¿Quién manda aquí?


Por Antonio Navalón (El Financiero)

Nunca nadie dijo que fuera fácil. La peor pesadilla, los peores pronósticos, el apocalipsis está escrito en la Biblia y se parece a los efectos de esta pandemia. Pero, es importante establecer orden y usar el cerebro no sólo para no hacer escenarios donde el resultado conlleve a una tendencia global suicida, sino para analizar lo que marca nuestras vidas, que es el tic tac tremendo de las muertes, los contagiados y la ausencia de una solución. Si hubiera que definirla con un nombre, esta sería la era del miedo.

Con relación a la información –que toda es sospechosa y falsa–, China mintió. Estados Unidos mintió. Francia mintió. Italia seguramente es el país que menos mintió. España también mintió. México y Alemania optaron por hacer un pacto implícito bastante interesante, del cual es conveniente hablar. Los gobiernos tienen derecho a decidir qué hacer y, en ese sentido –con independencia de valoraciones morales–, el gobierno de la canciller Merkel y el gobierno del presidente López Obrador, sin saberlo y sin ponerse de acuerdo, tomaron la misma decisión. Esta fue que en sus países morirían de coronavirus quienes ellos decidieran que han muerto a causa de ello.

Me explicaré: en Alemania sólo muere a causa de Covid-19 quien –de acuerdo con un test– está comprobado legalmente que estaba contagiado, todos los demás muertos no forman parte de la contabilidad oficial de la pandemia. Es una decisión política fundamental. En el caso mexicano sucede lo mismo. Imagínese un escenario en el que el gobierno contara con el suficiente número de pruebas para aplicarlas a los ciento veintisiete millones de habitantes. Tendríamos millones de contagiados a los que no tendríamos ni un vaso de agua para darles, es decir, personas por las que no podríamos hacer nada. Moralmente será inaceptable, pero políticamente es una posibilidad a la que nos estamos enfrentando.

La pandemia poe el Covid-19 está poniendo en evidencia muchos de los grandes temas básicos que hoy rigen la gobernanza, lo posible, la eficiencia y lo que debe de ser un buen gobierno. Aparte de la paradoja que supone el hecho de que, siete siglos después, el tratamiento de esta pandemia es similar al de la peste negra del siglo XIV –en el sentido de que las indicaciones preponderantes son el lavarnos las manos y resguardarnos en nuestras casas–, está el hecho de que una de las víctimas de esta crisis es el divorcio entre lo que creíamos conocer como organización de Estado y lo que en realidad es en la actualidad.

¿Quién manda aquí? ¿Los científicos que sostienen, orientan y dicen con un bagaje que tenemos que lavarnos las manos y quedarnos en casa? O, ¿mandan las necesidades electorales, políticas y económicas de los gobernantes de cada país?

Hasta aquí hemos visto ejemplos que nos demuestran cuál es de verdad la virtualidad fáctica del gobierno en medio de una crisis como la que estamos viviendo. Hemos visto a un primer ministro de Inglaterra divirtiéndose, disfrazándose para ir a la tienda a comprar fruta y demostrando –como en tantas ocasiones ha hecho el Presidente mexicano– que el coronavirus no era para tanto y que no había que tener tanto miedo ni estar tan asustados. Pero, la semana pasada, Inglaterra se convirtió en el país europeo con más muertes y uno de los países a nivel mundial con más casos y defunciones. Personalmente Boris Johnson estuvo al borde de la muerte, precisamente porque esta crisis y lo que está pasando sí es para tanto.

En España, el presidente del gobierno de coalición, Pedro Sánchez, ha establecido una doble ventanilla para dar información y para tener una reunión y una relación permanente con la sociedad a través de los científicos que le ayudan. Con ayuda de un especialista llamado Fernando Simón, y llenando de uniformes las conferencias de prensa que el gobierno español ha realizado, el presidente Sánchez ejerce su derecho constitucional a dirigir los designios del país. Pero esto lo hace vulnerando todas las leyes y usando atribuciones que se encuentran en la Constitución, que sólo se deberían aplicar en caso de Estado de guerra y que actualmente se están aplicando en esta crisis.

En México, el presidente López Obrador es como si tuviera dos cabezas. La primera, la que está definida por el optimismo, la esperanza y por su política que, como todo él, es muy personalizada. Y la segunda, la de su portavoz, que es el doctor Hugo López-Gatell, un personaje con buenos elementos referenciales de formación y de autoridad, pero con la suficiente elasticidad y cintura como para haber hecho de su papel más una exhibición política que un consultorio o una dirección técnica.

Fotoarte Esmeralda Ordaz

En Estados Unidos, basta con ver las caras de los epidemiólogos que dirigen la guerra por parte del gobierno de Donald Trump para entender que no está claro ni quién manda ni quién debe mandar en esta crisis. Como pasa con los temas militares, las constituciones de los países han nombrado a sus respectivos presidentes comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas. Sin embargo, las Fuerzas Armadas, al igual que las fuerzas de la salud, son altamente especializadas y al final el comandante en jefe debe de recibir una serie de reportes y sugerencias que le permitan tomar –suponiendo que tenga la capacidad de hacerlo no legal, sino intelectualmente– la mejor decisión para sus pueblos.

No hay que olvidar que la estructura del conocimiento de esta crisis ha demostrado las enormes fragilidades del sistema de investigación, de supervivencia, de orientación, de defensa y de la salud colectiva de los pueblos. Tampoco podemos dejar de lado que el mejor resumen que hoy se puede hacer sobre el funcionamiento y el desenvolvimiento de la pandemia es como en su época dijo Sócrates, “yo sólo sé que no sé nada”. Pero, mientras tanto, todos los días es necesario seguir tomando decisiones. La cuestión aquí es sobre quién debe tomarlas.

Hemos llegado al momento de definir quién es el responsable de sugerir que frente a un desafío de la sanidad como este, lo único que podemos hacer es lavarnos las manos y escondernos en nuestras casas. También, ¿quién será el responsable de hacer las cuentas de cuántos muertos tendremos por concepto del virus y sobre cuántos produciremos como consecuencia del aparato productivo? O dicho de una manera más simple, en una crisis como esta, ¿quién debe mandar, el consejo sanitario de los países o el presidente de la nación? En este momento –y en eso coincido con Trump–, la cuestión es que no puede haber un remedio a una enfermedad que sea más caro que el costo de la enfermedad misma.

Esta crisis no solamente va a terminar rediseñando todo el juego de las verdaderas responsabilidades de los gobiernos, sino que además ya supone un reto al valor supremo de la democracia. Y es que no basta con depositar el voto hacia un gobernante, sino que por encima de toda posibilidad, este debe de mantener vivos a quienes lo eligieron. Mientras tanto, con valores disfuncionales y con elementos que inducen a la falta de credibilidad en la información pública, vamos siendo testigos de un fenómeno que somos incapaces de controlar. Entre las nubes de la sospecha y la insinuación, vamos olvidando de que todo esto puede ser parte de un plan maquiavélico por parte de los países o potencias orientales –especialmente China–, para debilitarnos. Sin embargo, no tenemos más que una evidencia dolorosa y peligrosa.

En las últimas semanas China ha tenido contagios en cantidades de un solo dígito y que han sido procedentes del extranjero. Teóricamente hablando, China ha conseguido controlar completamente el fenómeno de la reinfestación, conteniendo además la mayor parte del número de muertos. Pero, más allá de las medidas extremas de internamiento en prisiones o el uso de la violencia –del que no tenemos más que sospechas, pero no constancia– ¿por qué China ha conseguido domesticar el virus que nació en sus fronteras mientras que los demás nos vamos preparando para los costos que tendrán la segunda y tercera oleada del virus?

Fue en 1927 –nueve años después de la gripe española que mató entre cincuenta y cien millones de personas– cuando un bioquímico de nombre William Kermack y un médico epidemiólogo llamado Anderson McKendrick inventaron el modelo SIR, haciendo referencia a las personas susceptibles, a los infectados y a los recuperados de la pandemia. Ese modelo ayudó a hacer el recuento de las consecuencias que tuvo la gripe española. Actualmente, en la situación en la que nos encontramos, un escenario como este no está tan lejos de la realidad. El gobernador neoyorquino Andrew Cuomo ya ha señalado que en la gripe española, en los millones de muertos que produjo en todo el mundo, el primer ataque fue brutal, pero el que resultó devastador fue el segundo ataque.

Necesitamos definir cuál es la responsabilidad de la comunidad científica y determinar cuáles son los límites –así como los que se nos han impuesto a nuestras libertades– que debemos imponer a nuestros gobernantes. Además, ¿es que no hemos aprendido nada en un siglo? La confianza pública, el manejo y el buen uso de los pocos recursos se han convertido en factores clave. Pero lo que es necesario responder es, en esta crisis, ¿en manos de quién debe de estar el poder?

No es nueva la alternativa a la que se enfrentan los gobiernos y que consiste en que, en ocasiones, con tal de salvar a las sociedades –entendiendo a estas como si fueran un cuerpo– es necesario tener que amputarles la pierna o el brazo. Ya que como estableció Abraham Lincoln, “a veces hay que sacrificar un miembro para salvar el cuerpo entero”. Es una alternativa del diablo. Pero es la alternativa a la que actualmente se enfrentan los gobiernos.

Hay momentos en los que para sacrificar un bien mayor, hay que dejar que se produzca daño menor. Todos los gobiernos rehúyen de verdad el problema y se dejan acariciar por el tiempo mientras que hay problemas que no pueden pasar desapercibidos, como la selección generacional que esta crisis está haciendo. En primer lugar, la pandemia está liberando la carga de las pensiones, matando a quienes las deberían recibir. Y, segundo, la pandemia exige un alto costo de muertes. Mientras tanto, los gobiernos tienen que decidir qué política seguir: si evitar muertos por el virus o que haya más muertos por la inestabilidad social generada ante la ausencia de la creación de riqueza. Qué suerte tiene China al ser un país donde esas alternativas se responden solas y bajo las directrices del líder supremo y de los acuerdos del Comité Central.

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