Conociendo al enemigo


El Covid 19 vino a colocar en jaque a la tecnología de salud y sus alcances. Innumerables tratamientos e investigaciones cambian de semana en semana tratando de entender cual es el funcionamiento de uno de los virus más letales que ha conocido el ser humano.

“Es como si estuviésemos enfrentando algo que no podemos ver, de lo que no sabemos nada, que no sabemos de dónde viene”, dijo Vivian Castro, supervisora de enfermeras en el St. Joseph’s Medical Center de Yonkers, Nueva York.

A pesar de ser invisible, sus cifras aumentan con tan solo un simple contacto. Resumiendo, el coronavirus trastornó la vida diaria. Y para combatirlo, hay que conocer al enemigo. Ese conocimiento es el primer paso en lo que se perfila como un largo camino hacia la normalidad.

“Hay luz al final del túnel, pero es un túnel muy, muy largo”, comentó el doctor Irwin Redlener, director del Centro Nacional de Preparación para Desastres de la Universidad de Columbia.  “No hay dudas de que vamos a tener que adaptarnos a un nuevo estilo de vida. Esa es la realidad”.

Los coronavirus, incluido el más nuevo, cuentan con brazos delgados que cubren su superficie como una corona. Esos brazos puntiagudos se aferran a las paredes exteriores de las células humanas, las invaden y se reproducen, creando más virus que invaden más células. Si se encuentra la forma de contener esos brazos, se detiene el virus. Dentro de las células humanas, el ARN (ácido ribonucleico, el código genético), controla su maquinaria y da instrucciones y para de generar miles de copias del virus.

El coronavirus, no obstante, tiene puntos débiles: Una membrana exterior que puede ser destruida por un jabón ordinario. Eso neutraliza el virus y es la razón por la que los expertos insisten en el lavado de manos. Hay cientos de coronavirus, pero se sabe de solo siete que afectan a las personas. En el 2002, uno de esos virus, el SARS, que causa severos trastornos respiratorios, surgió en China y mató a más de 700 personas.

Sin embargo, el nuevo coronavirus resulta un acertijo que tiene atareada a la comunidad científica.

“Básicamente, todo el mundo es susceptible”, dijo Thomas Friedrich, investigador de la Universidad de Wisconsin-Madison.

Los científicos están convencidos de que la enfermedad se originó en murciélagos y puede haberse transmitido a través de otros animales. Las autoridades chinas aislaron totalmente la ciudad de Wuhan, donde se diagnosticó por primera vez el virus, a fines de enero.

Pero más de 100 mil vuelos comerciales diarios facilitaron su rápida propagación en forma casi invisible, según el historiador médico Mark Honigsbaum, autor de The Pandemic Century: One Hundred Years of Panic, Hysteria and Hubris (El siglo pandémico: Cien años de pánico, histeria y soberbia).

“Cuando nos dimos cuenta del brote en Italia, ya llevaba dando vueltas semanas, sino meses”, expresó.

Los pulmones se convierten en el centro focal del ataque del virus, por lo tanto, las dificultades para respirar y los problemas como temperatura y fatiga se convierten en una constante por la falta de saturación de oxígeno por parte de los pulmones. Ahora, el coronavirus sigue planteando nuevos interrogantes. Dejó flácidos los corazones de dos hombres de 40 años tratados recientemente por Griffin, incapaces de bombear suficiente sangre. Algunos jóvenes llegan a salas de emergencia tras sufrir derrames cerebrales motivados por coágulos sanguíneos.

A otros pacientes les dejan de funcionar hígados y riñones, y los coágulos sanguíneos generan el peligro de amputación de algunos miembros.

“Es difícil porque surgen tantos problemas y hay tantos pacientes”, dijo Stuart Moser, un cardiólogo de Nueva York.

La realidad es que mucha gente infectada nunca sentirá síntoma alguno ni se enfermará, lo que quiere decir que el control de temperaturas y otras estrategias que giran en torno a los síntomas no bastan para frenar el virus. Numerosos expertos creen que es vital realizar tantas pruebas como sea posible para detectar los portadores asintomáticos, aislarlos y rastrear a las personas que puedan haber contagiado. Los tapabocas y el distanciamiento social ayudan a prevenir infecciones.

Fuente: The Lancet

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