De lo sublime a lo ridículo.


Por Edel López Olán (@permanenciasvoluntarias)

El deporte transforma cualquier sociedad e invertir en el deporte siempre dará a un país una perspectiva diferente en sus calles, en sus ideas, en su futuro. Transformar desde el deporte se convierte en una obligación para cualquier administración y al mismo tiempo, en un compromiso con la sociedad de impulsar en los jóvenes esas ganas de triunfar, de trascender, de poner el nombre de nuestro país en alto.

Ana Gabriela Guevara fue una de las mejores atletas mexicanas de los últimos tiempos. Nadie en este país podrá negar la emoción que sentimos al verla romper el viento, al ver como su cuerpo se desplazaba por la pista en contra de todo pronóstico, luchando codo a codo contra las mejores, poniendo el ejemplo para miles de jóvenes que, inspirados en ella, entrenaron hasta desfallecer para conseguir la gloria de un logro personal y nacional.

Pero la vida y las perspectivas cambian de otro lado del cheque.

La lamentable actitud de la ex deportista se ha convertido en el punto de polémica desde el día uno de su administración. Para muchos, el sufrimiento burocrático sufrido por Guevara (y que la hicieron correr de la mano de la iniciativa privada) serían suficientes para mostrar el camino y las herramientas a los jóvenes para encontrar ese balance necesario, nulo en en México desde hace muchos años, entra la administración, el deporte y los patrocinadores para triunfar.

Pero no fue así.

La naciente administración de Ana Gabriela Guevara sigue demostrando que llegar al poder en #México siempre será un reducto para revanchas personales, enriquecimiento ilícito, tráfico de influencias y corrupción a gran escala dejando de lado lo más importante: El bien común, la sociedad

Hace unos meses, la directora de la CONADE declaró que los deportistas mexicanos darían una actuación pobre en la justa celebrada en Lima, Perú, y hoy, con un tercer lugar en el medallero, los deportistas mexicanos siguen demostrando que ni siquiera es necesario el impulso desde una oficina, sino las ganas, el apoyo de los entrenadores y sus familias y el eterno compromiso a su país, sus logros, su realidad; en una cachetada con guante blanco que hoy deben aceptar con una sonrisa entre discursos vacíos y demagogia pendeja.

El deporte mexicano sigue en manos de depredadores políticos que se benefician de los logros, se cuelgan medallas que no merecen y son serviles a una administración fuera de proporción, que, a pesar de que no hicieron nada por lograr un objetivo conjunto, aceptan una medalla con una sonrisa cínica, sin mérito alguno.

El deporte transforma y puede convertir a un simple ser humano en un Dios por unos segundos mientras la política puede convertir a un deportista consagrado en una ridículo fantasma de lo que siempre combatió.

De lo sublime a lo ridículo.

Hasta la próxima.

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