Chamaquearon al Presidente


Por Raymundo Riva Palacio (El Financiero)

El presidente Andrés Manuel López Obrador ya recibió formalmente la invitación para participar en la Cumbre de las Américas que arranca en Los Ángeles el próximo viernes. Pero aún no decide, cuando menos públicamente, lo que va a hacer. Probablemente hoy, aunque no lo aseguró, anuncie si participará o no, en función de la valoración de una “serie de factores” a partir del condicionamiento de que a menos que invitaran a Cuba, Nicaragua y Venezuela, asistiría. López Obrador se quedó esperando la respuesta del presidente Joe Biden a su exigencia y resultó chamaqueado por la diplomacia estadounidense. Su decisión final nos mostrará si entendió que para jugar grandes ligas hay que conocerlas, o si recurre a sus asesores que dibujan monos o son amanuenses, y hace un nuevo berrinche.

López Obrador tuvo un gran éxito instantáneo la semana pasada que lo empoderó, cuando, tras hacer pública su posición, un día después de regresar de Cuba, Biden relajó sanciones económicas a Cuba y Venezuela y despachó a México a Christopher Dodd, consejero especial para la cumbre, quien finalmente no llegó por tener COVID-19, dijo, lo que no fue impedimento para que viajara a Brasil a invitar al presidente Jair Bolsonaro. Dodd le garantizó que ese mismo miércoles que platicaron por Zoom, o al día siguiente, tendría la respuesta de Biden. Nunca llegó el mensaje del presidente, pero sí de su gobierno.

De entrada, redujeron su nivel de interlocución. No hablaría Biden con él, ni tampoco la vicepresidenta Kamala Harris, el embajador plenipotenciario John Kerry o el secretario de Estado, Antony Blinken, quienes habían sido los que mantenían dialogo directo con López Obrador. Con quien conversaría y de quien recibiría las respuestas de Washington sería el embajador en México, Ken Salazar, confirmó el viernes pasado el consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Jake Sullivan. Así, Biden degradó el nivel de diálogo y la ventanilla en la Casa Blanca se cerró, abriéndose en Reforma 305.

López Obrador apenas recibió ayer la carta de invitación formal, que tenía fecha del 21 de mayo –según el Presidente–, y cándidamente justificó la demora a que se retrasó en el correo. Esas comunicaciones no viajan por el servicio postal, sino en la valija diplomática, pero tampoco deben haber considerado urgente dársela, o jugaron también a la demora para que terminaran de cuadrar la estrategia diplomática para la cumbre.

Mientras López Obrador continuaba con su estrategia basada en la retórica mañanera, la Casa Blanca operaba. De los 14 países caribeños en el Caricom que habían expresado sus dudas en participar por la exclusión de esas tres naciones, 13 confirmaron. Bolsonaro, tras hablar con Dodd, también. Para mantener ocupada la atención de López Obrador y, podría uno conjeturar, jugar con su ego, durante varios días filtraron cómo podrían invitar a representantes de esas tres naciones, en respuesta a la postura del mexicano.

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, no esperó y desde la semana pasada dijo que no iría –de cualquier forma, hay una orden de aprehensión en su contra, así que quizá podría entrar a Estados Unidos, pero probablemente no salir–. El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, no aguantó la incertidumbre y el miércoles se alineó a Nicaragua. El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, dejó entrever el miércoles que tampoco asistiría –su situación jurídica en Estados Unidos es como la de Ortega–. Ayer, Estados Unidos ratificó lo que desde que convocó a la cumbre había anticipado: al menos dos de esos dictadores no serían invitados.

En una audiencia en el Subcomité de Asuntos Latinoamericanos del Senado, el coordinador de la cumbre, Kevin O’Reilly, afirmó que Maduro no había sido invitado porque “no lo reconocemos como un gobierno soberano”, que sí hacen con Juan Guaidó como jefe del Ejecutivo venezolano. Poco después, un funcionario del Departamento de Estado le confirmó a la agencia de noticias Reuters que la Casa Blanca no había invitado ni a Maduro ni a Ortega, aunque aún se evaluaba si realizaba algún tipo de invitación a Cuba.

La definición en proceso sobre quiénes sí y quiénes no se sentarán en la mesa de la cumbre, ha dejado al presidente López Obrador en un dilema, en el cual se metió por la ligereza de su pronunciamiento, y la ingenuidad e incapacidad de quienes lo metieron en esta trampa. López Obrador sabía –a menos que el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, lo tuviera en la oscuridad– que Estados Unidos no invitaría a esas tres naciones, desde que el secretario de Estado, Antony Blinken, en la 52ª Conferencia Anual de las Américas, las excluyó porque, “como cada gobierno participante en la cumbre sabe, no podemos minimizar el carácter democrático de la región”.

López Obrador nunca pidió que se invitara a los presidentes, sino habló de países, agregando que dependería de ellos si iban o no a la cumbre. Díaz-Canel, con quien tiene una relación de amistad y admiración, le facilitó una salida política al anunciar que no asistiría. Ortega, a quien no critica pese a la represión y violación a los derechos humanos en Nicaragua, ya le había quitado peso de encima. Maduro es quien queda pendiente, pero se perfila a anunciar también su propio veto a la cumbre.

La postura inicial de López Obrador se está desinflando ante la diplomacia estadounidense. Bolsonaro es la ficha más importante alcanzada, por ser Brasil la principal potencia de América Latina. El presidente argentino, Alberto Fernández, aliado incondicional de López Obrador, se ha distanciado y, aún con reservas, viajará a Los Ángeles. La presidenta de Honduras, Xiomara Castro, que inicialmente se sumó a López Obrador, ya no está segura de seguirlo y está reconsiderando participar en la cumbre.

López Obrador se está quedando solo. Su presión pública a Biden fracasó y tiene que recortar sus pérdidas participando en la cumbre, justificando en la negativa de Díaz-Canel y Ortega su presencia en Los Ángeles. Su posición absolutista lo llevó a un dilema. Ahora es tiempo de alejarse del berrinche y actuar con pragmatismo.

Los pleitos vs. el Estado mexicano


Por Darío Celis (El Financiero)

EL CONGRESO DE Estados Unidos, particularmente los demócratas en el Senado, se va a convertir en el policía malo que vigile el cumplimiento de México en el TMEC.

El acuerdo trinacional va a ser el talón de Aquiles del gobierno de la 4T en la relación bilateral. El actual conflicto entre el presidente Andrés Manuel Lopez Obrador con Vulcan Materials es otro botón de muestra.

Los representantes y senadores, a través de la poderosa central obrera AFL-CIO, tienen metidas las manos en el TMEC en el capítulo laboral y en democracia sindical de las compañías que exportan productos.

Para no ir tan lejos, solamente esta misma semana estarán muy atentos al resultado de las votaciones en la planta de la General Motors de Silao, en el estado de Guanajuato.

Sin contar las controversias y demandas que se gestionan en el TMEC por el tema de inversiones, producción y comercialización en energías limpias, existen al menos 15 casos de arbitraje.

Asimismo, conforme al TLCAN-TMEC, hay 15 casos activos de acuerdos de inversionistas foráneos contra el Estado mexicano, amén de otros 19 expedientes concluidos.

De los inversionistas contra el Estado apunte a Talos Energy, Margarita Jenkins, Gulf Investments, Libero Partners, Amerra Capital, Doups Holdins, Sepadeve International y Gonzalo Mora Velarde.

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Asimismo, Libero y Otros, Primero Mining, Dal Tile Corporation y Dal Tile Internacional, Jinlong Dongli Minera Internacional, Tralie Internacional Finance, CMSA B.V. y Coeur Mining.

De los casos activos considere a First Majestic Silver, Finley Resources, Terence Highlands, Lion Mexico, Shanara Maritime, B-Mex. LLC, TeleFacil México, Carlos Sastre, Eutelsat, Legacy Vulcan Calizas y Oro Negro, entre otros.

Este martes 10 senadores volvieron a enviar cartas a altos funcionarios de la administración de Joe Biden, alertando de los incumplimientos del gobierno de López Obrador, en la continuación de confrontaciones entre el Congreso estadounidense y México.

Fueron los legisladores Bill Hagerty, Rick Scott, Roger F. Wicker, Ted Cruz, Marco Rubio, Richard Shelby, Tommy Tuberville, Bill Cassidy, Roger Marshall y John Cornyn.

Ken Salazar. (Ilustración de Nelly Vega)

Su misiva la dirigieron a los secretarios de Estado, Comercio, a la Representación Comercial y otros funcionarios del primer nivel, así como al embajador Ken Salazar.

En el Congreso y en la Casa Blanca hay legisladores y funcionarios que están en contra de la retórica empresarial obradorista y de lo que ellos consideran violación flagrante del TMEC en materia de inversión extrajera.

Los tambores de las sanciones contra la 4T cada vez suenan más fuerte.

Gerardo Sosa (Ilustración de Nelly Vega)

PUES CON LA novedad de que ayer al medio día la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) fue notificada por la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV), que preside Jesús de la Fuente, que habían sido desbloquedas las cuentas 7003234986, 4060282449, 4060782513, 4061368890, 6348352082 y 4061368908. Y más temprano que tarde, fueron vaciadas por el Patronato de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. El oganismo que encabeza Gerardo Sosa Castelán retiró de un teclazo la friolera de 151 millones dólares que la Fiscalía General de la República (FGR) tenía congelados, instancia que mantiene en prisión domiciliaria a aquél, acusado del delito de operaciones con recursos de procedencia ilícita. El aseguramiento tenía fecha de caducidad, el 17 de mayo, y por falta de rigor de los muchachos de Alejandro Gertz Manero nada se pudo hacer para retenerlos. Tampoco la UIF, que lleva Pablo Gómez. Los ministerios públicos solicitaron hasta en cinco ocasiones audiencia judicial para extender el resguardo, pero el juez siempre se las negó, por lo que la CNBV tuvo que desbloquear las cuentas que estaban en el HSBC, que dirige Jorge Arce, y que según sus propios registros, fueron vaciadas en su totalidad.

Jesús de la Fuente. (Ilustración de Nelly Vega)

POR CIERTO QUE existe preocupación en el medio financiero por los últimos cambios al interior de la CNBV, que preside Jesús de la Fuente. El más reciente que levantó cejas de propios y extraños es la inminente llegada de Mireya Suárez a la vicepresidencia de Supervisión Bursátil, en sustitución de Itzel Moreno. De la hasta hoy directora general de Supervisión de Entidades e Intermediarios Bursátiles se espera que logre resolver los muchos pendientes que hay en el sector y que su gestión abone a poner orden en esa área estratégica del regulador. Seguramente en la Secretaría de Hacienda de Rogelio Ramírez de la O seguirán muy de cerca los pasos de la próxima vicepresidenta, aunque la mayoría de los nombramientos, como el de Ayax Fuentes, en la vicepresidencia de Supervisión de Procesos Preventivos, escaparon a su ámbito de competencia.

FINALMENTE EL INFONAVIT asignó el contrato de impresión de casi 50 millones de recibos de cobro de hipotecas a MBM, de Alfonso Pérez Barona, un negocio de 260 millones de pesos. Se pasaron por alto todas las quejas fundadas ante el Órgano Interno de Control que se le presentaron a la operadora de la licitación, Alicia Barrientos, subdirectora de Gestión de Cartera, una antigua militante del PRD y fundadora del grupo hoy conocido como servidores de la nación. De las faltas mayores en que incurrió el organismo a cargo de Carlos Martínez apunte la omisión de documentos legibles de los certificados ISO-9001, la ISO-14001 con su actualización de seguridad de datos PCI DSS, amén de no contar con el alcance solicitado ninguno de los tres asociados para realizar los trabajos de impresión fija, variable y de distribución.

Jesús Sesma. (Ilustración de Nelly Vega)

AHORA NO NADA más las corridas de toros sino las peleas de gallos, jaripeos y charrería están en riesgo de desaparecer en la Ciudad de México. Resulta que un grupo de legisladores capitalinos pertenecientes a la bancada llamada ‘animalista’, cuyo líder es Jesús Sesma, quieren regular e incrementar castigos para quienes maltraten, bajo sus parámetros, a los animales. Otro frente que le abren a la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, en un momento en el que sus problemas no son pocos, al buscar votar hoy una iniciativa de ley en la materia.

¿Al carajo, Presidente?


Por Raymundo Riva Palacio (El Financiero)

El Presidente está desquiciado. Y cada semana empeora más. Dentro de Palacio Nacional se reduce el número de asesores que quieren hablar con él de manera seria y prefieren darle la vuelta por la forma como su intolerancia ha crecido, no sólo hacia afuera, sino hacia adentro, donde sus acciones y declaraciones cada vez pierden más consenso. El presidente Andrés Manuel López Obrador ha perdido el equilibrio y su falta de templanza es evidente. A las críticas internas está respondiendo con reprimendas y represalias, y a las externas, como no sabe cómo atacarlas, insulta donde puede, y donde no, sus soluciones caen en lo absurdo.

El deterioro que está sufriendo el Presidente en su persona y su liderazgo tiene orígenes objetivos: las cosas le están saliendo mal, la seguridad, la economía, sus megaproyectos, la sucesión presidencial, la corrupción en su cuatroté. Su alegato de que tiene otros datos es cierto, porque de manera progresiva le están informando menos y de forma parcial, ante su intemperancia. Hace unos días sucedió uno de esos momentos incómodos para todos en Palacio Nacional.

Cuando vio la reacción pública a sus declaraciones de que su gobierno protegía al crimen organizado, sin empatía por las víctimas de esos delincuentes, pidió un análisis sobre sus palabras para tratar de entender la masiva respuesta negativa que provocó. La petición se hizo a varias áreas de la Presidencia, de donde salieron documentos que unánime y contundentemente señalaban que la posición de López Obrador había sido un error. Pero el Presidente, en lugar de tomar el ejercicio como una autocrítica, y no como al final parece que esperaba, el apoyo incondicional a su postura, se enojó tanto que ordenó el despido de las personas que habían sido responsables de los equipos que se dividieron el trabajo.

No se sabe si alguien en los más altos niveles en Palacio Nacional estuvo de acuerdo con la purga del Presidente contra quienes hicieron su trabajo de manera honesta, pero nadie levantó la voz. Quien quiso hacerlo días después fue la secretaria de Economía, Tatiana Clouthier, cuando, tras regañarla en una mañanera, la citó para reclamarle personalmente que publicara el decreto de la NOM para revisar mecánicamente todos los automóviles con más de cuatro años de antigüedad, expresando su indignación porque había tomado esa decisión en año electoral, un impuesto que afectaría a su gobierno.

No es sorpresa que el Presidente no gobierna y sólo piensa en elecciones y en mantener el poder, pero el problema López Obrador es un problema para todos.

Dentro de su equipo, primero, porque se estrechan los márgenes para operar, como le sucedió al secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, quien ante los obstáculos que está enfrentando la demanda contra las armerías en la corte de Boston, estaba buscando que se sumaran a ella las fiscalías de las entidades más afectadas por la violencia de los cárteles. El Presidente lo paró en seco y le ordenó que se convirtiera en sombra del embajador de Estados Unidos, Ken Salazar, para acotar su protagonismo, porque ya no le gustó que el diplomático se esté metiendo en asuntos domésticos, algunos de los cuales, como la libertad de expresión y la violencia contra periodistas, son contrarios a su posición.

Pero, sobre todo, el problema es hacia fuera. Dentro de su equipo, la genuflexión y el terror dominan la actitud de sus colaboradores, y si se quedan callados y sólo le dan por su lado, continuarán en su trabajo. Afuera no existe esa alternativa, porque la agresión retórica del Presidente es tan fuerte e incendiaria, que mantener silencio es como firmar una carta de suicidio. Es lo que ha sucedido de manera muy clara con el personal médico, al cual le declaró la guerra declarativa por su crítica a la contratación de 500 médicos cubanos.

Paradójicamente, es una controversia a la que él mismo prendió fuego por la forma torpe, hosca y hostil con la que enfrentó las primeras críticas, que enrarecieron más por su notoria falta de información sobre el tema y la incapacidad para enfrentarlo con inteligencia racional. Lo que sobra en el Presidente es inteligencia emocional, quien presa de su propio discurso binario, tildó a todos los que lo critican de “conservadores”, y en la cúspide del mejor argumento que encontró, gritó desde Sonora, “¡que se vayan al carajo!”. Su desafortunada frase no resolverá la disputa, pero ahondará la división y aumentará a sus detractores.

Esto, lamentablemente para él y para todos, no parará. López Obrador carece de un discurso que no sea el de ataque a quienes lo critican, vestido de diferentes maneras, de insistir en que es honesto, que ahora sí hace lo que antes no se hacía y que no buscará la reelección. Con diferente música, es la misma letra. Al paso del tiempo se ha vuelto hueco, exhibiendo sus deficiencias retóricas y su falta de habilidad para enfrentar los desafíos viejos y nuevos que se acumulan. Nadie duda que en la agudización de éstos radicalizará su discurso.

Las primeras consecuencias ya llegaron. La violencia con la que trata a los suyos le ha reducido la información porque saben que su reacción va a ser negativa. Se puede argumentar que da lo mismo que le informen o no, porque de cualquier forma López Obrador no acepta prácticamente nada que escape de su esquema mental. Esta Presidencia a la deriva –por la toma de decisiones equívoca– sólo puede mantenerse a flote con amenazas y ataques.

Malas decisiones a partir de diagnósticos a modo –para que no se moleste– conducen a malos resultados. Los malos resultados no los ve como consecuencia de fallas y deficiencias en su gobierno, sino porque sus adversarios, a quienes les otorga un peso público sobredimensionado, lo estorban. López Obrador está ciclado y nada lo sacará de ahí. Lo único que se desconoce, probablemente él mismo incluido, es hasta dónde lo llevará su desquiciamiento. Y esto es lo peligroso para todos.

Asesinatos de jóvenes, al alza


Por Raymundo Riva Palacio (El Financiero)

El discurso oficial sobre la estrategia de seguridad, repetido para que se impregne en la cabeza, es que no combatirá el gobierno la violencia con violencia, sino que atacará las raíces que la generan. La verdadera lucha contra al crimen organizado, dice el presidente Andrés Manuel López Obrador, es que al arrebatarles a los jóvenes con políticas sociales, logrará disminuir el fenómeno. El Presidente supone un destino a partir de actos de fe, no de evidencias. En lo que va del gobierno ya superó el número de homicidios dolosos de todo el sexenio de Felipe Calderón, y contrario a una baja en el delito gracias a programas de apoyo para jóvenes, como afirma, los datos apuntan hacia arriba.

Los homicidios de jóvenes de entre 15 y 29 años de edad, de acuerdo con el Inegi, alcanzaron cifras nunca vistas desde que se comenzó a llevar el registro del delito, en 1990. La tasa de homicidios en ese rango de edad fue de 56.5 por cada 100 mil habitantes, superior a la cifra máxima durante el gobierno de Calderón, en 2010, cuando la tasa fue de 46.8 por 100 mil habitantes, lo que da poco más de mil jóvenes asesinados en la administración de López Obrador. Su reciente declaración de que la estrategia de atender a los jóvenes está dando resultado, no se sostiene en los hechos.

Ninguno de sus programas sociales ha servido para la pacificación del país. De hecho, la inyección de recursos en ellos ha ido aparejada con un incremento en el delito. En los primeros años de su gobierno, de acuerdo con el Inegi, 32 mil 722 jóvenes en ese grupo de edad fueron asesinados, lo que dio un promedio anual de 10 mil 907. En el mismo periodo y rango de edades, se registraron 9 mil 453 homicidios anuales promedio durante el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto y 7 mil 175 en el de Calderón. Las afirmaciones de López Obrador de que “nunca como ahora” se está invirtiendo en los jóvenes para alejarlos de las “conductas antisociales”, suenan huecas en el análisis comparativo.

No hay información disponible para poder comprobar si, en efecto, quienes son beneficiarios de programas sociales se han alejado de ese tipo de conductas. Para poder llegar a la conclusión que ha propuesto como meta el Presidente, habría que cruzar los nombres de quienes reciben los programas que involucran a los jóvenes con actas de defunción. Nadie, que se sepa, está haciendo este tipo de correlación de datos, muy difícil lograrla desde afuera del gobierno, pero relativamente sencillo si se realiza desde adentro. Ante la falta de esa información sólo se puede hablar hipotéticamente de que la política social del gobierno fracasó en su objetivo principal.

Las declaraciones del Presidente parten de sus propias fijaciones y de un análisis equivocado. El central es que confunde la naturaleza del negocio del narcotráfico con la de los movimientos armados. El primero tiene como definición el dinero; los segundos, la toma del poder. Al primero no le interesa el poder porque lo compra; los segundos requieren de tomar el poder para hacer los cambios que quieren para el país. A esta confusión que lleva a errores de diagnóstico, se añade falta de información. Un botón de muestra lo dio Epigmenio Ibarra, videobiógrafo de López Obrador, cuando en una conversación el miércoles en la radio con Ciro Gómez Leyva, aseguró que en el pasado se había soslayado la capacidad de las organizaciones criminales para reclutar jóvenes.

La estrategia de Calderón, sin embargo, que incluía programas sociales que nunca acompañaron la estrategia policial-militar, partía de una lógica utilizada con éxito en Sicilia, Nueva York, Chicago y Miami: combatir a las organizaciones criminales e ir descabezando la estructura a una velocidad mayor a su propia capacidad para regenerarse y reclutar. Era una carrera, pero acompañada por el combate frontal a criminales, que también tenía una lógica: desincentivar que los jóvenes entraran a las bandas por dinero fácil, porque sabían que si se enfrentaban con un policía federal o un militar, podían morir.

Esta estrategia fue muy violenta y bañó muchas partes del país –porque entonces, como ahora dice el gobierno, estaba focalizada la violencia– con sangre, pero empezó a dar resultados. Adolecía de lo que hasta hoy tampoco existe, mejorar las capacidades de las policías locales. Aun así, el punto de inflexión en homicidios dolosos en el gobierno de Calderón fue en mayo de 2011.

La inercia duró los dos primeros años de Peña Nieto, que como López Obrador, cayendo en el mismo error analítico por sus fijaciones y odios, dejó de combatir a las organizaciones criminales. El resultado fue que se disparó la violencia y le entregó al nuevo gobierno un país con la seguridad colapsada.

Tiene razón López Obrador cuando habla del legado violento que recibió, pero al repetir la misma receta de Peña Nieto –quien en la segunda parte de su sexenio quiso enmendar la estrategia sin éxito–, cayó en la misma trampa de percepciones y emociones. No parece, sin embargo, a diferencia de su antecesor, que vaya a corregir el rumbo, por lo que el número de homicidios dolosos crecerá en lo general, y también el de los jóvenes entre 15 y 29 años de edad. Al ritmo que va la tasa de homicidios dolosos en este gobierno, superará los 200 mil en el sexenio, de acuerdo con la estimación de la consultora TResearch, convirtiéndose en el más sangriento, probablemente, en la historia de México.

El Presidente debería reconsiderar sus premisas y reevaluar lo que está haciendo. En febrero de 2019, cuando su entonces secretario de Seguridad, Alfonso Durazo, aseguraba que para mediados de año habrían llegado a un punto de inflexión en la violencia, López Obrador decía que sin seguridad no habría ‘cuarta transformación’. Peor aún, todo ese plan de inyección de recursos para que los jóvenes tuvieran opción a la vida criminal, habrá colapsado, en uno de los fracasos que más daño harán al país.

El fundamentalismo de López Obrador


Por Raymundo Riva Palacio (El Financiero)

En el marco del Día del Maestro, el presidente Andrés Manuel López Obrador definió lo que contendrán los nuevos libros de texto gratuitos. Fue de terror lo que dijo, y será peor si consuma su propósito. Sin decirlo claramente, su apuesta será enfocar la educación en la moralidad, relegando el conocimiento, anteponiendo el deber ser contra lo que sienta las bases para el desarrollo. Quiere un país de amor fraterno para el futuro mexicano, lo cual es tan loable como ingenuo. No se le puede criticar por soñador, pero como arquitecto incansable de una ensoñación, en él caerá la responsabilidad del retroceso nacional.

De no ser porque López Obrador ha sido muy congruente con el paso de los años y muy consistente en sus dichos y hechos, podría pensarse que buscar erigir un país donde la precariedad fuera parte de un proyecto político para tener una población mediatizada, enajenada por su palabra y alimentada por dinero fácil y sin control, en el esquema de programas sociales. Pero lo que tenemos en cambio es algo peor, porque lo primero significaría una inteligencia estratégica, pero lo que tenemos es un cambio a partir de sus creencias, moldeado por su cristianismo, hipócrita muchas veces, pero motor de sus acciones.

No es un mesías, como lo han llamado, sino un ayatola, como los iraníes, fundamentalista, inmerso absolutamente en la política, intentando crear un Estado republicano y teocrático. Su estructura mental es vieja. Desde que irrumpió en la escena pública nacional, su discurso binario ha sido siempre el de los buenos y los malos, los pobres y los ricos, lo blanco y lo negro, los fieles y los infieles. Criticado por su maniqueísmo, pocos atendieron que ese discurso entraba como la humedad en la cultura católica mexicana, cuya consistencia le dio la fuerza para impulsarlo a la presidencia.

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Pero un discurso fuera del poder no es lo mismo que desde el poder, sobre todo si su pensamiento es consistente con su actuar. Hay cosas que son tangibles, como sus megaobras, que incluso, como él lo hizo con las de sus antecesores, podrían ser canceladas y tiradas a la basura por quienes lo sucedan. Pero hay otras que permanecen y que construyen formación, cultura y futuro. La educación es su base, y el primer piso es la primaria, donde los libros de texto gratuitos sufrirán una transformación trascendental.

Así se refirió a ellos este domingo:

“No queremos ya estar en ese periodo llamado neoliberal o neoporfirista, ahora queremos una formación orientada al humanismo. Que nada humano nos sea extraño; que en todos los libros, aunque se trata de ciencias naturales, haya un tronco común dedicado al humanismo, a las ciencias sociales. Que primero nos formemos como buenos seres humanos, como buenos ciudadanos y luego ya buenos científicos, eminencias, pero que no abandonemos nuestro humanismo”.

“No queremos inventores de bombas atómicas, no. Queremos creadores de fraternidad, queremos maestros que enseñen a alumnos que van a ser buenos ciudadanos, que van a ser fraternos, que van a practicar el amor al prójimo, porque lo que buscamos en la cuarta transformación es una sociedad mejor, una sociedad más justa, más humana, más fraterna, por eso los cambios en los contenidos educativos”.

El ideal es inobjetable; su aplicación una quimera. Lo primero es lo más obvio de sus contradicciones, al romper diariamente la fraternidad al dividir a la nación desde Palacio Nacional, que pese a ser una estrategia político-electoral, no deja de contraponerse a su discurso. Pero esto no importa, porque a pocos interesa en el país lo que diga en las mañanas. Es un discurso para las élites, que son sus destinatarias. Lo relevante es lo que deja entrever, al anteponer el amor al prójimo al conocimiento. Congruente una vez más con sus políticas públicas, este fundamentalismo explica, por ejemplo, su desdén por la educación superior y su estrategia de reconvertir criminales en individuos buenos.

López Obrador piensa que con dinero de programas sociales los va a llevar al lado de la legalidad, pensando, como lo dice correctamente, que nadie es malo de nacimiento, sino son las condiciones las que lo pervierten. Pero no modifica las condiciones para que eso cambie, y ni siquiera lo intenta estructuralmente. Cuántos de los jóvenes receptores de sus programas sociales, por ejemplo, ¿siguen siendo halcones o sicarios? Sin estadísticas que lo midan, se puede alegar por los niveles de violencia que su apuesta ha fallado. Y sin embargo, en lugar de revisar lo hecho, apuntala sus creencias.

Plantea la formación de buenos ciudadanos a partir de un adoctrinamiento en las primarias, pero esas enseñanzas se evaporarán tan pronto regresen los niños a sus casas con familias disfuncionales y cuyo entorno favorece al más fuerte, al más violento y al criminal. La aspiración de inyectar humanismo sustentado en el deber ser sin construir las condiciones permanentes para ello –fundamentalmente a través de la seguridad– va encaminada al fracaso. Y esa derrota anticipada tiene consecuencias.

Para lograr lo que quiere el Presidente se modificará el énfasis en la educación, relegando a segundo término el conocimiento. Olvida o ignora que el motor del desarrollo en el sureste asiático fue la educación, donde se combinaba el humanismo con el conocimiento. El humanismo proporcionó los valores, pero el conocimiento los sacó de la pobreza, cambió las condiciones estructurales y los llevó a tener economías avanzadas. Junto con ello se fue construyendo un Estado de derecho reforzado con una cultura de respeto y aplicación de leyes. No excluyeron uno para priorizar el otro, como quiere reduccionistamente López Obrador.

La fraternidad no se alcanza en una sociedad cada vez más desigual, que es lo que el Presidente está proponiendo con el fundamentalismo religioso que impacta sus acciones y decisiones. Si logra su objetivo abrirá la brecha y lastimará a quien más quiere proteger, los que menos tienen. Afortunadamente, no tiene tiempo para cambiar una cultura, y quien lo releve, si actúa con sensatez, corregirá el rumbo del desastre anunciado.

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