Bukele: ¿El nuevo dictador?


Las situaciones que suceden en El Salvador encienden las alertas de la región


Por Ocíel López (RT noticias)

Una vez la Asamblea Legislativa de El Salvador destituyó al fiscal general Raúl Melara y a los magistrados de la sala constitucional de la Corte Suprema de Justicia, han caído sobre el presidente Nayib Bukele una lluvia de críticas de parte de muchos representantes de gobiernos del mundo, ONG, organismos multilaterales y medios de comunicación, entre otros.

Al parecer, desde su punto de vista, ha emergido un nuevo “dictador”, un nuevo “monstruo político” en América latina, un “populista”, un “violador de las reglas democráticas”. Y, ciertamente, los poderes públicos salvadoreños quedarán en manos de un solo partido, pero ¿es juzgable Bukele por ello? 

Comprender el fenómeno

Para comprender el fenómeno Bukele hay que preguntarse primero cómo se llegó a este momento en el que los dos grandes partidos, que gobernaron el país durante más de dos décadas después de la guerra civil, hoy son fuerzas minoritarias. Arena y el FMLN actúan ahora como partidos aliados en contra de la nueva fuerza política de Bukele, quien arrasó electoralmente y se dispone a hacer uso de su triunfo en la esfera electoral. 

Lo que ha hecho la nueva Asamblea Legislativa, controlada por el partido Nuevas Ideas, de Bukele, es sencillamente lo que haría cualquier fórmula ganadora en cualquier democracia del mundo: elegir los órganos contralores y judiciales, según la correlación de fuerzas derivadas de su elección universal, secreta y directa. El poder legislativo tiene el mandato constitucional para hacer destituciones como éstas.

Bukele se reúne con los embajadores acreditados en El Salvador tras las destituciones, 3 de mayo de 2021Secretaria de Prensa de La Presidencia / Reuters

Es decir, salvo algunos procedimientos dudosos, no puede denunciarse ningún tipo de medida antidemocrática en la decisión del poder legislativo salvadoreño, ya que solo está cumpliendo con una oferta electoral de ese partido: barrer a los políticos tradicionales de izquierda y derecha.

En las parlamentarias efectuadas el 28 de febrero, Nuevas Ideas consiguió un 66 % de los votos, lo que le permitió llevarse 56 de los 84 escaños en disputa. El poderoso partido Arena apenas logró el 12 % de los votos y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, que gobernó por 10 años el país antes del triunfo de Bukele, quedó como una pequeña minoría con el 6 % de los votos y apenas 4 escaños.

Para ilustrar el deslave ocurrido, basta recordar que el FMLN ganó las presidenciales de 2015 con casi 1,5 millones de votos, y en las de 2019 consiguió, estando en el gobierno, solo 389.000. Ya en las parlamentarias de 2021 (aunque es otro tipo evento, sirve para evaluar la maquinaria electoral) bajó a 180.000 votos.

Al partido Arena, la otra formación política de importancia en El Salvador desde que culminó la guerra civil, le ha ocurrido un declive muy similar.

Criminalizar las fuerzas populares no logra otra cosa que cohesionar la base de apoyo que se siente, de igual forma, criminalizada.

Quizá el único adjetivo que se puede achacar hasta ahora a Bukele es el de populista, porque ha logrado plantear un cambio radical contra las élites políticas y lo viene haciendo de forma electoral, a diferencia, por ejemplo, de lo que hizo el entonces presidente peruano Martín Vizcarra, quien disolvió por decreto el Congreso en 2019. O incluso lo que hizo el mismo Bukele cuando tomó la sede del legislativo en 2020 con la fuerza pública, pero tuvo que recular y retirarse. En esta ocasión lo hace por las vías democráticas y eso lo hace más populista en el sentido sociológico de este concepto.

Si se quiere comprender el populismo como fenómeno ‘de moda’ es recomendable leer a Pierre Rosanvallon, específicamente el texto El siglo del populismo. El académico francés es un crítico del populismo y un defensor de la democracia formal, sin embargo, se niega a patologizar las experiencias del populismo. Trata de entenderlas.

Criminalizar las fuerzas populares no logra otra cosa que cohesionar la base de apoyo que se siente, de igual forma, criminalizada.  

Bukele y el populismo

Lo que ha logrado el actual presidente salvadoreño con su triunfo en las legislativas de este año, es lo que muy pocos presidentes en América latina han podido: asegurar un respaldo popular para tomar el control del poder ejecutivo y legislativo, y ahora va por el judicial siguiendo los métodos legales y constitucionales. Pero el mundo no lo entiende porque no se declara de izquierda o derecha.

Aunque viene del FMLN, su expulsión de esa formación le permitió la captación de las mayorías internas del partido de gobierno, así como las de la oposición.

Protesta contra las destituciones en el poder judicial, San Salvador, 2 de mayo de 2021Jose Cabezas / Reuters

Esa expulsión, las acusaciones de los medios nacionales e internacionales y de los partidos del ‘establishment’ salvadoreño, la criminalización que ya le señala como “dictador”, a pesar de arrasar en todas las elecciones, solo permite un mayor aglutinamiento de las bases sociales y mayor apoyo de éstas.

Bukele recuerda, salvando las distancias, al presidente venezolano Hugo Chávez por varias cosas. La primera por su discurso contra las élites políticas y la corrupción de cuando este último emergió. La segunda, por el apoyo popular traducido en avalancha de votos vista en pocas ocasiones en América latina.

Tanto poder genera urticaria desde la idea de la democracia liberal y la doctrina de la independencia de los poderes, lo que genera un rechazo de la ‘comunidad internacional’. El propio Antony Blinken, secretario de Estado de EE.UU., cuestionó la medida del poder legislativo. Bukele repondió: “Estamos limpiando nuestra casa (…) eso no es de su incumbencia”.

No resulta racional pensar que el bukelismo quiera dejar a los funcionarios que designaron los partidos derrotados, pero resulta obvio que los poderes político y mediático no quieran entregar el poder.

Después del terremoto político que provocaron las elecciones legislativas, y vista la pírrica minoría que consiguieron los partidos tradicionales, resulta lógico que los nuevos arrendatarios del poder quieran construir su propio hegemon, y eso es lo que está haciendo el partido de Bukele. No resulta racional pensar que quieran dejar a los funcionarios que designaron los partidos derrotados.

También resulta obvio que los poderes político y mediático hagan todo lo que esté en su camino para resistirse y no entregar el poder. El mejor caso es el del fiscal Melara, relacionado con el partido de derecha Arena, quien hoy está siendo defendido por muchos actores políticos no solo de El Salvador, sino del mundo.

Los actores internacionales, reticentes, hacen múltiples declaraciones que generan reales peligros. No hay manera de frenar el cambio político en El Salvador y tendrán que ir reconociendo el nuevo liderazgo de Bukele. A menos que quieran avivar su impulso y crear un nuevo Chávez en la región centroamericana, que independientemente que sea de izquierda o de derecha, puede generar un nuevo modelo de gestión política exitosa, electoralmente hablando, que pueda ser repetido en la región y especialmente en Centroamérica.

Para Rosanvallon, y la politología, el populismo está en ascenso y va a seguir estándolo los próximos años. Con Bukele, el populismo llega con toda su fuerza a ese territorio volátil que es Centroamérica.

La importancia de El Salvador

El Salvador es hoy muy importante para el gobierno del presidente de EE.UU., Joe Biden, quien ha variado su agenda en la región desde los temas ideológicos sobre Cuba y Venezuela, hacia el tema de la migración. De este país sale un alto porcentaje de migrantes que viajan hacia EE.UU. Bukele tiene poder para presionar y eso será lo que haga.

El alarmismo y la solidaridad automática con los partidos del ‘establishment’ solo traerá que Bukele se haga fuerte y termine atrincherándose en el poder.

Dependerá de la ‘comunidad internacional’ en qué lado de la foto se coloque el actual presidente. Si busca aproximación con México y gobiernos de izquierda para hacer frente común a las imposiciones de EE.UU. o si por el contrario termina trabajando en proyectos importantes, financiados desde EE.UU., con el fin de parar la migración.

Si escoge la primera opción podría parecer que Bukele, algo similar a Chávez, está escogiendo un camino antimperialista que recibirá el aplauso de toda la izquierda mundial.

Si por el contrario, recibe el beneplácito de EE.UU. entonces la destitución de los jueces y el fiscal será un hecho rápidamente olvidado y comenzará a entrar con alfombra roja a los centros de poder mundial.

Independientemente de donde se ubique Bukele, aunque venga de ser líder del FMLN, no es un hombre de izquierda o derecha, sino un pragmático. Así que el alarmismo y la solidaridad automática con los partidos del ‘establishment’ solo traerá que Bukele se haga fuerte y termine atrincherándose en el poder.

Por lo pronto, en 2024 habrá presidenciales y Bukele, según lo pautado en las leyes, no podrá ser reelegido.

Ociel Alí López

Es sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela. Ha sido ganador del premio municipal de Literatura 2015 con su libro Dale más gasolina y del premio Clacso/Asdi para jóvenes investigadores en 2004. Colaborador en diversos medios de Europa, Estados Unidos y América Latina.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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