¿Apagones? ¿Como anillo al dedo?


Por Salvador Camarena (El Financiero)

La lógica que operan en Palacio Nacional es diferente a la del ciudadano normal. La pandemia ahí no es una catástrofe humanitaria sino una oportunidad que les cayó “como anillo al dedo”. Ahora, los apagones sufridos desde el lunes en varias partes del país serán presentados por el presidente de la República como pruebas de que es correcta su idea –es un decir– de reventar el mercado de la electricidad.

En la mañanera de ayer, el presidente López Obrador sacó solito el tema del apagón que dejó a oscuras y heladas a múltiples poblaciones en el norte de México. “Lo del apagón, ¿por qué se produce? Porque estamos produciendo energía eléctrica con gas que se compra en Texas y con el mal tiempo, con las nevadas, se afectaron los gasoductos y además aumentó el precio del gas como nunca. (…) Aquí vendría también la pregunta, bueno, ¿y qué?, ¿nosotros no tenemos gas en México? Se apostó a comprar el gas, hasta se dejaba que se quemara el gas en Campeche. El negocio era comprar el gas porque ahí estaba el moche, ahí estaba la corrupción, los sobornos con las empresas extranjeras”, dijo.

El mandatario siguió en su perorata y remató: “Ahora estamos sintiendo que debemos de procurar ser autosuficientes (…) Bueno, después de toda esta reflexión, es decir, bueno, la conclusión es: Vamos a ser autosuficientes. (…) Pero son lecciones que debemos de tomar en cuenta”.

Primero nos dijeron que la iniciativa de ley sobre la industria eléctrica, que envió el Ejecutivo para que se discuta en el Congreso de manera preferente en el actual periodo legislativo, se trataba de recuperar la “rectoría del Estado”. Ahora, a propósito de los apagones, el gobierno agrega que se trata de ser autosuficientes. Y, sobre todo, nos insistirán, la reforma pretende corregir la corrupción del pasado que entregó a manos privadas y/o extranjeras eso que nos dio a todos los mexicanos ese santo varón que fue (según Andrés Manuel) López Mateos.

Estatismo con disfraz de nacionalismo será, pues, el común denominador de los argumentos oficialistas para apurar en San Lázaro, la semana entrante, una Ley de la Industria Eléctrica que hará chuza en la reputación de México como país con una economía de aspiraciones competitivas y certidumbre jurídica, así como con políticas amigables con el medio ambiente y la innovación.

Porque si la discusión fuera sobre realidades y no ideologías, los mexicanos tomarían nota de lo dicho por la especialista Montserrat Ramiro la semana pasada en el Parlamento abierto sobre la iniciativa presidencial. En su participación, la exintegrante de la Comisión Reguladora de Energía advirtió que enfrentamos el riesgo de que “México se quede rezagado en su capacidad para, primero, generar suficiente energía barata; segundo, que su base industrial y comercial se mantenga competitiva en costos y, tercero, que le cumpla a los ciudadanos su derecho a un medio ambiente sano”.

Frente a los legisladores, Ramiro desmontó la idea de que el esquema actual perjudica a la Comisión Federal de Electricidad: “Los privados no desplazan energía de CFE toda vez que CFE no cuenta actualmente con la generación suficiente para hacerle frente a la demanda. Ambos conviven en un sistema donde uno (CFE) necesita al otro (privados) y viceversa. Es decir, hacia adelante, para satisfacer el creciente consumo de energía en México seguiremos necesitando electricidad tanto pública como privada. Seamos realistas: la CFE no cuenta actualmente con la capacidad financiera para cubrir toda la demanda de energía del país sin causar un desbalance importante en las cuentas nacionales”.

Fue aún más clara: “La reforma propuesta parte de premisas falsas y que tiene como objetivo darle a la CFE una centralidad en el mercado que no necesita dado que es el jugador dominante en el mercado. No olvidemos esto. No la necesita por su estatus exitoso como monopolio natural en varias de sus actividades y por la sinergia positiva que se tiene con el sector privado en el caso de la generación. En conclusión, la LIE actual le permite a la CFE —a México, de hecho— contar con energía más limpia y a menor costo. Lo hace, además, sin afectar los negocios donde CFE es realmente exitosa”.

A los pocos días de esa exposición tenemos los apagones, contigencia que antes que hacer recapacitar al Presidente le dará ímpetu para manipular los términos de la discusión: culpará de las interrupciones del servicio eléctrico al pasado maldito y prometerá, sin argumentos específicos, un futuro idílico.

Como la oposición no existe, y como la ciudadanía está ocupada en sobrevivir a la pandemia y a la fragilidad de la economía, los apagones sólo presagian un futuro menos luminoso con un gobierno oportunista que impulsará una nueva ley que no tiene ni cómo mejorar el abasto de la energía eléctrica.

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