Hermanos


Por Macario Schetinno (El Financiero)

Cosío Villegas definía al sistema político mexicano del siglo 20 como “una monarquía temporal, hereditaria, en línea transversal”. Efectivamente, el presidente en México tenía todo el poder que el sistema podía acumular, elegía a su sucesor, y lo hacía no al interior de su grupo político (ya no digamos su familia), sino permitiendo a otros ocupar esa posición. Al menos así fue hasta poco antes de la muerte de Cosío: Luis Echeverría rompió esa regla no escrita, y en lugar de optar por alguien de otro grupo, heredó a su amigo de juventud. Esa decisión inicia el fin del régimen de la Revolución.

Esto viene a cuento porque López Obrador se refirió a Claudia Sheinbaum como a “su hermana”, aunque corrigió rápidamente diciendo que tenía otros dos hermanos. No es así, en realidad. Tiene una entenada, un hermano y un socio, que es algo muy diferente.

El hermano es Adán Augusto, como sabemos, que aunque es el más joven de los tres mencionados, sí tiene una relación prácticamente fraterna con él desde que su padre, Payambé López, se hizo cargo de Andrés Manuel cuando la trágica muerte de su hermano José Ramón. El socio es el más viejo de los tres, Marcelo Ebrard, que proviene de otro grupo político, y que hasta el día de hoy ofrece políticas contrastantes con las del tabasqueño. Claudia no es hermana ni socia, sino hija política: su carrera inicia con López Obrador en la jefatura de Gobierno, y es inseparable de las vicisitudes del hoy Presidente: el segundo piso del Periférico, el desafuero, la toma de Reforma, la presidencia legítima, etcétera.

El poder no se hereda a los hermanos, sino a los hijos, según De la Madrid, que eligió a Salinas y no a Del Mazo, y Salinas mismo, que despreció a Manuel Camacho para elegir a Luis Donaldo Colosio. Antes de eso, como decía Cosío, se optaba por la compensación política: Cárdenas con Ávila Camacho, éste con Alemán, que intentó romper con las reglas, pero acabó optando por Ruiz Cortines, y así hasta que Luis Echeverría terminó con esa tradición.

Aunque el régimen de la Revolución llegó a su fin, el actual intento de restauración, que usa el discurso legitimador del nacionalismo revolucionario, pero estructuralmente es más parecido al caudillismo decimonónico, tendrá que optar por uno de esos tres caminos: el socio que busque equilibrar un poco, el hermano que terminará por romper o la hija que profundizará en el camino del padre. A menos que ocurra algo extraordinario, creo que este último será el camino a recorrer, especialmente cuando la hija ha perdido ya todo capital político propio. Lo que tenga será heredado, y por lo mismo su capacidad de rebelarse será nula.

Paulatinamente se ha hecho más evidente uno de los graves errores cometidos por López Obrador después de la elección intermedia, el primero de ellos: destapar a su candidata. Empujarla, sostenerla, le ha comido también a él capital político. Los otros errores (impulsar la revocación, promover reformas constitucionales, apostar por la Corte) han acelerado su derrumbe. Sin resultados en programas o políticas públicas, no le queda sino actuar por fuera de la ley para evitar la derrota. Pero, al hacerlo, elimina los mecanismos que evitan conflictos mayores y legitiman el triunfo. Deja en manos de quien tenga fuerza la decisión final.

Porque hoy la tiene, cree que la tendrá dentro de un año, pero se equivoca. Mucho hemos perdido, pero el límite temporal sigue vigente. En menos de 500 días, otra persona será elegida; en 600, ocupará el cargo que hoy tiene López Obrador. Mucho antes de eso, las fuerzas buscarán un nuevo eje sobre el cual funcionar. Así pasa la gloria terrena.

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