de demandantes.

“En teoría, debo trabajar 17 horas al día, pero no lo hago porque me volvería loco. Sí ha sido un cambio de rutina, sí he tenido que ajustar mis horarios y mi vida social, porque me despierto a las 5 de la mañana y acabo de trabajar como a las 11 de la noche, obviamente tengo mis pausas para tomar siestas y comer, pero sí ha sido una friega, sí he estado trabajando unas 12 o 13 horas al día”, detalla. “He tenido que trabajar ahora en fines de semana y sí es un cambio, tu vida se vuelve el trabajo, es estar todo el día trabajando. Descanso un día a la semana, los sábados, y no porque yo lo decida, sino porque simplemente ya no doy más, y retomo nuevamente el domingo”.

La ETOE del Inegi indica que la subocupación –el número de personas empleadas que buscan un segundo trabajo– disminuyó, al pasar de 13 millones en mayo a 9.7 millones en junio (una reducción de 3.3 millones de personas). Por sexo, la subocupación entre mujeres bajó de 4.9 a 3.3 millones (-1.6); entre hombres, bajó de 8.1 a 6.4 millones (-1.7). Uno de esos subocupados es Francisco, quien también pidió que se le cambiara el nombre y no se revelera para qué empresas trabaja.

“La verdad sí me afectó cuando nos recortaron el sueldo”, explica, “porque te acostumbras a un estilo de vida con el sueldo que tenías, y es un impacto emocional fuerte, porque tienes que ver qué chingados hacer –yo no tenía ahorros ni tarjetas de crédito–. Después, la búsqueda de trabajo me afectó positiva y negativamente: fue bueno, porque tengo un trabajo seguro, y malo, porque ahora tengo que gestionar mi tiempo de otras formas y es una demanda física mucho más fuerte”.

El esfuerzo extenuante de los trabajadores no garantiza un mejor ingreso, como dio a conocer Animal Político en un reportaje previo. Los datos de la ETOE indican una caída en la remuneración del empleo, pues aumentó de 32.9 a 36.9 (4 puntos más) el porcentaje de la población ocupada que gana entre uno y dos salarios mínimos. En contraste, cayó 1 punto el grupo que gana entre 3 y 5 salarios mínimos, al pasar de 7.5 a 6.4 el porcentaje de los ocupados que se ubican en ese segmento salarial.

Nallely Cardona considera que ha sido afortunada porque logró evitar el quiebre de su restaurante, llamado Metate. Madre de un hijo de tres años, Nallely maniobra para armonizar la crianza con su trabajo, al que ahora le dedica 12 o 13 horas diarias los siete días a la semana.

“Antes dejaba a mi hijo con mi mamá, pero ella es una persona de alto riesgo porque es hipertensa, entonces no me da el corazón, porque no sabemos si el niño tiene el virus”, relata.

“Hemos estado muy expuestos, porque, como no tengo donde dejarlo, me lo llevo al restaurante y estoy con él todo el día, le tengo que poner el iPad –que es algo que no me gusta– para que se quede sentado, y esa parte de no poderle dedicar un rato a él sí es fea, porque estoy dividida en mil cosas; ya deseo que todo cambie o que ya regresemos un poco a lo normal, que ahí vamos, yo siento que ya vamos avanzando”.

Por la caída de los ingresos del restaurante, Nallely hizo recortes de personal, de modo que ella, que estudió actuación, y su esposo también tienen que hacer las veces meseros, lavalozas o cocineros.

“El estrés te cansa muchísimo, trabajar con estrés es horrible, el estrés de que no tengo dinero para pagar mis deudas, tengo un montón de responsabilidades económicas que no están saliendo. Tengo deudas de créditos antes de la pandemia, esos tengo que pagarlos y no sé cómo le voy a hacer, porque no está entrando dinero para eso”, explica.

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