«¿Por qué nos querían matar?»



Niños sobrevivientes del ataque de Reynosa narran su paso por la tragedia.


Por Manu Ureste (Animal Político)

Sergio Hugo Rodríguez Alonso y su hermano Cristiano Ronaldo tienen 13 y 10 años, respectivamente, y son de Reynosa, Tamaulipas.

Los dos sueñan con ser futbolistas, pero tienen gustos diferentes. Sergio, es fanático del Barsa. Y su ídolo es Lionel Messi, el astro argentino. Cristiano, en cambio, le va al eterno enemigo, al Real Madrid. Y su ídolo, obvio, es su tocayo; la estrella portuguesa que batió todos los récords de goles con los ‘merengues’.

“Se quieren mucho, pero siempre andan peleando porque uno es del Barcelona y el otro del Real Madrid”, se queja divertida la madre de los hermanos, Jessica, de 33 años.

Pero ese sábado 19 de junio, Sergio y Ronald estaban del mismo lado. Los dos llevaban puestas sus playeras blanquiazules de la escuela de futbol ‘Tuzos de Reynosa’, una filial del Pachuca Futbol Club donde juegan como mediocampistas.

Eran como las 12:35 del mediodía. Jessica apresuró a los muchachos. Ronald jugaría el primer partido, a las 13 de la tarde.

Y su hermano, en una categoría superior, jugaría después, a las 17 horas. Los dos subieron al carro, un Ford Focus. Ronald se sentó de copiloto junto a su madre. Y Sergio Hugo iba detrás junto a su hermana, de 15, y su primo Roberto Zuriel, de ocho años.

El coche arrancó y comenzó a moverse rápido hacia el campo de futbol. Pero, ni a los cinco minutos, cuando iban por la calle General Rodríguez, en la colonia Almaguer de Reynosa, Jessica pisó el freno a fondo.

“Nos topamos de frente a un tipo armado”, narra la mujer en entrevista, aun con la voz trémula.

Tal vez por el instinto desarrollado de vivir en una ciudad acostumbrada a los retenes del narco y a la violencia, Jessica dice que actuó con rapidez: metió la reversa, maniobró para hacerse espacio en la calle, y metió de nuevo la primera velocidad para salir huyendo en sentido contrario.

Pero no alcanzó a huir a tiempo. Sobre la carrocería del coche se escuchó un pac-pac-pac metálico y los niños gritaron presa del pánico.

-¡Mami, nos van a matar. ¡Nos van a matar!

El Focus se abrió paso por la colonia a toda velocidad.

Jessica trataba de controlar los nervios para no atropellar a nadie. Los gritos de los niños no se lo ponían fácil.

Al fin, llegaron al camino de terracería que está junto a su casa. Jessica se quitó el cinturón y volteó a ver a sus hijos y a su sobrino.

“Mami, llévame a un hospital”, le pidió con un hilo de voz Sergio Hugo, que traía el uniforme blanquiazul de los Tuzos empapado en sangre. Los hombres armados le habían acertado cuatro balazos.

“Mami, me duele mucho -se quejaba el niño agarrándose las piernas-. Llévame a un hospital”.

“Al verlo, grité aterrada”, recuerda Jessica. “Pensé que se me iba a morir en mis brazos. El coche estaba lleno de sangre”.

Al escuchar los gritos, los albañiles que hacían unas obras en casa de Jessica salieron a socorrer al niño. Como pudieron, le amarraron “unos cintos” en las piernas. Y luego, más vecinos llegaron para auxiliar también a Roberto, el primo de apenas ocho años, que también fue herido por las balas.

Jessica llamó a su esposo y le contó lo sucedido. El hombre dejó de inmediato el trabajo y se dirigió a su casa. Al llegar, cargó a Sergio Hugo y lo metió al carro para llevarlo a la clínica más cercana.

Antes de partir, Jessica cuenta que su niño le dijo:

“Qué bueno que fui yo, mami. No quiero que nada malo le pase a usted”.

“¿Por qué nos querían matar?”

A esa hora, las 12:40 de la tarde del sábado 19 de junio, el infierno ya se había desatado en varios puntos de Reynosa. Un convoy de tres vehículos con integrantes del crimen organizado entró a la ciudad fronteriza minutos antes con la aparente consigna de disparar a todo lo que se pusiera por delante y al azar. Querían calentar la plaza.

Primero, asesinaron a seis personas en calles de la colonia Bienestar; luego a otras dos en la Almaguer, de donde salieron huyendo Jessica y sus niños; luego a otras cuatro en la Fidel Velázquez; luego, otra más en la Lampacitos; y por último a otras dos personas en la Unidad Obrera.

En total, 15 civiles asesinados, entre los que había albañiles, estudiantes, taxistas, familias enteras, en una de las peores masacres de las que se tenga registro en México, y en la que, además, hay múltiples testimonios que aseguran que las autoridades tardaron más de una hora en acudir en auxilio de la población; versión que la Fiscalía estatal rechazó.

Hoy, Jessica vive entre el alivio de tener a sus hijos con vida y la angustia de no saber cómo explicarles a unos niños qué fue lo que les sucedió ese día.

“Ellos no entienden nada. Me dicen: ‘Mami, pero si nosotros no somos malos, no somos delincuentes, ¿por qué nos tiraron? ¿Por qué nos querían matar?”.

Las balas le acertaron de lleno en los pies a Sergio Hugo. En el derecho, le causaron heridas. Y en el izquierdo, una fractura de la que aún no saben bien su alcance.

Además, las balas, los gritos, la sangre, el horror, le dejaron otras secuelas que no se aprecian a simple vista.

“Desde ese día, mi hijo tiene mucho miedo. A cada rato me dice: ‘Mami, no vaya a salir a la tienda. No quiero que le pase nada’. O se despierta en mitad de la noche y me dice: ‘Sí, mami. Yo estoy bien. No se preocupe por mí’, y se regresa a la cama caminando dormido”.

Ronald, por su parte, ya expresaba antes de la masacre los efectos de vivir en una ciudad donde los enfrentamientos entre grupos criminales son cotidianos.

“Él ya estaba muy espantado antes de todo esto -explica Jessica-. Hágase cuenta que escuchaba una tabla caerse al suelo y ya se pensaba que eran balazos, y corría a esconderse”.

Tras la masacre, el niño también está expresando un fuerte sentimiento de culpa, porque ese sábado el primer partido era el suyo, a las 13 horas, y el de su hermano baleado era más en la tarde, a las 17.

“Mi niño se pega en la cabeza y me dice: ‘por mi culpa le pasó esto a mi hermano, porque mi partido era primero’”.

Algo más de una semana después, Jessica y su familia tratan de recuperar, poco a poco, algo de normalidad. Aunque, lógicamente, al que más le está costando es a Sergio Hugo, que con las piernas y los pies inmovilizados se desespera porque no podrá jugar la final con su equipo de Los Tuzos.

“Éstá muy triste. Me dice llorando que ya no va a poder jugar otra vez al futbol, que porque no puede mover su pie”, cuenta Jessica, que trata de animarlo: “Yo le digo que solo ha pasado una semana, que no se desespere. Ahora tiene que recuperarse bien y que, algún día, seguro que podrá jugar otra vez al futbol”.

Y eso es lo único que lo reconforta, que lo sosiega, dice su madre: verse pronto vestido de uniforme y jugar de nuevo al futbol con su hermano Cristiano Ronaldo.

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