Más de medio siglo atrás, la investigación sobre el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy se topó con varias pistas falsas creadas por la propia Central de Inteligencia CIA que impidieron que las pesquisas consideraran seriamente varios aspectos del magnicidio, incluyendo un posible complot internacional.

La, al parecer, inminente publicación de todos los documentos relacionados con la investigación que podría hacer esta semana los Archivos Nacionales, en cumplimiento de una ley del Congreso de 1992 -sino no hay una orden del presidente Donald Trump impidiéndolo- podría ayudar a entender cómo y por qué se puso en marcha esa maquinaria para desviar la atención de los investigadores.

Algunas claves de las razones del magnicidio podrían estar en lo que el asesino Lee Harvey Oswald hizo pocas semanas antes en México, lo que sabían de él los servicios de inteligencia, particularmente la CIA, y lo que sabía de sus intenciones el gobierno de Fidel Castro en Cuba.

Incompetencia profesional, necesidad de proteger operaciones secretas en marcha o miedo a desatar una guerra nuclear con la Unión Soviética a causa de Cuba son algunas tesis para explicar la conducta de una central de inteligencia que decidió engañar a su propio gobierno.

Todos, incluso los más desconfiados, aceptan a estas alturas que Lee Harvey Oswald mató a Kennedy disparándole cuando la caravana presidencial pasó por Daley Plaza en Dallas, Texas, el 23 de noviembre de 1963.

Casi todos aceptan que el exmarine de 23 años actuó solo; que se ubicó en el piso 6 de un edificio perteneciente al sistema de bibliotecas texanas desde donde él disparó tres veces su rifle con mira telescópica.

Lo que nadie sabe es por qué lo hizo, en parte porque él mismo murió dos días después a manos de Jack Ruby sin haber reconocido ante los interrogadores policiales su responsabilidad en el asesinato.

Se sabía que a finales de septiembre de 1963, Oswald viajó a México DF para gestionar una visa para viajar a Cuba, país cuya naciente revolución comunista admiraba y por la que quería luchar. Allí también se contactó con la embajada de la Unión Soviética, país al que había desertado en 1959 y del que regresó a EEUU en junio de 1962.

Con todo y su admiración por Fidel Castro la visa le fue negada. Y aparentemente, a la salida de la delegación diplomática, un molesto Oswald aseguró que mataría al presidente de EEUU, algo que habrían testificado operadores de inteligencia cubana, quienes lo habrían transmitido a sus jefes en La Habana.

“Lo que él (Oswald) hizo durante la mayor parte del tiempo que pasó en la capital mexicana sigue siendo quizá el más importante misterio irresuelto del asesinato de Kennedy”, asegura Brian Latell en su libro ‘Los secretos de Castro: la inteligencia cubana, la CIA y el asesinato de John F. Kennedy’.

Las mentiras de la CIA

Cuando el 27 de septiembre de 1963 Oswald fue al consulado cubano por primera vez, los agentes de la agencia que trabajaban en México y le hacían seguimiento al visitante pidieron a la sede central en Langley información sobre las actividades del ex infante de marina en EEUU tras su regreso de la Unión Soviética.

Pero desde los cuarteles generales salió una primera mentira asegurando que no había habido ningún tipo de documentación sobre Oswald en los 18 meses que habían pasado desde su vuelta al país.

Luego, tras la muerte del presidente, en la agencia se crearon otras dos falsas versiones: una, que cintas con las grabaciones de llamadas telefónicas interceptada de los diplomáticos cubanos en México por los días de la visita de Oswald habían sido borradas, y otra que la CIA no sabía del viaje mexicano del asesino hasta después de que cometió el crimen.

Una mentira necesitaba a la otra, porque para poder asegurar que la agencia desconocía los esfuerzos del magnicida no podía reconocer que había interceptado una llamada suya al consulado.

El FBI reforzó la falsa narrativa cuando el buró de México informó a su central que las cintas con esas llamadas efectivamente habían sido borradas, pese a que violaban una norma de mantener esos registros por al menos dos semanas para garantizar que fueran correctamente analizados.

El viaje de Oswald a México disparó las alarmas del embajador estadounidense en esa ciudad Thomas Mann quien, gracias a su cercano contacto con la oficina local de la CIA, sospechó que el asesino fuera parte de un complot organizado por los cubanos a través de su embajada en la capital mexicana.

Pero el diplomático se topó con el desinterés del Departamento de Estado, que le ordenó cesar toda investigación sobre los pasos de Oswald en México.

“Robert Kennedy, Edgar Hoover y Richard Helms en la CIA querían cerrar la investigación en México. Kennedy y Helms temían que un complot para asesinar a Castro que ellos habían aprobado (…) podría verse expuesto. Se preocupaban especialmente porque con toda seguridad había sido sancionado por el presidente fallecido”, asegura Lattel.

Cuba y la Tercera Guerra Mundial

Pero, sobre todo, pueden ayudar a saber por qué la CIA despistó a los investigadores encargados por el sucesor de Kennedy, Lyndon B. Johnson, para aclarar el asesinato político más famoso del siglo XX, la llamada Comisión Warren.

La posibilidad de una intervención extranjera en el crimen podría haber desatado una crisis internacional potencialmente bélica, en la cúspide de la Guerra Fría y a solo un año de superada la crisis de los misiles cubanos que llevó al mundo al borde de una conflagración nuclear.

Una tesis indica que el gobierno de Cuba sabía de la amenaza que representaba Oswald tras su visita al consulado en México, pero no informó a Washington de sus sospechas.

Al día siguiente del magnicidio, Fidel Castro ofreció declaraciones en las que aseguró que su gobierno no tenía idea de quién era Oswald, de quien ya la prensa manejaba sus inclinaciones comunistas, su admiración cubana y su breve trabajo como activista de la organización ‘Juego Justo para Cuba’ en Nueva Orleans. El líder cubano siguió ofreciendo esa versión en público por el resto de su vida.

Pero usando el testimonio de desertores de la inteligencia cubana y reportes del FBI, sobre todo la llamada ‘Operación Solo’ del doble agente Jack Childs, Latell afirma en su libro que se trataba de una maniobra de La Habana para evitar que se generara una duda razonable sobre su participación en el crimen, algo que podría haber desatado la furia de una represalia militar estadounidense contra la isla.

Y siendo Cuba ya oficialmente un importante socio soviético en el Caribe, cualquier acción militar podría poner a las dos superpotencias nucleares nuevamente cerca de un escenario de confrontación, similar al que se había vivido el año anterior con el descubrimiento de las bases de misiles en territorio cubano.

Desde el inicio de la investigación, el Departamento de Justicia puso todo su esfuerzo en dar información al público que reforzara la versión del asesino solitario, una manera de reducir la presión que podía empezar a crecer entre quienes querían una demostración de fuerza vengativa, en caso de que algún país enemigo hubiera sido el responsable.

La Comisión Warren a oscuras

Por los archivos que se han ido desclasificando en los últimos años se sabe que la manipulación de la CIA impidió a la Comisión Warren aspectos que pueden haber dado indicios sobre las razones de Oswald o sobre la organización del atentado.

Cinco décadas despúes, el jefe de investigadores de la Comisión Warren, David Slawson, reconoció por desclasificaciones anteriores y los relatos de algunos testigos de aquellos eventos que los servicios de inteligencia querían impedir que su equipo se topara con evidencias sobre operaciones para matar a Fidel Castro que la CIA manejaba desde la capital mexicana.

Pero ni Slawson ni otros sugieren que Oswald no haya sido un “lobo solitario” y que fuera parte de una conspiración cuidadosamente planeada que haya pasado desapercibida medio siglo después pese a las horas de investigación y toneladas de escritos tratando de dilucidar el misterio.

Oswald obtuvo el trabajo en el edificio del sistema de bibliotecas tras su regreso de México a principios de octubre de 1963. Era imposible que supiera que la caravana presidencial pasaría por ese sector. De hecho, la ruta oficial se anunció pocos días antes de la llegada de Kennedy, lo que debilita cualquier sospecha de que coordinó la acción desde México.

La falla de la inteligencia

Además de ocultar información, ni el FBI ni la CIA hicieron bien su trabajo. Por ejemplo, sus agentes debieron haber entrevistado a quienes tuvieron contacto con Oswald en los cinco días que pasó en México.

Nadie espera que surja de los documentos por desclasificar una nueva teoría sobre el crimen que demuestre que Oswald no actuó solo, la máxima de las teorías conspirativas de quenes aseguran que hubo más de un atacante aquel día en Daley Plaza.

Texto original: Carlos Chirinos (Univisión Noticias)

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