Los talibanes en México


Por Santiago Roel (Forbes México)

En un grupo de amigos de mi prepa de la CDMX surge la propuesta de no discutir temas políticos para evitar conflictos.  Ya no se puede criticar, analizar o ridiculizar con libertad a un político, sin que salga un talibán, cuchillo en lengua, a defenderlo con lágrimas de víctima, clichés nacionalistas de vieja escuela o fervor fundamentalista.

Todos hemos dejado de ver amigos o parientes. México, como otros países, se encuentra profundamente dividido por el populismo, pero no somos únicos, como bien lo analiza Anne Applebaum en su libro El Ocaso de la Democracia.

Quizá tengan razón mis ex compañeros y su prudencia sea buena, pero yo me opongo. Es importante hablar de política, voy más allá, es fundamental hablar de política.

Por mala política y mal gobierno somos un país mediocre con pobreza y privilegios artificiales. En el índice de libertades económicas estamos en el lugar 65. Nos falta mucho para lograr lo que Singapur, Nueva Zelanda, Australia, Taiwán, Reino Unido, Estonia o Canadá han logrado.

En desarrollo político somos una democracia electoral, pero estamos lejos de ser una democracia liberal como lo son Canadá, Estados Unidos, Europa occidental, Japón, Australia y Nueva Zelanda.

Tenemos una competitividad media ante el mundo, de acuerdo con el IMCO. Al interior tenemos estados con alta competitividad como CDMX, Nuevo León, Querétaro, Coahuila y Jalisco, y estados con baja competitividad como Tlaxcala, Tabasco, Chiapas, Oaxaca y Guerrero.

Hemos retrocedido en desarrollo económico, político y social en estos últimos tres años. El populismo nos ha incrementado la pobreza y la desigualdad. La inseguridad también se ha incrementado y la inversión se ha reducido.

Todos los índices coinciden en lo mismo, nuestro mal tiene un nombre: mal gobierno. Por una parte, no contamos con un Poder Judicial efectivo e independiente que garantice las libertades y los derechos fundamentales y, por la otra, hay demasiada concentración de poder en el Ejecutivo.

No contamos pues, con un auténtico Estado de Derecho. Tenemos demasiado gobierno y poca sociedad, y el gobierno que tenemos suele ser malo, opaco y poco vigilado. No lo digo yo, lo dicen los índices. Y esto ha empeorado en esta administración. Tampoco lo digo yo, lo dice el INEGI, el CONEVAL y el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad. 

Hace 3 años, no habría discusión al respecto, pero hoy, la política se ha contaminado por la religión. Hay quienes creen fervorosamente que Morena y AMLO están haciendo lo correcto y no aceptan los datos del deterioro o las oportunidades no resueltas.

Cuando la política se convierte en religión ya no hay posibilidad de análisis ni diálogo. Los absolutos no toleran matices. El fenómeno no es nuevo. Yo he sufrido embates de los talibanes de todos colores: los del PRI en los ochenta, los del PAN en los noventa y en este siglo, los de los foxistas y calderonistas. En Nuevo León, muchos dejaron de hablarme cuando exponía las fallas de “El Bronco” o simplemente les advertía que se entrega el voto, pero no la cabeza. 

Hoy, he tenido que bloquear a los pejistas de hueso colorado en mis redes. Los enamorados no entienden razón, los creyentes no aceptan dioses ajenos. Los talibanes no toleran la libertad.

El fenómeno, insisto, no es nuevo, pero se ha exacerbado; parece que muchos mexicanos, incluso los más laicos, aún requieren de un dios terrenal que les resuelva su fracaso personal, su angustia existencial o les confirme su terraplanismo conspiranóico. No podemos callar ni temerle al debate por el temor de enardecer a los talibanes, nuevos o viejos, oficiales u oficiosos, inteligentes o tontos, amigos o parientes. Hay que hablar de política y mucho, con valentía, racionalidad y firmeza. El silencio no es bueno para nadie, ni en lo personal, ni en lo colectivo. Quien requiera dioses, que los busque en el mundo espiritual y les rece en privado, en política, solo hay seres humanos.

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