Teoría del conflicto


Por Benjamín Hill (El Financiero)

Desde hace algún tiempo, el debate público en México no ha logrado crear un espacio común de entendimiento entre el gobierno y sectores de la sociedad que critican sus decisiones. Se ha culpado a la polarización ideológica de cancelar los espacios de diálogo, pero esa es una explicación en todo caso parcial de lo que ocurre. Siempre ha existido cierta polarización ideológica, y previsiblemente, ésta se vuelve más profunda en tanto nos acercamos a los extremos, como lo ha dicho Alejandro Moreno (https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/alejandro-moreno/y-hablando-de-polarizacion), quien ha encontrado que “entre más hacia los extremos (ideológicos) se ubican los entrevistados (en sus encuestas) […], más polarización política perciben. Y entre más moderada es su postura, menos polarización ven”. La polarización puede, en efecto, cancelar la posibilidad de diálogo, pero solo para los extremos ideológicos. La gran mayoría de los ciudadanos estamos dentro un espacio de moderación ideológica –en el centro izquierda o el centro derecha–, en donde el diálogo es posible. La polarización por sí misma no es suficiente para explicar lo que pasa, que es la cancelación del diálogo y la imposibilidad de construir consensos.

El anónimo autor detrás de Slate Star Codex (slatestarcodex.com), un popular blog sobre ciencia, medicina, filosofía y política, propone una forma de diseccionar este conflicto político utilizando dos teorías que pueden ayudar a entender el porqué se han cancelado los espacios de diálogo en algunas democracias. Una primera teoría considera que los conflictos políticos ocurren debido a la complejidad misma que implica gobernar, y al hecho de que las personas necesariamente cometemos errores; las malas políticas públicas, los malos resultados de los gobiernos se originan en errores de los tomadores de decisiones. Esta ‘teoría del error’, plantea que si todos tuviéramos mejor información, por ejemplo, diseñando políticas públicas con base en evidencia o en la ciencia, habría menos errores y por lo tanto, mejores resultados de gobierno. En la teoría del error, el debate político no es excluyente, en el sentido que no asume que la política es una actividad de suma cero. Se admite que hay espacio para todos, que los opositores no son enemigos, sino personas con diferentes visiones sobre la solución de los problemas, y que a fin de cuentas, los consensos, los acuerdos son necesarios.

La ‘teoría del conflicto’, en cambio, propone que las diferencias políticas reflejan un choque entre intereses y principios que de entrada son irreconciliables, y que cuando un grupo pierde espacios de poder éstos son ganados por otro grupo rival: un juego de suma cero. Para los teóricos del error la política es una discusión abierta sobre cuáles son las mejores decisiones para gobernar. Los teóricos del conflicto por su parte, ven a la política como una guerra sin cuartel. Para ellos, los bloques que se disputan el poder están en una eterna pelea entre quienes ven al Estado como un mecanismo para enriquecer a las élites, y quienes lo ven como el instrumento principal para promover la justicia social y ayudar al pueblo. Para los teóricos del conflicto, las posiciones son tan distintas, los intereses se contraponen tanto, que el consenso y el diálogo se vuelven imposibles.

Ver la actividad política bajo el lente de la teoría del conflicto tiende a radicalizar a las personas y a generar una visión simplista y maniquea de la competencia por el poder. Para los teóricos del conflicto, los detalles vinculados a la competencia por el poder se interpretan a través de un pensamiento alegórico, como en las historias bíblicas, en el que todo se relaciona con imperativos morales superiores e incuestionables. Cada decisión política, hasta la más trivial, tiene una significación oculta; toda acción adquiere un valor moral porque genera consecuencias directas sobre la ‘gran causa’ que es la defensa de los intereses del pueblo. Así, cualquier cesión a los opositores, así sea en el terreno del debate democrático, es vista como una traición a esa gran causa.

Cuando la política es interpretada a través de la teoría del conflicto, no importa la validez de los argumentos de los demás; importa más bien quién lo dijo y la interpretación que se haga sobre sus intenciones ocultas. No importa que un programa o proyecto haya mostrado dar resultados o ser beneficioso; si fue diseñado por los otros, es preciso cancelarlo. No importa que la evidencia, la experiencia o la ciencia indiquen que están equivocados; hay una causa y una razón moral superior que justifica las decisiones.

La democracia mexicana, con todos sus defectos, permitía mantener espacios de diálogo a pesar de las diferencias ideológicas, y con algunas limitaciones, había hasta hace poco una discusión abierta y productiva, que tenía como principales escenarios el Congreso y los medios de comunicación. Hoy estamos frente a un conflicto político que va más allá de las ideologías y opiniones, y que está más bien impreso en una confrontación de dos sistemas de creencias que materialmente ha cancelado los mecanismos democráticos para alcanzar acuerdos.


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