Por Luis Carlos Ugalde (El Financiero)

Miles de personas se manifestaron el sábado pasado en contra de López Obrador en más de 50 ciudades de 30 entidades federativas (excepto Tabasco y Baja California Sur). La consigna madre fue la renuncia de AMLO, acompañadas de otras como “No al comunismo”, “Fuera Morena”, “No a la dictadura” y “AMLO traidor a la patria”.

La protesta es parte de la deliberación en una democracia. Que la gente salga a las calles a manifestarse es algo positivo que debe celebrarse; sin embargo, el mensaje fue equivocado. #AMLOVeteYa significa querer suplantar el mecanismo democrático de millones de personas que dieron su voto en 2018 al presidente para seis años, no menos, no más.

Comparto muchas de las quejas de los manifestantes, pero me parece equivocado suponer que un grupo –aún sea de millones de personas– pueda reemplazar a la mayoría que lo eligió hace dos años. Por esa misma razón estoy en contra de la propuesta de López Obrador de llevar a cabo una consulta de revocación de mandato en 2022. ¿Bajo qué argumentos se le va a retirar el derecho de elegir que muchos mexicanos ejercieron en 2018 para escoger a un presidente para seis años?

Si el mensaje es equivocado, no lo es así la protesta. Hay millones de mexicanos agraviados y afectados por las decisiones y omisiones de este gobierno –como los había en gobiernos anteriores. Alzar la voz es legal y legítimo y vigoriza la vida democrática.

Cabe recordar que quienes hoy llaman ‘golpistas’ a los manifestantes olvidan que López Obrador pidió la renuncia de expresidentes en múltiples ocasiones. Por ejemplo, en mayo de 2014, publicó en su cuenta de Twitter: “Existe el rumor de que EPN está enfermo. Ni lo creo, ni lo deseo. Pero es una buena salida para su renuncia por su evidente incapacidad”.

En agosto del mismo año tuiteó: “La renuncia de EPN antes del 1 de diciembre permitiría convocar a elecciones y atender a tiempo, por la vía pacífica, la crisis de México”. Un par de meses después insistió en la renuncia de Peña Nieto, ahora argumentando que debía dejar el poder por ser responsable de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa.

En lugar de imitar a López Obrador y pedir su renuncia, los manifestantes podrían exhibir una y otra vez los errores del gobierno (como ya se hace), exigir que los legisladores pongan un alto a las decisiones ilegales del Ejecutivo, como en materia de energías renovables y, en general, promover más litigios estratégicos, pero bajo un mensaje diferente. Y, por supuesto, la gente que está en contra del gobierno debe organizarse para usar los comicios de 2021 como una vía para generar contrapesos. Son los votos la verdadera vía efectiva de una democracia para protestar en contra de un gobierno deficiente.

¿Qué sigue?

Los agraviados deben fortalecer su protesta: en las calles, en las redes sociales, en los medios tradicionales. También participar activamente en las campañas que se avecinan. Estamos a un año y pocos días de la elección intermedia de 2021, clave para definir el rumbo de la segunda mitad del sexenio.

Pero esa protesta natural y necesaria, como la hubo en sexenios anteriores encabezada por López Obrador y sus seguidores, se topará con una campaña feroz. Por una parte, será desacreditada como ‘golpismo’. Por ejemplo, Epigmenio Ibarra ha difundido vídeos en los que acusa que hay en marcha un golpe de la reacción. Ha dicho que la derecha conservadora no escatima en recursos ni respeta reglas para sepultar a López Obrador y recuperar el poder.

Por otra parte, se anticipa que podrían formarse “comités de defensa de la 4T” como estructuras aglutinadoras de apoyo al gobierno –paralelo al partido Morena y seguramente de la mano de la estructura de servidores de la nación. Según La Jornada, militantes de izquierda ya constituyeron 300 de estos comités –y esperan llegar a tres mil– los cuales, según su coordinador José Antonio Rueda Márquez, tienen el objetivo de generar un “polo ideológico” para hacer frente a “la ofensiva de núcleos conservadores que a raíz de la pandemia atacan a la 4T”.

Lo que debería ser una rutina democrática –que los afectados por un gobierno se manifiestan en contra y votan para generar contrapesos– se convertirá en un drama populista que buscará polarizar para convertir la de 2021 en un referéndum a favor o en contra de la 4T, a favor o en contra de la gran transformación, una lucha ficticia entre el pueblo y la derecha reaccionaria.

Los populismos viven del drama y del histrionismo. Pueden exagerar para caricaturizar la realidad y así ganar adeptos en contra de enemigos imaginarios. Desafortunadamente, enfrentan a opositores que por su naturaleza son diversos, amorfos, plurales y sin unidad. Son reflejo de una sociedad abierta: no piensan igual; muchos están en contra del gobierno, pero no comulgan con las ideas de los demás opositores. Ergo: la oposición se fragmenta.