Editoriales

Juegos de poder


Por Leo Zuckerman (El Heraldo)

Ellos, no, nosotros, dijeron que ejercerían el poder de manera diferente. Fue parte del éxito para conseguir el 53% de los votos: más de 30 millones los eligieron para gobernar al país. Machacaron el discurso de la regeneración nacional, de evitar las trampas, de terminar, de una vez por todas, con las chocantes simulaciones que tanto daño le han hecho a este país. Pero no han cumplido. Por el contrario, y antes de tomar posesión, han demostrado ser iguales o peores. Les gusta abusar del poder. Doy no uno, no dos, no tres, no cuatro, sino cinco ejemplos y propongo un sólo criterio para juzgar estas acciones: ¿qué tal si eso mismo lo hubiera hecho el PRI y Enrique Peña Nieto en lugar de Morena y Andrés Manuel López Obrador?

Primero. deciden ayudar a los damnificados de los sismos del año pasado. Para tal efecto, constituyen un fideicomiso, fuera del partido, pero en la misma dirección legal que éste. El Instituto Nacional Electoral encuentra que militantes morenistas depositan varios millones de pesos en efectivo que luego retiran también en efectivo. Una verdadera lavandería de recursos. El INE lo considera fraudulento. El Tribunal Electoral los perdona con un tecnicismo legal. Apliquemos el criterio: ¿qué hubieran dicho AMLO y Morena si esta misma operación la hubieran hecho Peña y el PRI?

Segundo, la alianza política con el Partido Verde Ecologista de México (PVEM). Aquí lo bueno es que ni siquiera nos debemos de imaginar el criterio propuesto porque el propio Peña y el PRI efectivamente se aliaron al PVEM, como también, en su momento, lo hizo Fox y el PAN. Y es que el Verde siempre se vende al mejor postor. Se trata de lo peor que ha producido el sistema de partidos. Un negocio dedicado a medrar desde el poder. No puedo pensar en peor corrupción que la de estos bucaneros que ahora ya están juntitos a AMLO y Morena. Los verdes, de hecho, le cedieron cinco de sus diputados a Morena para que éste tuviera mayoría en la Cámara de Diputados. El mismo oportunismo vomitivo de siempre, ahora ejecutado por los que prometieron que serían diferentes.

Tercero, el rechazo del Presidente electo a reformar el artículo 102 constitucional para tener una Fiscalía General auténticamente autónoma y capaz para, sobre todo, perseguir los delitos de la corrupción, una demanda de varias organizaciones de la sociedad civil. Aquí, de nuevo, tenemos un caso donde ni Peña ni el PRI accedieron a tal solicitud. Se les criticó, luego entonces, de que el Presidente quería a un “fiscal carnal”, un cuate suyo, un subordinado que hiciera lo que le ordenara. Lo mismo que quiere AMLO. Un fiscal a la antigüita que pueda controlar. Nada de mayor autonomía y capacidad. Un procurador que recibirá, como en los sexenios anteriores, instrucciones del jefe del Poder Ejecutivo.

Cuarto, la reforma a la ley de adquisiciones en Tabasco. Una mayoría de Morena en ese estado aprobó que no se lleven a cabo licitaciones para “obras estratégicas”, sino que se asignen de manera directa. Lo que hoy es una simulación, como han demostrado México Evalúa y el IMCO, que la mayoría de los contratos de obra pública son asignados, se ha legalizado en la entidad donde se construirán el Tren Maya y una nueva refinería. ¿Qué dirían los morenistas si esto mismo lo hubieran hecho los priistas en el Estado de México donde se construyó el tren entre la CDMX y Toluca?

Llego a la quinta: la farsa de la “consulta popular” de dónde construir el Nuevo Aeropuerto de México. La organiza y financia Morena sin ningún tipo de control para evitar prácticas fraudulentas. La localización de casillas es caprichosa y favorece a las áreas donde Morena tiene mayor presencia electoral. La aplicación para evitar que se vote más de dos veces falla, la tinta indeleble se borra y, por tanto, se puede votar varias veces. No hay mamparas para asegurar que el voto sea secreto. Las urnas las controlan operadores del partido que se las llevan a sus casas en las noches. El conteo lo hacen morenistas. No hay representantes opositores. Nadie sabe bien a bien quién es el árbitro que cuenta y agrega los votos. Apliquemos el criterio propuesto: ¿qué diría AMLO y Morena si esto mismo lo hubiera hecho Peña y el PRI?

Pero ellos dicen ser diferentes. Piensan que tienen la “autoridad moral” para realizar las mismas prácticas fraudulentas, corruptas y oportunistas del pasado. Sus fanáticos así lo presumen y lo justifican en las redes. Están en su derecho. Seguramente habrá muchos mexicanos que se los crean. Pero habrá otros que lo dudarán porque, a final de cuentas, en algo tiene razón López Obrador: la gente no es tonta.

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